El latín por Alfonso Ussía

Las nuevas generaciones hablan peor el español porque no han estudiado el latín, su lengua madre

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No fue el periodo franquista un vivero de ingenio parlamentario en lo que eran las «Cortes Españolas». Tampoco lo es en la actualidad el Congreso, y menos aún, el Senado. Hubo algún destello cruel de Fueyo, que era un procurador –así eran llamados– un tanto indisciplinado. Hacía uso de la palabra otro procurador, culto y valioso, muy poco agraciado físicamente. Era muy bajito, tenía una pierna más corta que la otra y le faltaba la mitad de un brazo, no por herida de guerra, sino por un defecto de nacimiento. Pero su altura intelectual era alta y había alcanzado un gran prestigio en su campo. Y dijo el procurador: «Nada de lo que poseo me viene de herencia, y puedo presumir de haberme hecho a mí mismo». Se oyó la voz tronante de Fueyo: «Pues podía haberse aplicado un poco más Su Señoría». En la democracia –la mejoría en su estado de salud, que celebro, permite el recordatorio–, el momento más feliz lo protagonizaron, al principio de la primera legislatura con mayoría absoluta socialista, el que era superministro de Economía, Miguel Boyer, y el entonces Presidente del Congreso, Gregorio Peces Barba, que se cargó la «Taberna del Cojo», el bar del Congreso bautizado así en memoria del conde de Romanones. Miguel Boyer ya estaba enamorado de Isabel Preysler y tomó su micrófono para replicar desde su escaño, pero el micrófono, como suele suceder con ellos, no funcionaba: «Perdón, no me funciona el aparato». Y una voz voló por el hemiciclo: «No le funcionará el subsecretario, porque el aparato, lo que se dice el aparato, le funciona perfectamente».

Fue el muy poderoso y casi permanente ministro de Franco José Solís Ruiz, natural de Cabra, el más enconado enemigo que tuvo el latín en las Cortes franquistas. En su opinión, el latín no servía para nada. Y con su influencia, mucho contribuyó a que la enseñanza del latín casi desapareciera de las aulas colegiales. Defendía su importancia y su vigencia Adolfo Muñoz Alonso, un cerebro del Régimen, muy antipático y certero con la palabra que terminó siendo el primer Decano de la Facultad de Ciencias de la Información. Solís perdía el debate y se agarró a su particular vehemencia: «¡Menoz latín y maz deporte!». Muñoz Alonso le propuso una mayor reflexión: «No se ponga así contra el latín, señor ministro, porque gracias precisamente al latín, ustedes los de Cabra se llaman egabrenses».

He leído que el ministro Wert quiere darle de nuevo la máxima importancia a la enseñanza del latín. Y creo que acierta plenamente. Las nuevas generaciones hablan peor el español porque no han estudiado el latín, su lengua madre. Vuelvo a mi maestro Santiago Amón. Nos hallábamos los alumnos de 5º de Bachillerato de Letras aguardando a nuestro nuevo profesor de latín. Hizo su entrada en el aula, algo cojitranco, con sus grandes entradas y el pelo lacio don Santiago, a quien recuerdo y quiero todos los días. Vozarrón profunda, de bajo ruso. Y se presentó: «Mi nombre es Santiago Amón. Nací en Baracaldo, pero soy castellano viejo, palentino. Les anuncio hoy, 3 de octubre, primer día de clase, que están todos aprobados. No he suspendido a nadie en mi vida por no interesarse en el aprendizaje del latín o del griego. Pero advierto a los indolentes, que todo aquel que no muestre interés en aprender el latín será considerado por mí como un perfecto imbécil». Y comenzó la clase. Y a todos nos interesó el latín. Y como había prometido don Santiago, ninguno fue suspendido.
Con la vuelta pujante del latín a las aulas, la sensatez y la Cultura –con mayúscula– están de enhorabuena.