Música

Garland vive

La Razón
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La otra noche me acerqué al teatro Marquina, desde el que se pudieron escuchar unas canciones que hicieron temblar el mismísimo vecino Gobierno militar. Era la potente, evocadora, estremecedora y radiante voz de Natalia Dicenta en «Al final del arco iris», la obra que por fin encumbra el talento como actriz completa de una intérprete todoterreno con el tesón y la magia de una gran dama de las tablas, olvidada ya la dichosa etiqueta de hija de Lola Herrera para brillar con luz propia y meterse al público en el bolsillo rendido a sus pies.

La obra de Peter Quilter es por otro lado una golosa joyita de las que vienen como anillo al dedo y sueña por ella cualquier mujer con dotes y también valor y ovarios para entregar hasta la última gota de su jugo en el escenario. Pone en escena los últimos días de Judy Garland y sus postreros conciertos en Londres antes de morir. Agotando el huidizo sueño del amor junto a un amante insulso, apurando la copa de las emociones, sufriendo las dentelladas de la soledad, aliviada sólo por un maduro pianista cómplice, desmoronándose en la bancarrota espiritual y en su cuenta corriente, sosteniéndose sólo en la ayuda del alcohol y las drogas para poder seguir deslumbrando en el escenario.

Por supuesto, el drama es todo un recital de la primera actriz, ayudada por un excelente Miguel Rellán. Una sabia combinación de carcajadas y lágrimas diseñada por el autor y una acertada puesta en escena de Eduardo Bazo y Jorge de Juan, con la guinda del luminoso vestuario de Yvonne Blake. Así estaba el patio de butacas con la sensibilidad erizada, desde la orgullos madre de la artista a Arturo Fernández en su teatro de toda la vida, Paco Valladares, Silvia Marsó y Massiel buscando el baño. Los ojos empañados reluciendo en la oscuridad mientras, por unos momentos, podíamos sentir a una Judy Garland irrepetible pero rediviva. Con la Dicenta inconmensurable. Podríamos decir que ha nacido una estrella si no fuera por el tiempo que lo lleva mereciendo.