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Malick cruza la delgada línea cursi

El más esquivo de los cineastas de culto, capaz de rodar joyas como «El árbol de la vida» y «La delgada línea roja», se embarra en una reflexión sonrojante sobre la naturaleza del amor. En Venecia se oyeron abucheos.

  • Ben Affleck y Rachel McAdams, en «To The Wonder»; abajo, Olga Kurylenko, otra de las actrices del filme
    Ben Affleck y Rachel McAdams, en «To The Wonder»; abajo, Olga Kurylenko, otra de las actrices del filme

Tiempo de lectura 5 min.

03 de septiembre de 2012. 00:31h

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3/9/2012

La Prensa es como el Gepetto de «Pinocho»: siempre quiere que sus sueños se hagan realidad. Y, especulando, algunos soñaban con que Terrence Malick se colara de incógnito en el estreno en Venecia de «To the Wonder», como hizo en Cannes con «El árbol de la vida». Los productores del filme barrieron de un plumazo las expectativas de los periodistas: el más secretista y el menos prolífico de los cineastas americanos está en plena efervescencia creativa, acaba de rodar una película y empieza a preparar otra. «No lee críticas, lo único que le importa es su obra», dijo la productora Sarah Green. Mejor para él: si ayer por la mañana hubiera estado en la sala, no le habrían quedado ganas de empuñar una cámara en su vida. Los abucheos aplastaron a los tímidos aplausos, y en esta ocasión habrá que darles la razón: «To the Wonder» es, de lejos, la peor película de Terrence Malick.

No puede ser casual que ni Ben Affleck (excusa: está ultimando el estreno de «Argo», su tercer largo como director), ni Javier Bardem (excusa: está rodando en Londres con Ridley Scott), ni Rachel McAdams (excusa: desconocida) se desplazaran a Venecia para defender la película. A solas con los productores, la ucraniana Olga Kurylenko fue la responsable de dar la cara, y, como de costumbre, pintó a Malick como un místico: «Hubo telepatía entre nosotros. Nos entendimos muy bien, las palabras no hacían falta. Ve a través de la gente, es perceptivo de una manera que puede parecer inquietante. Siempre encuentra el modo más apropiado de hablarle a cada persona».

Leer a Dostoievski
Malick le recomendó a Affleck que leyera a Dostoievski y a Kurylenko que revisara «Los hermanos Karamazov», «El idiota» y «Anna Karenina». ¿Para qué, si sus personajes son sombras? Se enamoran en París, viven juntos en un pueblo de        Oklahoma, se separan, vuelven a intentarlo. «La separación no significa que se acabe el amor», opina Kurylenko. «Son personas que se quieren pero son incapaces de convivir. Al final la pregunta que se hace la película es: «¿Existe el libre albedrío o hay algo más grande que determina nuestras vidas? No importa lo que hagamos porque ahí está nuestro destino para marcar el camino».
Si «El árbol de la vida» era una película sobre la Gracia, «To the Wonder» lo es sobre la naturaleza, esquiva pero intensa, del amor. Existe en ella una molesta contradicción: si el estilo de Malick, tan evasivo y etéreo, desea evocar una catarata de emociones en el espectador sin atarlo a una psicología, obligándole a que se entregue a la cadencia poética de imagen y sonido, tampoco logra despegarse de la lógica de un relato al que hay que darle carne y hueso. Existe, pues, la voluntad de la transparencia, de dar libertad al público para que interprete y proyecte sus fantasmas en la pantalla, pero existe también la opacidad que impide que podamos tocar la piel de lo que se está contando.

El personaje de Affleck, taciturno y elusivo, es un agujero negro: la cámara de Emmanuel Lubezki lo filma de espaldas o en la penumbra, como si fuera un reflejo desenfocado del deseo de su amante (Kurylenko), la imagen de una linterna mágica que se nos escapa. Pero, entonces, ¿cómo diablos podemos identificarnos con sus dudas, con su falta de compromiso? ¿Cuál es, en fin, su idea del amor? No sabe, no contesta.

Imágenes de postal
Por primera vez en Malick, el texto de las cuatro voces en «off» que tejen este tapiz romántico parece escrito por un preadolescente que quiere ganar unos juegos florales («en el amor, dos se convierten en uno»: ¡brillante aforismo!). Las imágenes, bellas pero de postal, parecen evocar el amor desde una perspectiva infantil, de una ingenuidad algo sonrojante. Puede que Malick quiera sugerir que el amor debe conservar su dimensión más lúdica para funcionar a pleno rendimiento. Pero la repetición obsesiva de esa idea no hace sino subrayar la cara más naíf de un cineasta que debería atar más corta su innata tendencia a la cursilería. Hay imágenes que funcionan como hermosa metáfora de las velocidades del amor –esa marea que sube al borde del Mont-Sant Michel, donde comienza y acaba la película–, pero a veces da la impresión de que las excesivas piruetas de Kurylenko, los bailes constantes de la cámara y la redundancia de rimas y motivos poéticos –los rayos de luz del sol quemando las hojas de los árboles, los crepúsculos, las cortinas evanescentes– no intensifican la sensación de flujo, de emoción en constante movimiento, sino que la estancan. Los cinco montadores que figuran en los créditos deberían haber aconsejado a Malick reducir el metraje de este melodrama aliterativo.

Al que le ha tocado bailar con el más feo es a Javier Bardem, que interpreta a un sacerdote en plena crisis de fe. Su personaje bien podría haberse quedado en la sala de montaje, porque sus ocasionales monólogos sobre la ausencia de Dios parecen haberse escapado de un sermón parroquial escrito por un monaguillo. En cuanto Bardem apareció en pantalla, la Prensa se echó a reír, como intuyendo su desubicación en el discurso de una película que no necesita corporeizar sus ansias de trascendencia. Sarah Green contó en la rueda de prensa que Bardem dedicó mucho tiempo a relacionarse con los más desfavorecidos del pueblo de Oklahoma donde rodaron para meterse mejor en el papel, hasta el punto de que parecía comportarse como un sanador. No dudamos de su entrega y de su fidelidad al método; simplemente Bardem no tiene nada a lo que agarrarse. Suponemos que Malick le transforma en la voz de la conciencia del filme, o en la voz que se hace responsable de elevar sus teorías sobre el amor a un nivel metafísico, pero el resultado es tan grotesco que provoca vergüenza ajena. Malick pertenece a ese grupo de cineastas funambulistas que se tambalea sobre la tensa y fina cuerda que separa lo ridículo y lo sublime. En «To the Wonder», la cuerda se ha roto y las heridas son graves.

El milagro español, en YouTube

En una Mostra desierta de títulos españoles, el catalán David Victori ha ganado el gran premio Your Film Festival con «La culpa». La comunidad de YouTube ha votado a este corto, que escenifica una venganza con finales diametralmente opuestos, entre más de 15.000 participantes. El galardón consiste en 500.000 dólares para producir más contenido para el canal de YouTube de Victori apoyado por el asesoramiento, entre otros, del actor Michael Fassbender –que le entregó el premio en Venecia– y  Ridley Scott.
 

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