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La movida pierde su mirada

Estuvo donde debía estar. De esta máxima, imprescindible para un fotoperiodista, alardeó   Pablo Pérez-Mínguez, el gran documentalista de aquel Madrid que se subía al carro de la libertad

  • El fotógrafo, delante de algunas de sus instantáneas
    El fotógrafo, delante de algunas de sus instantáneas

Tiempo de lectura 5 min.

22 de noviembre de 2012. 23:08h

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23/11/2012

Con el paso del tiempo, de los fenómenos sociales como la Movida apenas quedan vagos recuerdos, un par de canciones nostálgicas, una peli descolorida y un puñado de imágenes que figurarán en el trozo de la historia cotidiana de la modernidad española. De la Movida madrileña, de su momento inaugural, siguen inalterables las fotografías de Pablo Pérez-Mínguez. Sus alucinantes y alucinados retratos de aquella fauna colorista, que hoy resulta todavía más exótica que a finales de los años 70, ese raro momento de subidón en el que los españoles estrenaban democracia.

Una eclosión triunfal, porque todavía no se había establecido la política como boa constrictor de los ciudadanos ni los políticos como los aprovechateguis del presupuesto general. Desde la muerte de Franco al golpe de Tejero hubo un interregno que podría calificarse de «vacío de poder»  en el que miles de personas pudieron manifestar sin cortapisas de qué forma querían vivir, incluso morir, organizarse y crear aunque fuera algo efímero.

El núcleo duro de la Movida lo formaron los grupos musicales, las discotecas donde actuaban y los himnos pop que compusieron. A través de la música canalizaron los jóvenes su creatividad y se manifestaron como movimiento. Cientos de grupos surgieron en los más remotos lugares de España y fueron a estrellarse en el rompeolas del Madrid democrático.

La noche se convirtió en el mejor momento del día para comunicarse, beber, drogarse y bailar como si fueram la última vez. Para testimoniarlo estuvo Pablo Pérez-Mínguez con su cámara, retratando la trastienda, inmortalizando los gestos, los guiños y desplantes ingenuos o perversos de «aquella legión de modernas», de aquel fenómeno naciente.

Fue el apogeo del «cutrelux». Quizá la realidad no exista, como escribió Pérez-Mínguez, pero se fabrica con retratos y poses, como aquella fauna urbana tan variopinta formada por la divina Fanny McNamara, Almodóvar, Alaska y Carlos Berlanga, y numerosos clichés para portadas de discos, tan reconocibles como las de Parálisis Permanente, de regusto neoexpresionista, y las de Radio Futura, de un colorismo pop.

Fotomatón fulgurante
Lo cierto es que PPM (Pobre, Pero Mítico), como solía bromear,  fue un fotógrafo «underground» y contracultural. Un intelectual pasado a la escuela «espontaneísta» de la calle y el fotomatón fulgurante, del retrato insolente. Sus modelos miran a la cámara, como hacían los fotógrafos del punk y la New Wave ingleses, que crearon con sus imágenes el movimiento pop londinense. El modelo de PPM fue la Factory de Warhol,  que tenía como ideal de modernidad las travestis desdeñosas, el artisteo, los famosos y el glamour de los aspirantes a superestrellas del «cutrepop» mezcladas en loca algarabía con los fotógrafos que las inmortalizaban. Pérez-Mínguez nació en Madrid,  en 1947, y murió ayer en el Hospital San Carlos de una «fatal y rápida enfermedad». Por su estudio de la calle Montesquinza pasaron cuantos personajes harían historia. Sirvió de plató para «Laberinto de pasiones» (1982). Fue el taller donde se forjó parte de esa Movida musical, pictórica y callejera que él plasmó en vivo, como si allí todos improvisaran y se improvisara. Deslumbra el color de sus fotos, pues es el color de la Movida, los filmes de Almodóvar, de «Fanny Agente Secreto», de Costus y sus piedades, de Alaska y los Pegamoides, de Las Chinas, de Tino Casal y mil famosos más. Antes de la Nueva Ola, Pérez-Mínguez y el diseñador Carlos Serrano participaron como directores artísticos de la revista de fotografía «Vale todo», con un famoso número dedicado al retrato, en donde una nueva generación de fotógrafos fue bautizada como la «quinta generación». Tras el hundimiento, intentaron relanzarla como «Nueva Lente», con aires más surrealistas, y dirigieron el espacio Photocentro, pero la onda estaba ya en revistas como «Dezine», «Madriz», «La Luna» y «Madrid me mata». En «Nueva Lente» comenzaron los fotógrafos que proponían un nuevo arte, opuesto al  de los fotógrafos de estudio. Contraria a la estética de la España antimoderna. Dispuestos a romper con  lo anterior, especialmente con los progres de larguísima bufanda, trajes de pana color diarrea y barba proletaria, contraa-tacando con un feísmo pop, el desarraigo de García-Alix, tomado de Mapplethorpe, y las pasadas surrealistas de Ouka Leele.

Los personajes retratados por Pérez-Mínguez fueron seres solares, aunque vivían la noche como un destino. Brillaban como el oropel gay, con sus disfraces sacados de los baúles de vicetiples añosas y amas de casa fondonas. Maquillados como payasas. Siempre optimistas. Orgullosos de ser y posar y triunfar en ese instante en que la cámara hacía click.

Como víctimas de la modernidad warholiana, centellearon un instante y se apagaron. Muchos de quienes vivieron con la máxima de Ian Dury, «sexo, drogas y rocanrol», se han ido calladamente, como Jorge y Carlos Berlanga, Quico Rivas, Sigfrido Martín Begué, Bernardo Bonezzi, Antonio Vega, Enrique Urquijo, Eduardo Benavente, Los Costus, Jesús del Pozo y Blanca Sánchez. En 2006, año en el que le concedieron el Premio Nacional de Fotografía, expuso en el Museo Municipal de Arte Contemporáneo «Mi movida madrileña. Fotografías de Pablo Pérez-Mínguez (1979-1985)», donde se incluían imágenes de Rosy de Palma con el colmillo entre las piernas, o los  retratos de Almodóvar, que el «fotógrafo de la Movida» le hizo al «Rey de la Movida» en noches de orgía y desenfreno. Una frase de PPM resumiría su ideario: «Lo que no da morbo es un estorbo».

 

El detalle
UN TALLER CON MUCHA HISTORIA

Pablo Pérez-Minguez vivió una vida intensa, que dividió entre sus instantáneas y otras proposiciones artísticas. Durante esa época participó en numerosas acciones junto a  fotógrafos como Alberto García-Alix, Eduardo Momeñe, Ouka-Lee,  Alberto Schommer o Juan Ramón Yuste, y abrió su estudio-taller en  Madrid, donde tuvieron lugar numerosos happenings y encuentros artísticos. 
 

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