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De la «muerte digna» a la eutanasia a la carta

Hace más de 25 años, en Holanda se empezó a hablar de «muerte digna». Tal y como hizo el pasado viernes el vicepresidente del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, se advirtió de la necesidad de preservar la libertad de los enfermos terminales incurables

Como consecuencia, la asistencia al suicidio fue despenalizada en 1984. Casi dos décadas después se aprobó la ley que regula la eutanasia, y Holanda se convirtió en el primer país en legalizar esta práctica. En principio, quedaba reservada para enfermos terminales que hubieran expresado su voluntad de ser ayudados a morir cuando no quedara nada que hacer por su vida.

Pero en los años posteriores el debate se ha ampliado. ¿Qué hacer con los bebés que nacen gravemente enfermos? ¿Qué pasa cuando los enfermos están inconscientes? En cada caso se ha ido cediendo a favor de facilitar la muerte de estas personas.

«Invitados» a morir
Como resultado, «entre un 15 y un 20 por ciento de los casos de eutanasia, casi uno de cada cinco, no responde a una iniciativa del paciente». Así lo explica César Nombela, catedrático de Microbiología de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Comité de Bioética de España nombrado por el Ministerio de Sanidad y las autonomías. Nombela teme que, si sale adelante la Ley de Muerte Digna anunciada por el Ejecutivo, en unos años la situación sea similar a la de los Países Bajos, donde «muchas personas mayores consideran que la sociedad los invita a morir».

«Turismo de la muerte»

Parece una exageración, pero las últimas reformas legales podrían conducir a este camino. La última iniciativa que se debate en Holanda es permitir el suicidio asistido para cualquier persona mayor de 70 años, aunque no padezca ninguna enfermedad. Sólo porque no le apetezca vivir más. Y no es el único país donde sucede algo similar.

Suiza no tiene legalizada la eutanasia, pero su Código Penal no castiga a quien ayuda a otro a suicidarse si no le mueven fines egoístas. Como consecuencia nació la Clínica Dignitas, que se ha convertido en los últimos años en epicentro del «turismo de la muerte». Enfermos terminales, pero también personas que sufren dolencias crónicas, aunque no amenazan su vida a corto plazo o, simplemente, desean morir junto a su cónyuge acuden de todo el mundo para recibir un cóctel de fármacos letal.

Nombela no es el único que teme llegar a una situación similar. El presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, Javier Rocafort, es optimista respecto a la ley anunciada por el Gobierno, porque cree que mejorará la atención a terminales. Pero recuerda que «las personas no sólo sufren por dolor, sino por muchas causas. Por ejemplo, los parados sufren. ¿Podría ser la eutanasia una vía para acabar con su sufrimiento? Yo creo que es mejor ayudarles a buscar trabajo».

En cualquier caso, Nombela considera que la norma prometida, como mínimo, es innecesaria. «No hay una ley de vivienda digna, ni una de enseñanza digna. ¿Por qué una de muerte digna? Esto es sospechoso, porque ya tenemos una Ley de Autonomía del Paciente, que reconoce el derecho de los enfermos a rechazar tratamientos». A su juicio, «este tipo de iniciativas contribuyen a la cultura de la muerte», y aceptar la eutanasia como normal en el sistema sanitario supondría tanto como «aceptar la derrota de la Medicina».

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