Una cumbre descafeinada por Mark W Bremmer

Las cumbres del G-7 empezaron a celebrarse en los setenta, cuando las economías más avanzadas del mundo se encontraban para coordinar su respuesta a las acometidas de los precios del barril de la OPEP. Más de 40 años más tarde, el G-8 –ahora con Rusia– dista mucho de dominar como antes el panorama internacional, pero sin embargo nos enfrentamos a una crisis de proporciones idénticas a las de antes: crecimiento casi nulo en las economías y la amenaza de ruptura inminente de la eurozona.

Frente a la agitación y los deprimidos mercados globales, los líderes reunidos este fin de semana tenían que manifestar algún atisbo de liderazgo y acuerdo en torno a un plan para apuntalar la economía. Pero el Presidente Obama ha rebajado discretamente las expectativas de la reunión hablando de mantener con sus invitados «una conversación informal» de los problemas.

Los líderes pasaron menos de 24 horas debatiendo el programa en Camp David, en las colinas de Maryland, antes de trasladarse a Chicago con motivo de la cumbre de la OTAN acerca de la cuestión igualmente espinosa de Afganistán. Para rematar las cuestiones económicas acuciantes del G-8, la cena de trabajo que dio inicio al encuentro abordó las cuestiones de Siria, Irán y Burma.

Luego, el sábado, se trataron Libia, Egipto, Afganistán, el cambio climático, las energías renovables y la estabilidad alimentaria (con la única noticia relativamente buena de la mejora en la capacidad africana de alimentarse por sí sola), tema estrella elegido por Obama este año electoral.

La victoria de Hollande ha consolidado la noción de que la austeridad no basta a la hora de atajar los males de la zona euro. Los mercados estadounidenses vienen registrando las mismas pérdidas que los europeos, temerosos del contagio de la crisis europea. Y Obama insta a Europa desde hace tiempo a hacer más a la hora de estimular el crecimiento.

Hasta el primer ministro británico refleja el llamamiento de Hollande a preparar un programa de crecimiento, insistiendo en que la eurozona tiene que «hacer más». Todo esto se traduce en presiones sobre la principal economía europea, Alemania. Con vistas a su visita a Estados Unidos, la canciller Angela Merkel manifestó su disposición a «revisar» facetas de sus proyecciones. Más allá de estimular la confianza, no hay mucho que el G-8 pueda hacer. Se alcanzaron compromisos de gasto público y aranceles, pero los que se reunieron en Camp David saben que no hay ninguna posibilidad de alcanzar un acuerdo comercial mundial. EE UU, Japón, el Reino Unido, Francia o Alemania tienen que aceptar que los problemas desatados por la crisis de la banca en 2008 y la crisis de la zona euro hoy son problemas del G-8 en conjunto.

 

Mark W. Bremmer es politólogo del Grove City College
especializado en economía y política exterior