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Malick maestro sin discípulos

La línea que separa la producción de un director de la de un cineasta no suele ser delgada. En el caso de Terrence Malick tiene un considerable grosor en su triple faceta de director, productor y guionista. Su obra no se enmarca dentro de lo que se considera cine popular; de hecho, sus nombre le resultará escurridizo al gran público, conocedor de un «star system» del que este profesional de enorme talla forma parte. Malick, a quien se considera la versión cinematográfica de J. D. Salinger, puede resultarnos tan maldito como bendita su escasa pero atípica filmografía.

Apenas cinco títulos y dos cintas en las que actualmente trabaja rubrican un trabajo insólito y exquisito. Su manera de rodar pertenece a su universo: huye de las entrevistas como alma que lleva el diablo (no concede ni una desde 1979, no quiere micrófonos, ni grabadoras cerca) y da esquinazo a los fotógrafos. De hecho, para recordar cómo son los trazos de este hombre nacido en Waco (Texas) en 1943 hay que recurrir invariablemente a la misma imagen en la que luce un sombrero de ala y sonríe.

Texas, años 50
A pesar de que se toma su tiempo a la hora de dirigir sus películas están tocadas con premio: «La delgada línea roja» (1998) estuvo nominada a dos Oscar, a mejor director y guión original. No pudo ser. Sin embargo, apenas un mes después Berlín le daba su sitio y le colocaba en las manos el Oso de Oro por la cinta. Cannes se fijó en «Días del cielo» (1978), por la que obtuvo la Palma de Oro como mejor director. Este año volvió a reconocer que es uno de los grandes con la Palma de Oro por «El árbol de la vida» (2011). Malick sabía bien por dónde se movía al situar la película en los años 50. El equilibrio de la familia de Jack, cuyo padre está obesionado con el éxito de sus vástagos, se quebrará tras un suceso trágico.

Él no habla de su trabajo; sin embargo, los actores que han trabajado con él alaban su método y destacan su manera casi silenciosa de rodar: «No se parece a ningún otro director», comenta Brad Pitt, a quien le ofreció el papel principal de su hasta ahora último trabajo estrenado. La esperanza de verle aparecer sobre la alfombra roja de Cannes se desvaneció enseguida. En su lugar, envió a Pitt, sabedor de que los flashes le dispararían sin conmiseración, junto a Jessica Chastain, la actriz revelación de la temporada. DeMalick, ni rastro. «Él desea involucrarse en el proceso de creación de una película, pero que nadie espere que va a dejarse fotografiar para que se venda más», comentó Pitt. A lo que añadió: «No es un hombre religioso, aunque sí bastante espiritual y una persona que posee una cultura filosófica extensa. La película tiene un mensaje universal sobre lo efímero de la vida».

Su primer largo vio la luz en 1973, «Malas tierras», una cinta protagonizada por Martin Sheen y Sissi Spacek que llamó poderosamente la atención de la crítica porque se salía de la norma. El suyo era el caso de un director que no demostraba el menor interés por ganarse la taquilla, pero que sabía establecer un universo personal. La cinta, inspirada en un hecho real, se estrenó en el Festival de Cine de Nueva York.

Heidegger, en el cajón
Los especialistas anotaron bien su nombre, aunque no les sonara y les costara un poco pronunciar el nombre de este joven de treinta años de padre de origen sirio libanés que creció entre Oklahoma y Texas. Quizá la carga filosófica que destilan sus películas tenga una razón de ser: su paso por las Universidades de Harvard y Oxford, donde estudió esta carrera en la que se graduó con «summa cum laude». Aún descansa en un cajón una tesis sobre Heidegger que nunca llegó a ver la luz. Si sus comienzos fueron prometedores, 1998 fue un gran año en su filmografía: estrena «La delgada línea roja», una cinta bélica que se centra en la Batalla de Guadalcanal durante la Segunda Guerra Mundial que fue nominada a siete Oscar, aunque se marchó de vacío.

Algunos de los actores que protagonizaron la cinta (el reparto es apabullante) no dudaron en rebajar su caché (o incluso trabajar por amor a Malick) por formar parte una nómina de la que forman parte Sean Penn, Jim Caviezel, Gary Oldman, Martin Sheen (con quien ha repetido), Jason Patrick, Adrien Brody, Jared Leto y Viggo Mortensen. Está considerado como uno de los más perfectos filmes bélicos que se hayan rodado. Ese año, 1998 significaría el de su regreso al cine, ya que desde 1978, cuando estrena «Días de cielo», su pista se pierde. Rechazó una oferta para dirigir «El hombre elefante», que finalmente rodaría David Lynch y decide trasladar su residencia a Francia temporalmente, aunque pasaron dos décadas hasta que se volvió a saber de Malick. Ni rastro de su cine. Entre medias dejó dos matrimonios y unas cuantas clases magistrales de Literatura Inglesa impartidas en el país galo. No quiso hablar, no contó qué había hecho durante los veinte años que se alejó de Estados Unidos. Una vez más guardó silencio. Pero regresó a su tierra natal a mediados de la década de los 90. Allí estableció su residencia de nuevo. Ni quería mirar para Hollywood ni la Meca le echaba de menos; sin embargo, la crítica esperaba con avidez cada uno de sus nuevos trabajos.

Gracias a Nick Nolte, quien trabajó con él en «La delgada línea roja», podemos saber algo más de su método de trabajo: Malick rueda un plano y se detiene en lo que considera un detalle, algo que resultaría imperceptible para cualquier ojo (un reflejo, una espiga que agita el viento, un pez que nada en un río) y que él finalmente incluye como parte del metraje para darle un sentido.

«Dejaba, en algunas ocasiones, escenas sin terminar porque se acababa lo que él considera la hora mágica del día (momentos determinados de luz del sol). Volvía a ellas tiempo después, incluso semanas más tarde con ideas nuevas que las enriquecían», explica el intérprete.

Extremadamente educado, impulsivo, atento con los actores (exquisito, señalan sus colaboradores más cercanos, como Jack Fiss, director de producción), el mito de Terrence Malick podría haberse acrecentado por una timidez casi patológica. Ya lo dijo Norma Desmond en «El crepúsculo de los dioses», que «el mejor camino hacia la leyenda era la ausencia».

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Un director de culto con sólo cinco filmes
- «Malas tierras» (1973) El estreno de su opera prima en el Festival de Nueva York no dejó indiferente a la crítica. Protagonizada por Martin Sheen y Sissy Spacek, relata la historia de un asesino en serie y su novia adolescente. Una obra maestra violenta, extraña e hipnótica.

- «Días del cielo» (1978) Un jovencísimo Richard Gere encabeza el reparto de la segunda película concebida por Malick, con la que obtuvo el premio al mejor director en Cannes. Además, fue nominada a cuatro Oscar. Dos amantes se hacen pasar por hermanos para esquivar la pobreza en esta tragedia alejada de los cánones comerciales.

- «La delgada línea roja» (1998) Diez años se hizo de rogar el cineasta hasta que decidió volcar en la pantalla su filosófica visión de la II Guerra Mundial. Numerosas estrellas de Hollywood acudían casi de rodillas a Malick para que los dejase aparecer siquiera unos minutos en el filme. Sólo Penn, Caviezel y Clooney , entre otros, tuvieron al final esa suerte.

- «El nuevo mundo» (2005) Versión muy libre y poética de la leyenda de Pocahontas y John Smith, que confirmó el interés de Malick por la historia norteamericana. Para ciertos fans del cineasta se trata de su película más discutible.