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El Príncipe de Asturias acude al funeral de Mingote en la iglesia de Los Jerónimos

Última despedida al maestro

  • Última despedida al maestro

Tiempo de lectura 4 min.

19 de abril de 2012. 00:38h

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19/4/2012

Un día sin luz. Los amigos acudieron a despedir al compañero, al colega, al viñetista que les hizo reír, comprender la realidad a partir de un dibujo taquigrafiado al dictado de lo que pasaba cada día. El funeral tenía hora y lugar preciso en Madrid, esa Corte que tantas veces reflejó el dibujante a partir de una tipología de ciudadanos que recorren sus calles y que él supo retratar con acierto editorialista. A las ocho comenzaba la ceremonia en la Iglesia de los Jerónimos, que tan próxima está del parque de El Retiro y que pronto se llenaría de rostros conocidos. Los bancos de las naves comenzaron a llenarse antes de lo previsto de manera silenciosa y respetuosa.

Respaldo Real
 Aquellos que acudieron antes de la hora dejaban en la entrada, delante de la fachada, entre abrazos y saludos, sonrisas apagadas, gestos sombríos que lo iban diciendo todo, conversaciones que se quedan en murmullos. En los asientos ya estaban la viuda del dibujante, Isabel Vigiola; su hijo, Carlos Mingote, su sobrino o su ahijado, Antonio Mingote, que se encargaría más adelante de una de las lecturas que se leyeron en la misa.

El Príncipe de Asturias llegó a su hora. Quiso mostrar su apoyo en estos momentos difíciles. Asistió al oficio y besó a cada uno de los familiares de Mingote. Después se acomodó junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que también estuvo presente. El acto comenzó con un poco de retraso. Diez minutos escasos. No faltaron José Manuel Blecua, director de la Real Academia Española, ni el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, o Darío Villanueva. Con todos ellos compartió muchas sesiones y días en la RAE, una institución que él amaba, a la que evitaba faltar y para la que realizó dibujos para los momentos más trascendentales de su curso académico: la comida de Navidad, un ingreso, la publicación de una de sus obras, que siempre era un instante especial, una labor que se recordará cada jueves, ya sin él, como éste de hoy en el que habrá una entrada en la Docta Casa. Seguro que le hubiese gustado verlo. Seguro. Entre los amigos se distinguen a Laura Valenzuela, al arquitecto Miguel de Oriol, a Paloma Segrelles. Pero hay muchos más y, por supuesto, sus compañeros de «Abc», que ayer fueron para darle un último adiós a una de sus firmas más queridas y emblemáticas. El templo está completo en muy pocos minutos, y la música de la liturgia, seleccionada cuidadosamente, atrae la atención, entretiene a los paseantes y curiosos que se acercan a la puerta. Algunos   se detienen y buen puñado de anónimos, gentes que día tras día buscaban su viñeta, han seguido la ceremonia  desde la puerta. ¿La lluvia? No importaba.

 Cinco sacerdotes oficiaron ayer la misa. Le reservan unas palabras especiales para resaltar los valores universales que siempre ha encarnado Mingote. Los mismos que han subrayado más de una vez los que le trataron, los más próximos, como son la humildad, la simpatía, la cercanía, la ternura con la que trataba en su trabajo diario a los más desposeídos, a aquellos que llegan a este mundo sin suerte, con la fortuna, desde el principio, en contra, y que él tantas veces dibujó. Y que seguirá trazando con su lapicero desde allí arriba.

 

Verdi, Mozart y la «Salve» de Ángel Mingote
 Sólo se  escuchaban las voces de los miembros de la coral en la Iglesia de los Jerónimos, sólo, porque la respiración de los presentes parecía contenida para no importunar ni una nota. Sonaron Verdi, Mozart y también Ángel Mingote, el padre del genial dibujante, músico casi de nacimiento, estudioso (y proveniente de una saga amante del arte musical) al que su hijo veneraba y de quien se pudo escuchar la «Salve Regina». También resonó en los muros el hermoso «Agnus Dei» de Lloyd Weber. El recogimiento del acto no pudo tener durante la ceremonia mejor música, más sentida. La formación Coralia estuvo dirigida por Irina Rumyantseva. La interpretación del «Himno de la Gloria del Señor» fue otro de los momentos de mayor recogimiento del funeral.

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