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La «O» y el canuto

Tiempo de lectura 4 min.

07 de octubre de 2011. 21:40h

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8/10/2011

La estructuración parlamentaria de España no está dirigida al servicio de los ciudadanos. Los españoles elegimos a los diputados, a los senadores, a los presidentes autonómicos, los alcaldes y los concejales, pero no son nuestros, sino de los partidos políticos. Ningún español puede decir que va a ser recibido por su diputado, porque no estamos asignados a ninguno de ellos. Eso quiere decir que sobran. Y que el plan de Mariano Rajoy de reducir 50 diputados y 20.000 concejales no sólo es acertado, sino fundamental.


Hay diputados que trabajan a destajo, y muchos que no hacen absolutamante nada. Lo decía el Rey Jorge VI de la Gran Bretaña, padre de Isabel II y popularizado por la película del tartamudeo vencido. «Algunos parlamentarios no hacen nada, aunque sepan no hacer nada bastante bien». Los parlamentos democráticos no funcionan con la cantidad sino con la calidad de sus miembros. Tengo la imagen de las asambleas políticas comunistas de la Unión Soviética y China. Esos infinitos salones con miles de sillones ocupados por silentes y obedientes funcionarios del partido que votan coincidentes en un 100 por ciento. El Senado español fue ocupado durante el franquismo por una institución denominada Consejo Nacional. Una institución perfectamente inútil, y a la que don José María Pemán, el genial escritor gaditano olvidado en las alcantarillas progres, definió con su gracia luminosa. «El Consejo Nacional es una cosa que se reúne una vez al año para oír el discurso del aconsejado».


No conozco a todos los parlamentarios, pero me atrevo a asegurar que más de un cincuenta por ciento de ellos no sirven ni para hacer la «O» con un canuto. Esa incompetencia con la «O» y con el canuto está muy bien remunerada. Y lo mismo hay que decir y aplicar a los parlamentos autonómicos, tan innecesariamente inflados de componentes. La tendencia de los políticos es la de aumentar el número de escaños en toda institución, porque ese aumento garantiza la supervivencia económica de numerosas oquedades mentales, intelectuales y culturales. Antonio de Senillosa, que era un parlamentario diferente, dandy, culto, nada disciplinado y siempre a su aire, les decía «los tontitos». «Todos los grupos del Congreso tienen a sus tontitos. Sirven para mandarlos a la barra del bar a que nos traigan cafés a los más listos». Y Areilza asentía con su noble cabeza vascorromana.
El plan de Rajoy es bueno, pero habría de aumentarlo. Menos diputados, muchos menos senadores, y ampliar el recorte a los parlamentos autonómicos y municipios. Entiendo que en España las cercanías y vecindades no se llevan muy bien, pero las mancomunidades son imprescindibles. Hay localidades con más concejales que habitantes. Y todo eso desemboca en el gran río del derroche del dinero público, que se desborda cuando se unen todas las partidas inútiles, prebendas injustificadas, pesebres cejeros y ayudas exóticas que tanto gustan dilapidar las administraciones socialistas. Está bien ayudar a los homosexuales de Gabón siempre que hayan sido atendidos los homosexuales de Fuenlabrada, por poner un ejemplo.


Perderán los políticos grises y profesionales de las listas. Ganarán en eficacia las instituciones democráticas y a la postre, todos los españoles. Y a intentar hacer las oes con canuto en casa, que es más barato.
 

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