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Escultor

Víctor Ochoa: «Cualquier obra debe trascender»

  • Víctor Ochoa: «Cualquier obra debe trascender»

Tiempo de lectura 8 min.

31 de marzo de 2012. 21:51h

Comentada
1/4/2012

Es uno de nuestros escultores más mediáticos. Ayudan las enormes dimensiones de sus obras, los nombres propios de algunas de ellas, la carnalidad de todas, su indudable calidad y la sugerente personalidad del artista. Artífice de los retratos del Rey, Severo Ochoa, Camilo José Cela o Goya, y recientemente en el centro de la polémica por su busto gigante del ex presidente de Ecuador, León Fabres Cordero, en Guayaquil, asegura que: «En el arte hay mucho fraude porque no existen reglas y los valores no están en manos de los artistas, sino de ciertos marchantes, galeristas o críticos».

- ¿Nació con vocación de escultor?
-Es imposible tener «vocación» de escultor. Se puede tener de dibujante. Yo en el colegio todos los días tenía un «bic» en la mano con el que hacía dibujitos, caricaturas…Hasta que me expulsaban. Pero dibujar era algo cotidiano. Luego estudié Arquitectura, y dibujar casas, pues también tenía sentido. La escultura no existía.  Sí recuerdo que había dos esculturas que me impresionaban en mi juventud, que eran una especie de Sagrado Corazón grandote, que había al final de la Gran Vía, y una leona herida, replica de la famosa  mesopotámica; pero era imposible tener, digamos, un sentimiento escultórico.

-¿Y cuándo  y cómo, entonces, se convierte en escultor?
-Supongo que la vocación podía ir encubierta en los juegos, en hacer castillos de arena…Incluso me he preocupado de descubrir una fotografía en la que aparezco besando una escultura de barro a los tres años,  como si fuera algo a lo que estaba predestinado…Pero lo cierto es que toco el barro con veintitantos años y es cuando me doy cuenta de que está íntimamente ligado con mi cerebro y mis manos. Me doy cuenta de que soy escultor.

-¿Qué es lo primero que hace?
-Un rostro, una figura supuestamente romana, aunque luego parece que el retrato corresponde a un comerciante italiano. Una pieza típica de las que están en las facultades para que se hagan copias, de las que se habrán hecho miles... Pero me doy cuenta de que hay algo importante en mí, que sobrepasa la mera copia. A partir de ahí todo es muy casual. Sucede que fotografío esa escultura y alguna otra que hago, empiezo a recibir encargos, y ya me veo directamente relacionado con el rostro, sin posibilidad de discontinuidad.

-No serían retratos de dimensiones descomunales como los que hace ahora, ¿no?
-Empiezo por un tamaño a escala natural y enseguida lo desplazo. Me doy cuenta de que todo lo que sea una escultura, represente una cabeza, algo humano, a escala natural se pierde en un escenario de una casa, de un salón, de un espacio, y acaba convirtiéndose en un bultito…Y yo quería seguir haciendo retratos, pero que se vieran Y se me empezaron a ocurrir ideas. Una de ellas fue hacer máscaras, es decir, no completar las cabezas enteras, sino hacer sólo el rostro, que me permitía reflejar con ciertas licencias el personaje, porque la máscara tiene algo de encubrimiento. Y luego hacer los retratos grandes, torcidos, cortados…, todo con tal de que se pudieran ver.

-¿Y ahí decide retratar a su tío Severo Ochoa?
-Creo que se le ocurrió a mi padre. Había que hacer un retrato de alguien significativo y había que aprovechar a Severo, la proximidad y la familiaridad…. Severo lo último que hubiera querido es que le hicieran una escultura y menos que la hiciera su sobrinito. Pero me empeñé tanto y le perseguí tanto de conferencia en conferencia, en la Autónoma, en la Fundación Príncipe de Asturias, que al final…Para mí era muy importante.

