Yogur sostenible

Yogur sostenible
Yogur sostenible

Somos testigos de una creciente marea de información al consumidor. Muchos productos tienen dificultades para informar en sus envases de todos los requerimientos legales. La capacidad visual tiene un limite, sobre todo la de los envejecidos europeos. Se discute sobre el tamaño de la tipografía en las etiquetas de los productos alimenticios en la Unión. Si es mayor de tres milímetros probablemente se vea, pero entonces no hay espacio para los requerimientos actuales, y para el escenario futuro, menos. En este contexto hay productos afortunados por el espacio de que disponen. Las cajas de los cereales para el desayuno, por ejemplo, escriben auténticas enciclopedias en sus envases. Si tienen una tarde de ocio y les apetece la lectura, no lo duden, léanse una caja de cereales.
Una de las líneas informativas que coloniza los envases es la de los contenidos nutricionales. Es lo que tienen las periódicas alertas alimentarias y la preocupación inducida y políticamente correcta por la obesidad.
Más discutible es la tendencia a informar sobre las emisiones de CO2 derivadas de la fabricación de cada producto, como ya se hace en Francia. Situación curiosa: las emisiones de las vacas productoras son similares en cualquier país europeo, pero un yogurt francés emite, en su fabricación mucho menos CO2 que uno de la misma marca fabricado en las Españas. Las limpias y baratas nucleares galas tienen la culpa.
¿En qué medida esta información afectará el comportamiento del consumidor? Actualmente muy poco. En el futuro, más: aquellos productos emisores de CO2 pueden ser excluidos de los hipermercados que compitan posicionándose como «sostenibles».
Esto es lo que ha sucedido en Inglaterra, con algunas de sus supermercados mas emblemáticos. Claro que los ingleses circulan por la izquierda, beben cerveza caliente, y llaman al continente, autoexcluyéndose, Europa.