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Medio millón de españoles sufre un trastorno casi desconocido que provoca que los afectados se anulen a sí mismos para ayudar a los drogodependientes

Codependientes: vivir «enganchado» a un adicto

  • Codependientes: vivir «enganchado» a un adicto

Tiempo de lectura 5 min.

07 de abril de 2012. 22:08h

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8/4/2012

MADRID-Suelen juntarse en iglesias. No son más de cinco o diez personas. Y sin regularidad fija: algunos acuden cinco días a la semana; otros, una vez cada 14 días. Uno de ellos pasa el turno de palabra. Y cada uno cuenta lo que quiere. «Compartes tus dificultades, cuentas tus soluciones, recoges lo que te sirve, y lo que no, lo tiras», dice uno de los asistentes, que no ha querido que se le reconociera en este artículo. No en vano, pertenece a uno de los cerca de 25 grupos de Codependientes Anónimos (conocidos como CODA) que hay en España. El nombre recuerda al de Alcohólicos Anónimos. Y no es casual. De hecho, los grupos de Coda son una escisión. Décadas atrás, en EE UU, los familiares de los asistentes a alcohólicos anónimos coincidían en las consultas de los psiquiatras. Y se dieron cuenta de que hablar entre ellos les ayudaba más que una consulta. Ellos no lo sabían, pero se habían convertido en codependientes. No en vano, «nuestra enfermedad es una adicción, con trastornos similares a los que causan el alcohol o las drogas», dice uno de los afectados. Pero su adicción se centra en los problemas de los demás.

Un trastorno desconocido
La codependencia no figura en el DSM-IV, «biblia» de los trastornos mentales. Ha tenido que ser Isabel Sartorius, en su biografía, «Por ti lo haría mil veces» (Martínez Roca), la que ha dado a conocer esta enfermedad. Es más, en una reciente entrevista concedida a LA RAZÓN, reconoció que ése era el motivo de su obra. Un trastorno, relata, que se apoderó de ella cuando, con apenas 15 años, se vio empujada a comprar cocaína para su madre, Isabel Zorraquín, que padecía un problema de adicción. Nadie la empujó a Isabel a actuar así. Ella misma sentía que tenía que hacerlo. Quizá este sea uno de los rasgos que sirven para definir la enfermedad.
Porque ¿cómo podemos definir el trastorno? Como dicen los que lo padecen, «no es fácil de entender si no lo has vivido en tus propias carnes». «El término surgió en la década de los años treinta para describir lo que padecían los familiares de alcohólicos», explica el psicólogo clínico Juanma Llorens. «Al ocuparse de la vida de otras personas, no se preocupaban de la suya. Sentían la necesidad de cuidar», añade.
«En una relación, una persona se convence de que puede beneficiar a alguien y que sólo gracias a nosotros puede salir de sus problemas. El codependiente se "engancha" a ese comportamiento. Pasa a ser un adicto», afirma la psicoterapeuta Clarisa Hernández. De hecho, el trastorno comparte algunos de los patrones de la adicción, como son la obsesión y la compulsión. Y caen una y otra vez en «relaciones tóxicas», en la repetición de vínculos disfuncionales. Y eso afecta, según Miguens, «a su desarrollo personal: minan su autoestima, idealizan a los otros, se sienten culpables por cualquier cosa... Cuidar a los demás es lo que da sentido a sus vidas». Tienen un impulso «irracional» de hacerlo, aunque el otro no te necesite. Es un trastorno severo que afecta en las relaciones: el codependiente se excede en sus cuidados y atención al resto. Y, por tanto, sufren más.

El caso de Isabel Sartorius ejemplifica que esta «herida emocional» se abre habitualmente en la infancia. De hecho, la codependencia pasó de «pertenecer» a los familiares de alcohólicos a apoderarse también de los hijos criados en hogares disfuncionales. «Una madre deprimida, un padre castigador...», señala Miguens. Así, el codependiente pueden ser esos dos menores de 8 y 10 años de Pamplona que, esta misma semana, han solicitado a las autoridades abandonar el hogar familiar por el alcoholismo que padece su madre. Pero también aquel padre o aquella madre que ayudan con dinero a su hijo drogadicto, a sabiendas de que va a gastárselo en sustancias. O una esposa que padece maltrato de pareja –físico o psicológico– y perdona sistemáticamente al agresor. O incluso se puede desarrollar codependencia hacia un compañero de trabajo. Y un patrón: es más habitual que el codependiente sea mujer, debido a que «han recibido una mayor educación de género», comenta Hernández.

Hasta cuatro mil afectados
Con todo, los afectados no se limitan a ejercer de hipotéticos «buenos samaritanos». Como explica Miguens, la fatiga crónica, la depresión y la ansiedad suelen ser «compañeras de viaje» de la codependencia. Y lo peor de todo es cuando el codependiente siente que ya no es necesario. «Sufren el fantasma del abandono: como la otra persona ya no los necesita, se convencen de que tampoco los quiere. Entonces tienen miedo», dice la psicoterapeuta. Desde CODA Madrid apuntan a que en los últimos diez años han pasado por estos grupos de autoayuda entre 1.000 y 4.000 españoles.

 

¿Quién es más dependiente?
Para los psicoterapeutas Miguens y Hernández, los codependientes viven atrapados en un círculo vicioso. «Alrededor de 500.000 personas en todo el mundo padecen el trastorno. Y en España podría superar el millar», asegura Miguens. «¿Quién es más dependiente: el que tiene problemas o aquel que se "engancha" a personas con problemas?», se pregunta Hernández.


EN PRIMERA PERSONA
Raúl/ codependiente
«No sabía decir que no, y hacía cosas que no quería»

Raúl es un veterano de Codependientes Anónimos. Durante los últimos seis años, acude semanalmente a un grupo de Madrid, después de descubrir su existencia gracias a un compañero de trabajo. ¿Cuál fue su problema? «Vengo de una familia disfuncional», relata. «De joven no supe adaptarme al divorcio de mis padres: mi padre era muy severo y bebía mucho. Y mi madre tomaba drogas», recuerda. Su baja autoestima se iba forjando. «De adolescente no tienes consciencia de ello. Mi mente borraba situaciones y recuerdos que había vivido. Estudiaba, saqué mi carrera... Y me di cuenta de que no sabía decir "no" a nadie, hacía cosas que no quería hacer... y era muy dependiente de mi pareja. Todo era una maraña horrible», asegura. Para Raúl, se trata de una «enfermedad psicológica y espiritual». Y ahora, en el grupo de Coda, sigue los llamados «doce pasos». Las misma reglas que siguen en Alcohólicos Anónimos y que se concentran en una: «Aceptar que tienes un problema: no que tu mujer no te escuche, sino que has perdido el control de tu vida».
 

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