-Bueno, a partir de ese momento no ha parado de retratar personajes relevante: El Rey, Camilo José Cela, Paquirri, Don Juan. ¿Fueron encargos o empeño personal suyo?
-Todos encargos. Me pregunto qué hubiera pasado si al principio, en vez de una cabeza, hubiera hecho un pie. Jajajaja,

-¿Los personajes se reconocen en sus retratos?
-Espero que no se encuentren ninguno como son…

-¿Pero se gustan? ¿Ven su alma contenida en las esculturas que les replican?
-Yo creo que no. Lo que creo que encuentran  es algo que ni siquiera ellos saben muchas veces que tienen. Algo de autocontrol, de dominio, de melancolía, caracteres un poco sublimados, con actitudes un poco sublimadas. Yo concibo las esculturas, aunque sean retratos, como algo épico; y me parece que cualquier pequeña obra, sea retrato o no, tiene que tener algo de trascendente. Es decir, las hago pensando en que, aparte de reflejar aspectos del personaje, puedan quedar por su valor intrínseco, por su propio valor. Que aunque quien las vea no haya conocido al personaje pueda decir: jo, que cabeza, qué sentimiento, que carácter. Los retratados normalmente no me dicen nada. Parece que les encanta, pero no me llegan a decir nada de lo que piensan.

-¿Alguno le ha llegado a comentar que no le gusta?
-Sí, eso en más de una ocasión. Pero más los familiares que los propios retratados.La Reina se asustó con algunas esculturas del Rey, la baronesa Thyssen se quedó prácticamente escandalizada por parte de la desnudez de la escultura de su marido y la desterró quién sabe a donde; la familia de Krauss no entendía cómo le desnudaba… En fin, muchas cosas. Como anécdota, una de mis primeras esculturas, que fue la del panteón de Paquirri, a Isabel Pantoja le sorprendió mucho por lo grande que era…Claro, no era una obra tamaño natural.

-Al hacer las esculturas tan grandes, ¿no se restringe un poco al público? ¡Serán más difíciles de pagar!
-Nunca he sabido establecer una relación entre  lo que es oportuno, lo que es conveniente y lo que es rentable. Navego entre los sentimientos y el volcán de la obra una vez que la tengo. Luego hay mucha obra pequeña, porque muchas veces esbozo las grandes a través de pequeños estudios, pero es difícil que conciba las esculturas como elementos de vitrina.

-En los años veinte se encargaban muchos retratos ¿están bien vistos los encargos en nuestra época?
-A mí realmente me da exactamente igual si alguien piensa que son más o menos artísticos, pero están bastante mal vistos. Hay esa idea de que un encargo es un cosa condicionada, mediatizada, en la cual el artista da muy poco de sí y que lo realmente importante es una obra personal… Esto es una absoluta tontería. Las obras importantes siempre han sido encargos, porque el hecho de financiarlas escapa a muchas posibilidades. En cuanto al retrato, hay como una falsa modestia o no querer pecar de vanidad, que hacen que también esté mal visto hoy. Y, sin embargo, las grandes obras, al final son los retratos. De Velázquez, Manet, Leonardo, Freud… Parece que en el retrato se recoge algo de la humanidad, de lo que hemos sido, de lo que somos. Y por eso yo siento pasión por el retrato, aunque hay que dosificarlo, claro.

-De entre sus obras, quizá una de las últimas, la del ex presidente de Ecuador, León Fabres Cordero, sea la más polémica de todas. ¿Tiene que ver con el perfil del propio personaje?
-Yo creo que no. En todo caso,  quién soy yo para juzgarlo, para eso están los tribunales internacionales. Lo que pasa es que al ser un personaje controvertido, quienes no están de acuerdo con él tienen miedo, quizá, de que la escultura sea importante. Una buena escultura ata un poco, encadena un poco al personaje a la tierra, al futuro, y tiene más posibilidades de sobrevivir. Pero me pilla descolocado pensar que una escultura mía se puede convertir en un hecho de enfrentamiento social en un país.


De cerca
«A un desconocido que ha muerto, con muy poco material, puedo hacerle un retrato magnífico en tres días…. Y sin embargo tuve a mi padre posando para mí tres meses y no fui capaz de hacer la escultura. Quizá no podía escapar, volar yo por mi fantasía o mis ideas, crear o escribir mi propio libreto, mi propia partitura...»


Personal e intransferible
Es artista las 24 horas del día. Por eso es «muy sensible a todo lo que pasa, pero incapaz de crear con todo lo que pasa». Así que, a veces, para hacer eso que le ha enseñado a decir a sus hijos que hace («¿Qué hace papá? ¡Maravillas!»), se aísla de las tragedias del telediario y convive con las que le depara ese barro al que se entrega hasta el tuétano. Del barro y de su alma puede salir cualquier cosa: desde un puente que se convierta en calamar gigante en Badajoz hasta una terraza en Madrid que se transforme en una medusa al recibir la luz, pasando por la escenografía de Electra para la ópera de Montreal o una charla para National Geographic. Todo son proyectos válidos «que me ayudan a abrir horizontes ahora que la escultura vive un momento tan agobiante».

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