La camiseta

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Escribo este artículo horas antes de saber si la selección de fútbol española pasó o no a la final del Mundial. Espero que sí, no porque me guste el fútbol, sino porque me he comprado –por primera vez en la vida– una camiseta de España y me gustaría rentabilizarla un poco más. No he sido nada original. Sé que los fabricantes de banderas y camisetas de España están más contentos que unas castañuelas porque gracias al fútbol no conocen la crisis. Lo que no me podía imaginar es que ponerse esta camiseta se convirtiera casi en un deporte de riesgo. Asisto atónita a la pelotera entre Alejandro Sanz y Jorge Lorenzo, a quien el cantante llamó cobarde por no quererse poner la camiseta de la selección española para celebrar su victoria en Montmeló al considerar el piloto mallorquín que «en Cataluña es muy difícil salir con una camiseta de España a la calle». Me entero también que una niña ha sido insultada en un colegio de Cataluña por sus compañeros por acudir a clase con la camiseta de marras. Vamos, que si acude con hiyab hubiese tenido más apoyos. Que un deportista español tema ponerse una camiseta de su país o que una niña sea insultada por el mismo motivo, debería hacernos pensar. Con todos mis respetos, hay que ser muy paleto para prohibir la instalación en la calle de una pantalla grande para ver el partido de España como ha hecho el alcalde de Barcelona, y más paleto aún para insultar a alguien por llevar la camiseta o sentirse insultado porque alguien la lleve. No es cuestión de ideas políticas, es una simple paletada impensable en cualquier país del mundo.