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Antonio que estás en los cielos

En El Retiro, su parque, España despide a uno de los grandes maestros del siglo XX cuando ya extraña sus paseos y sus viñetas

  • Antonio que estás en los cielos

Tiempo de lectura 4 min.

05 de abril de 2012. 04:50h

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5/4/2012

Madrid- Allí donde amanecía cada mañana, donde paseaba sus primeras ideas para luego, en un café aledaño, plasmarlas en sus viñetas y construir la crónica oficiosa, sagaz e irónica de una España en ocasiones falta de humor, allí, en los jardines de Cecilio Rodríguez, estuvo por última vez Antonio Mingote. Pero su paseo de ayer nada tuvo de silencioso ni de reflexivo, ni siquiera, de solitario. La peregrinación que comenzó el mismo día de su muerte, el martes, continuó durante todo el día de ayer con recato pero con constancia, como si el propio Mingote hubiera organizado las visitas a la estancia, bajo las dos cualidades que, seguramente, mejor lo definían, talento artístico aparte.

Fueron muchas autoridades y personalidades del mundo de la cultura las que acompañaron a Mingote durante su último paseo, aunque eran los ciudadanos corrientes, aquellos que no comprendían el desayuno sin su viñeta, los que ofrecieron el mejor homenaje: cabizbajos y discretos, observaban por última vez al maestro, y, con la misma delicadeza que lo despidieron, se marchaban, casi pidiendo perdón, o pidiendo por él al cielo, quién sabe. «Me alegro de que se haya ido allí para animarlos, pero nos deja a los de aquí muy desamparados». «Si pudiera dibujar lo haría con Neptuno y Cibeles llorando a lágrima viva». Numerosos testimonios personales de agradecimiento, de vidas en las que el dibujante ocupaba un espacio del que seguramente nunca fue consciente. «¿Cómo vamos a vivir sin ti?», escribió Concha Velasco. «Tenía tanto sentido del humor que no era gracioso», explicó el eurodiputado del PP Jaime Mayor Oreja. Y aunque su sensibilidad se afinaba con especial ironía ante el retrato del ciudadano español, la universalidad de su humor queda para la posteridad en las condolencias: «Un abrazo de un admirador peruano. Le recordaré siempre. Walter».

Por gris que fuera la jornada, nadie se atrevía a mostrar su tristeza: ¿cómo llorar ante el hombre que nos enseñó a reírnos de nuestras miserias? ¿Cómo olvidar sus enseñanzas tan pronto? «Me he propuesto estar bien porque es lo que él hubiera querido», confesó Laura Valenzuela, una de las grandes amigas de la familia. «Siempre estuvo con los débiles», destacó Alfonso Ussía, también un gran amigo del dibujante. «Ha sido un genio en todo: en el dibujo, la pintura, la literatura, el dominio del lenguaje, en la forma de ver las cosas con profundidad».

Minutos antes de que familia y amigos abandonaran El Retiro para acompañar el féretro al Cementerio de la Almudena, donde será incinerado, la cantante Luciana Wolf cerró la capilla ardiente con una interpretación que frustró todos los intentos de los presentes por contener la tristeza: incluso aquellos para los que Antonio no fue ni siquiera un primo lejano, aunque desayunaran con él todos los días, se rindieron a la dureza del momento: ¿quién les va a arrancar la primera sonrisa del día? ¿quién les va a hacer reflexionar? ¿quién les sorprenderá? Probablemente otros, pero Antonio Mingote ya no.

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