Galicia

Piragüismo/Es leyenda

David Cal logra la plata y se convierte en el español con más medallas de la historia: cinco. «Sigo siendo un chico normal» 

Es leyenda
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LONDRES- «Ven pronto». Son las únicas palabras que le dice Suso Morlán a David Cal antes de empezar a competir. Antes de que estuviera a punto de convertirse en el deportista con más medallas olímpicas de la historia de España y en el único palista con cinco podios individuales en unos Juegos a nivel mundial. «Cinco de cinco», dice Suso, y de eso se siente muy orgulloso. Cal nunca falla. Es leyenda. Atrás quedan los cuatro metales de Joan Llaneras en ciclismo en pista y los de Arantxa Sánchez Vicario en tenis. Este gallego puede con todo. «Sigo siendo un chico normal, ayer no era una cosa y hoy soy otra. La vida no cambia mucho», asume él, sus ojos azules brillando como nunca en el cielo nublado que lo vio hacer historia.

David Cal sumó ayer una plata a su colección (tiene otras tres de ésas y un oro), el final feliz a tantos y tantos esfuerzos y a tantos y tantos estudios. Conocía el lago de Eton Dorney a la perfección. Desde 2009, cuando acudieron allí por primera vez, su preparador entra en una aplicación de internet para saber las condiciones de temperatura, humedad, climatología... Y todo ello le llevó a querer salir por la calle siete, la más resguardada, para evitar el viento, que perjudicaba a los zurdos, aunque al final ayer no soplara mucho. «Si salimos por la tres no ganamos la medalla», opinó Suso Morlán, todavía con el susto en el cuerpo, la voz temblorosa.
Él y su aventajado alumno salieron del autobús a las 8:38 de la mañana, tras un recorrido con vacas y ovejas, muy parecido al de su Galicia. «Es un poco tarde», reconoce el entrenador. David mira al frente y va en busca del agua bendita. «Suerte», le dicen. «Gracias», responde. Aparenta tranquilidad. Calentó primero dentro del lago y después fuera. La prueba empezó después del «ven pronto».

Suso Morlán sufría desde la grada. Se tocaba el pelo, se rascaba la rodilla, le temblaban los dedos. «Mira que nunca me pongo nervioso, pero hoy sí...», admitía.

David también sufría allá abajo. Empezó retrasado. Quinto a los 250 metros, sexto a los 500, mitad de carrera. Tiene un final demoledor, pero se le estaban escapando demasiado. «Empezó más rápido de lo que pensaba, pero yo tenía las sensaciones de que debía salir a ritmo», confesó Cal. Los más pesimistas pensaban que ya era imposible. Para cualquiera menos para él.

A falta de 200 metros hubo un cambio. Suso, aún tenso, sonreía por dentro. Mientras se balanceaba, iba contando las paladas por minuto de su pupilo. Así es él. Todo bajo control. Y estaban aumentando. «Pasó de 65-66 por minuto a 71-72, pero hay que aguantarlas durante 200 metros. Sólo David puede hacer eso», desvela el técnico. «Me quedaba un cambio», aseguró Cal. Y comenzó a remontar palada a palada, pese a que el ácido láctico empezaba a generarse. «Aunque no lo ha hecho tanto como en otras ocasiones», narró, y lo notó en que los síntomas, los mareos y las ganas de vomitar, no eran tan grandes. El dolor en los antebrazos le decía que parara, pero los 14.000 kilómetros entrenados en la canoa en todo el ciclo olímpico, más las carreras y el gimnasio, más todo aquello a lo que ha renunciado y el reto de convertirse en único, le empujaban a seguir. Su entrenamiento está calculado para que al superar la meta no pueda dar ni una palada más. Y más o menos así fue. Guardó fuerzas, calculó y triunfó. Detrás quedaron el uzbeko Menkov y el francés Goubel. Derrotado venía casi desde el principio el temible Attila. Algo más se resistió el canadiense Oldershaw, pero también fue superado a falta de unos metros para el final. La grada hervía, Alejandro Blanco, presidente del COE, entre ellos. Sólo el alemán Brendel resistió el ataque de Cal. Entró primero. Campeón olímpico. Y detrás, el español. Respirar era la primera preocupación, antes que celebrar el éxito. Así de brutal es este deporte. «Estaba muerto», dijo Cal. Tanto, que incluso dudó de que pudiera llegar a tierra con esos brazos tan cargados que parecían mazas y casi no le dejaban «sujetar la pala»: «Pensé que se me caía».

Pero el dolor fue dando paso a la felicidad. «No soy consciente de lo que he conseguido», afirmó con tranquilidad, relajado al fin. Y después de recibir la medalla, se dio un baño en Eton Dorney.

 

Río, a 10.000 kilómetros
Desde ayer, David Cal disfrutará de las cosas sencillas de la vida. Ya no tendrá que decir «no» de nuevo, como tantas otras veces. «Como cuando los amigos me llaman para ir a una casa rural u otro plan. Puede ser una tontería, pero como no lo tienes, lo deseas», dijo. «Sólo pienso en dejar la piragua aparcada y en hacer cosas con la familia y los amigos», continuó. Su novia le dio un fuerte abrazo y varios besos ayer, lo mismo que su hermana. Sus padres se quedaron en casa, ya que regentan una panadería en Cangas del Morrazo. «Hasta enero no me habléis de Río», afirmaba Suso Morlán. Los Juegos de 2016 serían el próximo objetivo del palista gallego, aunque ahora están muy lejos. «Ahora están a 10.000 kilómetros», bromeó David. «Cuatro años es mucho tiempo, tenemos que sentarnos a valorar», continuó. «Nos reuniremos y le diré: "¿Estás dispuesto a soportar todo esto otra vez?". Si me dice que sí, vamos a por ello», añadió su entrenador. «De momento vamos a recuperar la vida de la gente normal», concluyó.