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Barajas

Lento estorbo

La Razón
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Pretender que todos los estorbos se adapten a la misma velocidad es una quimera. Hay estorbos rápidos y fugaces, y estorbos lentos y parsimoniosos. En su lecho de muerte un conocido banquero agonizaba mientras su mujer y sus hijos rezaban un rosario detrás de otro. El banquero, con plena lucidez, sintió un atisbo de pereza cuando su familia inició el tercer rosario. «Dejadlo ya, que nos estáis estorbando a mí y a la muerte». El empresario era persona profundamente cristiana, pero en el umbral del Más Allá las voces plañideras y estridentes estorban, y a su mujer se le conocía en la sociedad de Madrid como «la Cacatúa», no por la belleza y exotismo de su plumaje, sino por su perforante y destemplada voz.
Estorbar es de mala educación. Hay gente que estorba en los lugares menos indicados para tan desagradable acción. En el aeropuerto de Barajas, Terminal 2, a las cuatro de la mañana hay asientos de sobra para aguardar la llamada de embarque a los aviones. Está demostrado. Siempre aparece un pasajero que con excesivo equipaje de mano se sienta al lado de otro, agobiándole, estorbándolo, cuando tiene a su disposición hileras completas de asientos sin ocupar. Es lo que se conoce como el «estorbador de aeropuertos», especie muy abundante en España.
Otegui, Arnaldo, formó parte del comando que intentó asesinar a Gabriel Cisneros. Gaby superó un balazo en el hígado que entorpeció su vida, y que al cabo de los años, resultó determinante para acelerar su muerte. Arnaldo Otegui, como dirigente máximo de Batasuna y demás engendros del terrorismo, jamás lamentó la muerte de los más de novecientos inocentes asesinados por la ETA. No le estorbó la sangre derramada en torno a los cuerpos de los niños, ni las nucas abiertas en los militares, guardias civiles, policías, y mujeres y hombres de la calle caídos por la barbarie terrorista. No le estorbó la angustia de los secuestrados, muchos de ellos torturados y finalmente asesinados. No le estorbó durante décadas el éxodo de centenares de miles de vascos que hicieron las maletas y se instalaron en otros lugares de España para disfrutar del derecho a la vida y la tranquilidad. Si no le estorbaron las bombas, las balas y las tragedias de los familiares de los muertos y de los heridos y mutilados, menos podían estorbarle los insultos, las amenazas y las coacciones. En ese aspecto, hay que reconocer que Otegui ha sido un individuo que ha vivido sin conocer la molestia del estorbo.
Hasta ahora.
En el juicio del «caso Bateragune» ha manifestado que le «sobra y estorba la violencia». No que le repugna. Tan sólo le sobra y estorba. Su abogado, Iñigo Iruin, ha ensalzado el mérito de Otegui atribuyéndole la falta de atentados en los dos últimos años. El reconocimiento de ese mérito conlleva la responsabilidad de haber permanecido callado y cómplice durante los años más sangrientos y estremecedores de la banda estalinista vasca. Tiene suerte, mucha suerte Otegui por haber encontrado al fin la sombra del estorbo después de tantos años de espera. De tantos años de complicidad. De tantos años de dolor.
De tantos asesinatos.
La vida es así. Uno crece con la perversidad libre, se forma en la maldad insaciable y se reúne y colabora con la cobardía más sanguinaria y menos estorbada, y después de casi mil muertos el estorbo llama a su puerta. Muy lento ese estorbo. Muy falso ese estorbo. Muy mentiroso y cínico ese estorbo. Pues que se estorbe. Pero en la cárcel.