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En la muerte de Antoni Tàpies

El penúltimo de Dau al Set

Ese grupo de artistas que proponía lo imposible –una séptima cara al dado– se movieron en torno a una revolucionaria revista de la que Tápies se desvinculó en 1951

  • El penúltimo de Dau al Set

Tiempo de lectura 2 min.

07 de febrero de 2012. 03:54h

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7/2/2012

Dau al Set significó un soplo de aire fresco para el arte español del siglo XX. En un momento en el que el arte buscaba líneas clásicas, inspiradas en una tradición barroca, Dau al Set, la imposible séptima cara del dado, fue mucho más allá. En el ambicioso movimiento artístico, que daría una revista de mismo nombre, nacida en 1948, un grupo de jóvenes creadores se propusieron plantar cara. Tàpies fue uno de los artífices, acompañado de otros revolucionarios como Joan Brossa, Modest Cuixart, Joan Ponç, Joan Josep Tharrats y Arnau Puig, a los que se uniría poco después Juan Eduardo Cirlot.

Inspirados en Klee y Miró, devotos y nada ocultos admiradores del surrealismo, la provocación y la reivindicación de un arte comprometido se apoderó de las páginas de Dau al Set, incluso dando frutos en forma de exposiciones. Tàpies pronto renunciaría a esos parámetros y rompería con la pintura, pero en ese grupo encontraría el motor con el que andar por el mundo. Existencialista y surrealista hasta cierto punto, Dau al Set comenzaría a fracturarse inevitablemente con la marcha de Tàpies a París en 1950 y la de Ponç en 1953, pero la obra quedaba y la huella fue seguida después por muchos otros, como los integrantes del grupo El Paso.

El legado de Dau al Set sería todavía representado de manera generosa por Joan Brossa, con el que Tàpies colaboró esporádicamente en algunas de sus empresas artísticas, como los homenajes al mago Frégoli. A ello se le suma, por ejemplo, otras empresas interesantes, como la primera monografía que se le dedica a Tàpies, publicada por Omega en ese tiempo, y firmada por uno de esos compañeros de aventura: Juan Eduardo Cirlot.

Algo de todo eso reside en los almacenes y en la biblioteca de la Fundació Antoni Tàpies, verdadero contenedor de todo el saber del maestro. Tàpies no ha sido nada tacaño en el momento de brindar a la ciudad que lo vio nacer un regalo de las características de un centro dedicado al arte y para el arte. Un poco a la manera de la institución que lleva el nombre de su admirado Joan Miró en Barcelona, Tàpies ha ido integrando en su fundación desde su biblioteca a una parte importante de su colección plástica. Ubicada en lo que fue la histórica editoral Muntaner i Simon, obra del modernista Lluís Domènech i Muntaner, el pintor y escultor se adueñó de ese espacio para convertirlo en la más ambiciosa de sus obras. En la fachada instaló una de sus esculturas públicas más populares, "Silla y nube", donde los hierros dan forma a las imágenes. Más recientemente, Tàpies pudo hacer realidad uno de sus sueños, al instalar en un patio exterior de su fundación su escultura dedicada a un calcetín, un viejo proyecto que debía decorar el salón oval del Museo Nacional de Arte de Cataluña. La polémica, el no querer entender este esfuerzo de convertir lo cotidiano en obra de arte, hizo que el calcetín tuviera que esperar tiempos mejores que, por fortuna llegaron.

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