Barcelona

De París a Tombuctú

Le conocí en Valencia, no recuerdo si con motivo de una Mostra o de un Cinema Jove, y las dos o tres veces que le vi a partir de entonces se comportó con el encanto que iba asociado a su leyenda. Habíamos compartido tribuna aquí, en este periódico, desde su primer número, escribiendo crítica de cine.

De París a Tombuctú
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Me mostró el cariño de quien te conoce por haberte leído, y haber disfrutado haciéndolo. Era fácil corresponderle: su verbo ligero pero punzante no sólo recorría un par de décadas de crónica de la vida española –con especial atención a la Movida madrileña– sino que se peleaba amigablemente con el peso pesado de su apellido. Y digo «amigablemente» pensando que, en cierto modo, las crónicas de Jorge Berlanga no eran más que una prolongación del espíritu ácido-festivo del cine de su padre. Y la demostración de que sus maneras de ver el mundo eran afines fue su colaboración en los guiones de «Todos a la cárcel» y «París Tombuctú».

En 2001, Francisco Umbral publicó una hermosa semblanza de Berlanga en la que le sugería desencantado, algo crepuscular, y por ello más sagaz, más sobrio. Habían transcurrido dos años desde el estreno de «París Tombuctú», una de las películas testamentarias más nihilistas jamás filmadas, y parecía que el testamento, sí, lo habían firmado padre e hijo a cuatro manos, o al menos el hijo había entendido a la perfección las razones del padre, como si en ellas hubiera visto el Fantasma de las Navidades Futuras. Era una película dionisíaca, excesiva, que convertía a la vulgaridad en la expresión de una lucidez que no quería callar ante nadie. Quizá ese fue el gran punto de intersección entre las sensibilidades senior y junior de los Berlanga: en el caso de Jorge, siempre con elegancia, siempre también con la palabra colgando de los labios, incapaz de no escribir lo que pensaba.