Los caracoles

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Se me han quitado todas las ganas de ser aspirante a la presidencia del Gobierno de España. He decidido renunciar a tan alta ambición. Tenía asumidas todas las obligaciones para conseguir sentarme en el tronito de La Moncloa. Los besos a los niños, las romerías camperas, los discursos con halagos provinciales e incluso, mi participación en el Día de la Bicicleta. Pero lo de los caracoles ha sido definitivo. Si para ser presidente del Gobierno hay que comer caracoles en Lérida, me quedo como estoy.Lo que ha hecho Rajoy se me antoja admirable. El caracol es un asco de bicho. Los franceses, que han despreciado hasta ahora a los percebes y las angulas, son los culpables de la moda del caracol. El caracol, como bien sabe hasta Belén Esteban, es un molusco testáceo de la clase de los Gasterópodos, y los hay boyunos, chupalanderos, de monte, serranos, judíos, moros y sapencos. Todos ellos, sin excepción, me parecen repugnantes. Ignoro qué modalidad de caracol es la que Rajoy se ha visto obligado a comer en Lérida a cambio de un puñado de votos. Se trata de una costumbre muy española ésa de meter en la boca del visitante el plato regional. Fui, por complacer a Luis Del Olmo, Mantenedor del Botillo, pero pedí una tortilla francesa para cenar. Todo menos sufrir una perforación de estómago por contentar al personal. Después de una conferencia, me ofrecieron ancas de rana. A mi lado se sentaba la alcaldesa del lugar, muy habladora por cierto. Y cuando la alcaldesa chicoleaba con el comensal sentado a su izquierda, mis ancas de rana saltaban hacia el plato de la alcaldesa, que se comió sin pestañear las suyas y las mías. «¿Le han gustado las ancas de rana?» me preguntó. «Mire», y le mostré mi plato vacío. Se quedo encantada.Mariano Rajoy ha demostrado en Lérida que puede ganar las elecciones. Comer caracoles sin torcer el gesto, ni acudir al cuarto de baño para proceder a la devolución total de la vianda, imprime carácter. Mis amigos Iciar y Carlos, con propiedades en el Valle de Arán, intentaron en vano durante décadas que me comiera un caracol cocinado por los dueños de un restaurante aranés que visitaban Madrid una vez al año para llenarlo de caracoles. Fue tan firme mi resistencia que, durante un tiempo, el muro de nuestra amistad se agrietó de manera alarmante. En uno de sus fallidos intentos, compartimos mesa con Mercedes Milá, que se comía los caracoles como si fueran pipas. Y claro, se dedicó a presentar «Gran Hermano».El caracol es un bichejo baboso que saca los cuernos al sol y surge de la soterra cuando llueve. A mí, personalmente, me gustan cuando los veo escalar por un murete y disfrutar de la tranquilidad. Sus devoradores aseguran que lo bueno de los caracoles es la salsa, que nada contiene de caracol. Pues que se coman la salsa y dejen a los caracoles en paz. Pero no hay mal que por bien no venga, que habría de decirse al revés, no hay bien que por mal no venga, pero eso merece otro comentario. Mi confianza en Mariano Rajoy se ha recuperado un algo. Su heroica acción leridana anima a la confianza. Los héroes no se inventan, surgen. El que escribe se sitúa a una insalvable distancia de la heroicidad. Pero le dan a elegir entre protagonizar una gloriosa acción bélica o comer caracoles, y la elección es sencilla. Opta por la primera posibilidad. Sin dudarlo. De muy buena gana y con el espíritu en lo más alto. Todo menos un caracol.