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Ni pirsin ni leches

Tiempo de lectura 4 min.

18 de diciembre de 2010. 00:43h

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18/12/2010

Lo lamento. A partir de hoy, LA RAZÓN va a abrigar en sus páginas a un mendrugo ortográfico. Me molestan las nuevas reglas. Seguiré acentuando truhán, guión y Mahón. Faltaría más. Y cuando me refiera al Papa o al Rey, pulsaré siempre la tecla de la mayúscula. En el caso, muy poco probable, de tener que referirme al «piercing», lo haré entrecomillando la palabra, pero ni pirsin ni leches. Se lo escribí a la más bella mujer que luce un «piercing» en la nariz. «Tiene un "piercing" donde la napia altera/ su ritmo vertical y en valle crece». Lo de pirsin me suena a broma, a 28 de diciembre, a matasuegras. La Real Academia Española ha permanecido en silencio con las cursilerías autonómicas. Eso, «La Generalitat», el «conseller», el «zulo» y demás voces. El Presidente Tarradellas, cuando hablaba en español pronunciaba «Generalidad» y «consejero». Como la estupidez de «Girona» y «Lleida» metida con calzador en el idioma español. Gerona y Lérida, así de sencillo. Como la bobada –y culpa de ello tiene la Junta, que no «Xunta», de Galicia de tiempos de Fraga Iribarne–, de cambiar La Coruña por «A Coruña», para vestirse de cursi modernidad. Además, que «A Coruña» en gallego sería «A Corunha». Cuando se habla en una lengua, se respeta esa lengua, sin macedonias de frutas ni revueltos de distintas setas silvestres. Silenciosa Real Academia Española con «Girona», «Lleida», «Generalitat» y «A Coruña». Y de golpe, las muy antipáticas reglas ortográficas. Pues nada, a partir de ahora, a escribir con faltas.

«Se elimina la tilde de guión». Les encanta lo de la tilde, que en mis tiempos colegiales se llamaba acento. Me siento muy feliz con mi lengua, en la cual se acentúa y se tilda. Pero prefiero la primera acción que la segunda. Tildar, en el fondo, es señalar o presuponer la condición humana de un semejante. Lo decía indignada, y con sobrada razón, en una carta dirigida a Wenceslao Fernández-Florez, la exquisita marquesa viuda de Fromigó, víctima de un encuentro casual. Que la marquesa viuda salió del Museo del Prado por la puerta que da al Real Jardín Botánico, y allí se topó con el autor de «El Bosque Animado». Se conocían, se saludaron, conversaron, pasearon y aquí paz y después gloria. Pero también se hallaba por ahí el escritor Antonio de Marichalar, («Riesgo y Ventura del Duque de Osuna»), y éste interpretó erróneamente el paseo de don Wenceslao y la marquesa viuda de Fromigó, y le dio a la húmeda, y en Madrid corren los rumores como atletas de Eufemiano, y claro, la carta a Fernández-Flórez de la marquesa viuda: «Lamento comunicarle, don Wenceslao, que nunca más volveré a hablar con usted. Por una vez que lo hago y por brevísimo tiempo, me tildan de zorra», eso es la tilde, y no el acento.

Si me lo permiten, voy a intentar seguir escribiendo como hasta hoy. No tengo edad para examinarme de Ortografía y sacar un aprobado ramplón. En mis años colegiales, la Ortografía era fundamental, como la Caligrafía, la Lectura, el Latín, la Redacción y otras bobadas despreciadas por la modernidad. La Real Academia Española hace muy bien en aceptar las modas lingüísticas de la calle, pero no acierta inventándolas. Hay un trasfondo de cursilería en las nuevas normas ortográficas. Lo de pirsin es más cursi que un quinqué. Y por encima de todo, planea el silencio ante las voces autonómicas admitidas en el idioma común que ya las tenía resueltas.
Así que ni pirsin ni leches.

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