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Un científico de Cambridge ha dado vidilla a los sufridos cincuentones: «Son la cima de la evolución humana». ¿Es la mediana edad la juventud que viene?

La (R)evolución son los 50

  • La (R)evolución son los 50

Tiempo de lectura 5 min.

31 de marzo de 2012. 01:44h

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31/3/2012

Sobre la mediana edad pesan idénticos prejuicios que sobre la Edad Media: a ambas se les supone épocas de acendrado oscurantismo, pobladas de meigas y achaques incipientes, a medio camino de dos etapas bien definidas. A un lado, la rutilante Antigüedad: el despertar sexual, el empuje romántico, los años de la pérgola y el tenis, los fantasmas de James Dean y Rimbaud; al otro, la Modernidad cabal y positivista, el saber estar de un bastón bien asentado sobre el asfalto y una cabeza amueblada, de vuelta de todo. Si la vida es sólo un boceto para la vida (Kundera «dixit»), los 50 años serían un insoportable paréntesis para mojar el pincel y seguir dibujando la nada... Hasta aquí, la tesis imperante.

«Seres vivos impresionantes»
Voces voluntariosas reivindican ahora el redescubrimiento de los 50. A la cabeza, David Bainbridge, un hábil divulgador científico, profesor de la Universidad de Cambridge y probablemente, a juzgar por sus 44 años, un tipo de esos que ven la botella medio llena. Para Bainbridge, los cincuentones representan nada más y nada menos que la «cima de la evolución humana», el espectro de edad «mejor adaptado a las necesidades de la sociedad» en ámbitos como el laboral, afectivo o intelectual. «Son los seres vivos más impresionantes jamás producidos por la selección natural», asegura Bainbridge, ditirámbico. Y ello a pesar de un factor nada desdeñable: la innegable decadencia física.

Hasta ahora, nos recuerda Valentín Martínez-Otero, doctor en Psicología de la Universidad Complutense, «en torno a los 40 años se consideraba la etapa cumbre del hombre, mientras que los 50 eran ya vistos dentro de una fase de declive». Pero factores como la longevidad o los cambios en los usos sociales hacen que los 50 sean los nuevos 30. «Hoy una persona de esta edad puede estar en pleno apogeo», aunque, en aspectos como el laboral, matiza, «cada edad tiene sus rasgos positivos dependiendo de las actividades o campos profesionales». Efectivamente, en el intelectual la generalización de Bainbridge suena a eso, a generalización. Francis Ford Coppola rodó «El Padrino» con 33 años; Leonardo da Vinci culminó «La Gioconda» con 67. Son sólo dos ejemplos.

El terrible climaterio
Pero, ¿qué hay de la cuestión física...? Hasta hace escasas décadas, la diferencia de la visión social entre hombres y mujeres de mediana edad era palmaria, ofensiva a veces. El hombre podía consolar canas y flacidez en el apelativo de «maduro interesante». La mujer no podía sustraerse a lo que el secular machismo le echaba en cara: el terrible climaterio, la pendiente por la que se abisma su sexualidad y, por tanto, la función reproductora a la que se ligaba su «misión» en la vida. 

La cosa ha cambiado. Cunde la homogeneización de sexos. La menopausia ha pasado de ser una desgracia a «una oportunidad para vivir libremente tu sexualidad», que diría una bloguera. «Actualmente, se tiende a igualar a ambos géneros y la consideración de las mujeres de mediana edad es equivalente a la del hombre», apostilla el profesor Martínez-Otero.

Los cincuenta no son ya la excusa perfecta para avinagrar el carácter y dar rienda suelta a nuestras querencias depresivas. Entre ellos –que siguen sin creer en la andropausia– hay quien se divorcia y se compra un coche, regresa a los bares y vuelve a usar perfume; entre ellas, no faltan quienes se calzan leggins de cuero y toreras estridentes –el look «teenagers» equipara ya a las cincuentonas con sus hijas pequeñas–, chatea e incluso flirtea con los amigos de su hija (¡ay, Mrs. Robinson!).

El aspecto general de un cincuentón también responde a la máxima de que los «50 son los nuevos 30». Mucho tiene que decir en ello la mejora en la calidad de vida, la holganza económica, el ocio, las tendencias y, en algunos casos, el botox. ¡Cuántas actrices de Hollywood  han podido alargar su vida profesional gracias a tan particular toxina!

En tanto la ciencia pergeña nuevas maldades para alargar nuestra «plenitud evolutiva» hasta los sesenta, añoremos nuestros pasados cincuenta años o, en caso de que así sea, esperemos con ansia la llegada de la nueva Edad de Oro.      

 

A favor
Siempre nos quedará Benidorm; por Blanca Basiano

A los veinte años me vendieron la moto de que los treinta eran la mejor edad del mundo. Los entonces llamados JASP (jóvenes aunque sobradamente preparados) se comían el mundo. Subidos a la cresta de la ola lo conseguían todo. El común de los mortales quería ser uno de ellos. Pero, claro, una crisis devastadora deja a los JASP a la altura del betún y con el ego hecho añicos. Ahora son los jóvenes sobradamente parados. Los treinta ya no están de moda. Con suerte eres becario y sigues viviendo con tus padres. Así que si tener ahora una treintena de años es una regresión a los veinte, está claro que los cincuenta han de ser la plenitud. Seguro que cuando los cumpla, la cifra habrá variado. Probablemente, entonces los que tengan sesenta ó setenta estarán en la cima de la evolución. Y si no, siempre nos quedará Benidorm.
 

...y a favor
¡Hasta ahí podíamos llegar!; por por Alfonso Merlos

O mucho han caído los estándares en el prestigioso campus de Cambridge o alguien intenta elevar a  revolucionario lo que rebasa por poco el descubrimiento del agua templada. ¿Que a los cincuenta se hacen difícilmente contenibles las arrugas y cuesta más lucir abdominales? ¡Sólo faltaba que fuese a los treinta! ¿Que a los cincuenta la experiencia ayuda a planificar más racionalmente y a organizar equipos más eficazmente? ¡Hasta ahí podíamos llegar, pura evolución! ¿Que a los cincuenta es precipitado hablar de decadencia del hombre en sus capacidades ? Lógico, por la simple evidencia de que la esperanza de vida en el siglo XXI no es la de un Cromagnon. Decía Sir Francis Bacon que los descubrimientos se deben más al mero azar o a la experiencia vulgar que a la ciencia. Así que sin ninguna prisa, ¡empecemos a  soñar con esos supuestos maravillosos cincuenta!

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