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Parejas para armarla

Hepburn la costilla de Spencer por Lluís FERNÁNDEZ

Feminista y liberal, la actriz renunció a todo por Spencer Tracy, un irlandés rudo y alcohólico

  • Feminista y liberal, la actriz renunció a todo por Spencer Tracy, un irlandés rudo y alcohólico
    Feminista y liberal, la actriz renunció a todo por Spencer Tracy, un irlandés rudo y alcohólico

Tiempo de lectura 4 min.

24 de julio de 2010. 22:52h

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24/7/2010

Quién hubiera pensado que Katharine Hepburn, la rebelde de Hollywood, la feminista hija de una sufragista, aceptaría plegarse a una relación amorosa, durante treinta años, contraria a sus principios de igualdad. Spencer Tracy nunca quiso separarse de su mujer y Kate Hepburn no deseaba casarse y, sin embargo, estuvo dispuesta a los mayores sacrificios personales y profesionales por aquel hombre. ¿Cuál era el secreto de ese amor, cuya profunda armonía se observa desde el primer plano de «La mujer del año»? Para alguien con un yo como una catedral gótica, educada por unos padres progresistas de clase alta, la relación con un rudo irlandés supuso una conmoción que trastocó todos sus valores. «Yo era una presunta dama... –escribió en su autobiografía–, una especie de esnob... y totalmente insegura». Despreciaba el matrimonio. Las relaciones que estableció con su marido y  Howard Hugues se mantuvieron en un plano de igualdad, sin ataduras ni reproches. Con Spencer Tracy fue un cambio de registro. Sólo hay que verlos enamorados en la pantalla mientras se enamoran en la vida. Pelearse y hacer las paces. Mirarse a los ojos y abrazarse en cualquiera de las nueve películas que protagonizaron juntos, para percatarse de que su amor trascendía la pasión fílmica.
Garson Kanin y Ruth Gordon, guionistas de algunas de sus más exitosas comedias sobre la «guerra de los sexos», se basaron en ellos para dar vida a una insoportable demócrata y un estricto republicano. La pareja perfecta competía elegantemente en el cine por ocupar espacios de poder, se contrapuntaban con divertidos codazos, en el lujoso entorno de Park Avenue. Lo que nadie sospechaba es que, en la vida real, aquel antagonismo y su lucha por el éxito e igualdad se tradujo en la aceptación y sumisión voluntaria de Katharine Hepburn a Spencer Tracy.
«Yo amaba a Spencer Tracy –escribe Kate a modo de explicación–. Para mí lo primero era él, sus intereses y sus demandas». ¡Qué sabe nadie del goce del otro!  La devoción por Spencer hizo que cambiara sus costumbres y deseos para hacer feliz a una persona conflictiva, alcohólica, a la que  ella cuidaba y le daba confianza. Specer Tracy era un ser atormentado, que transmitía una apacible naturalidad en el cine, pero le resultaba difícil vivir. Lo que le fascinaba a Kate era su sentido del humor. Por una sonrisa,  la feminista «liberal» modificó sus hábitos, reprimió cuanto pudiera molestarle y se dedicó a lograr su felicidad con una abnegación digna de una actriz tan intensa  como ella. «Yo le pertenecía. Me gustaba atenderle... escucharle... alimentarle... hablarle... trabajar para él», concluye  Kate en «Yo misma». Si el amor es  entrega absoluta sin esperar nada a cambio, Hepburn amó más que nadie en el mundo.


Una mujer con pantalones
Hepburn amaba a los hombres de acción. Se entregaba a ellos como uno más.Tracy dijo de ella que cómo podía hacer  una película con una mujer que tenía las uñas sucias, una sexualidad ambigua y usaba  pantalones. Cuando los presentaron, Kate dijo: «Me parece, señor Tracy, que es usted demasiado bajito para mí». Josep L. Mankiewicz le respondió: «No te preocupes, Kate, Spencer te humillará hasta rebajarte a su altura».  Spencer se reunía los jueves con actores irlandeses para emborracharse. Ella le esperaba en la casa que le habían alquilado a Georges Cukor en su mansión. Kate admiraba a los hombres de una pieza con encanto personal. Representaban la figura paterna que tanto amó de niña.

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