ANÁLISIS: Cuando Corea del Norte caiga por Fareed Zakaria

El fallecido Kim Jong Il,  en la última imagen difundida por el régimen
El fallecido Kim Jong Il, en la última imagen difundida por el régimen

La lección más importante para salir de la crisis económica es que resulta imprescindible preocuparse de los «cisnes negros». Son, dentro de la formulación de Nassim Nicholas Taleb, los acontecimientos que son improbables, pero poseen potencial para causar graves trastornos. En geopolítica, existe un suceso así que debería estar haciéndonos sudar tinta a todos nosotros: el derrumbe de Corea del Norte. La mayoría de la atención de Washington se ha puesto en el reducido arsenal nuclear del régimen de Pyongyang. Pero un escenario tal vez más probable, y que puede ser más nocivo, es el colapso total del régimen.

Como me señalaba en Seúl la semana pasada Christopher Hill, el veterano diplomático que encabezó el equipo estadounidense que negoció con los norcoreanos, la actual situación en Corea del Norte parece una historia sacada de la Europa del Medievo. Un anciano monarca, que gobierna de forma extraña pero con un poder total, nombra por fin a su heredero, su hijo menor. El vástago, de 27 años de edad, no tiene ninguna experiencia armamentística ni gubernamental, así que su padre nombra un regente. El regente es su pariente y, consolidando aún más el feudo familiar, el rey distingue a su hermana con un alto rango militar.

Así es Corea del Norte hoy en día. Kim Jong Il, el «Amado Líder» del país, ha nombrado por fin a un sucesor, su hijo Kim Jong Un, y ha dado nuevas competencias a su hermana y su cuñado. El drama shakespeariano sería entretenido de no presagiar problemas. «Parece una sucesión diseñada para estabilizar una situación que no es estable», dice Hill.

Corea del Norte está manifestando múltiples signos de inestabilidad. Ha tenido un mal ejercicio a nivel económico con una devaluación catastrófica de su divisa. La escasez alimentaria y las hambrunas forman parte del paisaje cotidiano. Las tensiones políticas internas, emparentadas tal vez con la sucesión, dieron lugar a actos de beligerancia externos, el más dramático el hundimiento del buque surcoreano «Cheonan» el pasado marzo.

Lo más revelador, tal vez, es que los coreanos están empezando a saber cada vez más del mundo exterior. En la actualidad hay 200.000 usuarios de teléfono móvil en el país y los DVD piratas pueden conseguirse de manera generalizada en el mercado negro. Si los norcoreanos se hacen una idea realista de la vida en el sur (moderna, próspera, democrática), ello seguramente suscite descontento social y tal vez más. El producto interior bruto per cápita de Corea del Norte es de 1.900 dólares; el de Corea del Sur, de 28.100 dólares. En algún momento los norcoreanos empezarán a emigrar al sur en busca de empleo, dinero, oportunidades y libertad.

Y en ese momento, a menos que haya una planificación escrupulosa entre Corea del Sur, China y Estados Unidos, se desatará la catástrofe. Los surcoreanos no quieren pensar en este problema. Las preguntas que yo planteo a los políticos surcoreanos relacionadas con estas cuestiones se encuentran con risas nerviosas, respuestas precipitadas y cambios de tema. El mes pasado, el presidente Lee Myung Bak planteó sabiamente la perspectiva de un impuesto de reunificación para abordar lo inevitable, pero la opinión pública se mostró fuertemente opuesta y la cuestión desapareció enseguida.

Es comprensible. Los coreanos se acuerdan del último experimento parecido. Veinte años después de la reunificación de Alemania, hay profundas cicatrices abiertas y tensiones persistentes entre las dos regiones. El 5% del PIB germano se ha destinado a la reunificación... ¡durante una década! El caso coreano es muchísimo más dramático. Corea del Norte es mucho mayor y mucho más pobre de lo que lo era Alemania Oriental.

Pekín viene resistiéndose a las iniciativas de presión importantes sobre Corea del Norte, por sentido de la solidaridad con el régimen en parte, pero sobre todo por temor genuino a la posibilidad de que el régimen se venga abajo, con refugiados desplazados no sólo al sur sino también al norte (directamente a China).

Washington se ha preocupado sobre todo de las cabezas nucleares norcoreanas. Pero para solucionar ese problema, hará falta discutir con China las reglas que habrá que seguir cuando Pyongyang se venga abajo.

Hay grandes cuestiones en juego. ¿Conservará su estrecha alianza con Estados Unidos una Corea unificada? ¿Conservará el arsenal nuclear del Norte? ¿Habrá tropas estadounidenses destacadas en el país? Si la respuesta a las tres preguntas es «sí», entonces una Corea unificada será aliada estadounidense, con efectivos estadounidenses y armas nucleares, apostada en la misma frontera de China. ¿Cómo reaccionará Pekín a ese hecho? ¿Desplazarán efectivos militares para proteger al régimen? ¿Qué harán entonces las fuerzas surcoreanas y estadounidenses?

Cuando Corea del Norte se derrumbe, es fácil imaginar que el caos en la península coreana provocará una serie de reacciones en Pekín y en Washington, que son rivales y hostiles. Olvídese de roces amistosos por el cambio del yuán; esto podría provocar una grave inestabilidad geopolítica. Y por eso es imperativo que Estados Unidos, China y Corea del Sur empiecen a hablar de «cisnes negros».

Fareed Zakaria
The Washington Post Writers Group.
Este artículo fue escrito y publicado en 2010, pero por su interés volvemos a reproducirlo