«Las fuerzas del régimen huyeron como conejos»

En Bengasi independiente se ha inaugurado un parque temático sobre «el hundimiento de Gadafi». Se trata del fuerte de Al Katiba, el último símbolo de poder del régimen que cayó en manos de los revolucionarios. Centenares de curiosos visitan todos los días el blindado palacio residencial de Muamar Gadafi en el este libio, convertido ahora en un lugar público.

Supuestos mercenarios de Gadafi detenidos en el este de Libia
Supuestos mercenarios de Gadafi detenidos en el este de Libia

Especialmente ayer, que se cumplió una semana de la «independencia» de esta ciudad. Fue el general desertor Jalifa Al Musmari, jefe de las fuerzas especiales del este, quien ordenó la toma de Al Katiba para derrocar a la guardia presidencial. Un comando de «medio millar de paramilitares rodeó el fortín y en menos de tres horas derrotó a las fuerzas leales al coronel Gadafi. Muchos de ellos huyeron como conejos por los túneles subterráneos de las cámaras secretas», relata el general Jalifa, de 68 años, que fue uno de los 50 oficiales que ayudó a Gadafi a subir al poder en 1969.

Ni el frío, ni el viento, ni la abundante lluvia impidieron a Akram Rashad visitar, por primera vez en su vida, este infranqueable sitio. Ningún bengasí hasta ahora había podido acercarse a este fortín, custodiado celosamente por la guardia presidencial durante los 40 años de dictadura. El palacio fue construido en la década de los setenta sobre la antigua avenida de la Independencia, rebautizada por Gadafi con el nombre de Nasser, y principal arteria de la ciudad. Dentro de esta fortaleza de 8.000 metros cuadrados, el dictador mandó construir su residencia y los pabellones para prisioneros. Este símbolo de poder absoluto, o lo que queda de él, está ahora en manos del pueblo. El inmueble es un amasijo de hierros y escombros que se sostiene sobre paredes totalmente ennegrecidas por el humo tras haber sido incendiado el lugar por los rebeldes. En la parte trasera quedan aún algunos de los mosaicos que la decoraron. Unos cuando entran manifiestan su cólera y lanzan piedras contra el palacio. Otros se hacen fotografías para inmortalizar este momento histórico, o se llevan algún trozo de azulejo del piso como recuerdo.

Un kilómetro después, se encuentran los calabozos, y mazmorras, varios metros bajo tierra. Algunas no son más que agujeros de dos metros cuadrados sin ventilación. «En estas cárceles secretas tenían a los reos como animales. Sólo los sacaban una vez al día para ir al baño», cuentan los locales.