Música

El «Boss» toma Barcelona

BARCELONA– Hay momentos en la vida en que todos los elementos parecen alineados a la perfección para que todo el mundo sea feliz. Colocar a Bruce Springsteen en un escenario en Barcelona ante 55.000 incondicionales es uno de estos momentos. La primera noche en el Estadi Olímpic del artista de Nueva Jersey, dentro de su gira The Wreking Ball Tour, volvió a demostrar que hay cosas que no cambian, y una de ellas es que el «boss» adora a Barcelona y Barcelona le adora a él. Uno podía cerrar los ojos e imaginar que estaba en cualquiera de sus últimas visitas con la E Street Band. La intensidad era la misma, el entusiasmo era igual y la reacción del público, tan eufórica como siempre. ¿Cómo de eufórica? Así, «AAAAAAAAH, te queremos», y mucho más.

No hubo descanso para que el público y el cantante pudieran entenderse antes de desarrollar una historia de amor. Desde el inicio, y sin necesidad de grandes parafernalias, el ambiente explotó por los aires. En realidad, sólo hizo falta que Springsteen apareciera para empezar a aumentar las pulsaciones del público. Un primer acorde de guitarra, un primer saludo, una primera sacudida de la cabeza, y ya está. Desde luego, el artista no entró con timidez. Fue un toro desde el inicio, con los acordes del primer tema.

Ni siquiera las canciones de su nuevo disco «Wrecking ball», sabían a menos. La voz de Springsteen homogeniza sus canciones, les proyecta un aura de himno áspero, de canto del pueblo y llega a los nervios de la gente, que no tiene más remedio que rendirse a sus pies y gritar «Aleluya».

Se habla de los cantos espirituales negros, pero hay que empezar a hablar de los cantos espirituales rockeros de la clase trabajadora, que es lo que hace Springsteen. Durante las tres horas de concierto demostró que ya puede cantar «Dancing in the streets» que «We take care of our own», su último single, que el efecto es el mismo. El cantante sigue teniendo una sonrisa sincera, una humildad original y una plena consciencia de sus defectos y virtudes para limitar los primeros y potenciar los últimos y contentar a su público.

Después del típico caos en la entrada del recinto, que obligó a retrasar el concierto más de 45 minutos, los ánimos tardaron exactamente un segundo en encenderse con la salida de Springteen. Para empezar, un pequeño homenaje a Donna Summer con uno de sus éxitos «Last dance» que hizo entrar a la E Street Band al escenario que hizo dislumbrar un inicio apoteósico. «Bruce, Bruce, Bruce» gritaron las 55.000 personas antes de que los primeros acordes de «Bad lands» pusieran a todo el mundo patas arribas. Y aún no habían entrado todos al Estadi Olímpic.
Camisa negra, chaleco negro, muñequeras negras, esa voz de carbón, el cantante interpretó a la perfección su propio personaje mientras gritaba «Barcelona aleluya». Aquí se apagaron las luces y se inició el repaso a sus nuevos temas. El sonido, atronador, no era apto para los matices, pero sí para levantar los ánimos y comenzó el repaso de la historia de la música estadounidense que tan bien representa Springteen. El folk de raíces de «Wrecking Ball» se transformó de repente en pop épico y entonces entró el rock setentero de «No surrender» con esa pátina de himno que da el artista a sus canciones.

Como ocurrió en Sevilla, el cantante dedicó «Jack of all trades» a los indignados con un bien aprendido catalán.