«Verano»: El espejo del alma

Autor: Jorge Roelas. Dirección: Tamzin Townsend. Intérpretes: Ana Marzoa, Ruth Gabriel, Lidia Navarro.Teatro Fernán Gómez. Madrid, 3-VII-2012.

Atribuyéndole, como tanto gustaba de hacer, un genial aforismo a Bioy, y éste a su vez a uno de los heresiarcas de la imaginaria Uqbar, proponía Borges que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres. Observando la semilla dispersa del gran protagonista ausente de «Verano», cabe darle la razón: sin ánimo de reventar la sorpresa en un texto que aspira al impacto del thriller –nació al calor del éxito de «El método Grönholm», con el que comparte lejanos paralelismos–, se puede contar que el debut del actor Jorge Roelas como dramaturgo habla, a través del original punto de partida de dos familias duplicadas fotográficamente, de la búsqueda de la felicidad o acaso de la imposibilidad de ésta. Al margen de la huida hacia delante especular del promiscuo Gabriel, creador de copias de su propia vida sin que ninguna acabe de funcionar, se puede decir que hay autor, aunque Roelas aún debe repasar aristas en la estructura, como el reparto de poder –de manual–, con los personajes alternándose por etapas la sartén, el mango y la última palabra. Lo mejor de «Verano» está también en la fluidez de sus diálogos y algún que otro giro sorprendente. Y en su mirada cínica: sus protagonistas se han convertido en tiburones que lanzan dentelladas a los de su propia sangre. Este tratado de supervivencia comparte con «Agosto», otro drama de atmósfera asfixiante, la figura ausente del padre y la catarsis estival en torno a unas raíces familiares podridas, aunque no logra como el imponente edificio dramatúrgico de Tracey Letts que la sensación de zozobra cale, porque su trío femenino parece estar apostando entre sí con ligereza, como si no hubiera nada en juego. En cualquier caso, Ana Marzoa es una actriz sólida, secundada por trabajos impecables de Ruth Gabriel y Lidia Navarro, a quien su personaje le permite cubrir dos registros muy diferentes.

Tamzin Townsend –a la que por fin veremos en el Centro Dramático Nacional esta temporada, se lo ha ganado a pulso– trabaja en el terreno que domina: aplica la invisibilidad a la narrativa poniéndose al servicio del texto y las actrices, a las que dirige con la brillante discreción del teatro eficaz. Si no fuera por lo antiestético de esta fotografía realista, su apuesta no tendría casi pegas. Estamos en el despacho de un editor,de acuerdo, pero, ¿no había otra forma de inmersión en ese mundo de libros que unos sillones vetustos y una estantería maciza que pesa como un roble sobre el escenario?