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El actor revolucionó ayer la Croisette con su sola presencia por «Killing Them Softly», un thriller de Andrew Dominik ambientado en la campaña presidencial de EE UU en 2008

El glamour asesino de Brad Pitt

  • El glamour asesino de Brad Pitt

Tiempo de lectura 4 min.

23 de mayo de 2012. 02:30h

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23/5/2012

«América no es un país, es un negocio». Es la frase con la que un asesino a sueldo interpretado por Brad Pitt cierra categóricamente «Killing Them Softly», thriller cínico y desencantado del neozelandés Andrew Dominik que monopolizó la jornada de ayer en Cannes. Frase curiosa, por lo que tiene de implacable declaración de principios sobre un país que ha basado su concepto de bienestar en la cultura del materialismo salvaje, y por quién la dice, la estrella más glamourosa del planeta. Contradicciones del estrellato: Pitt, que apareció en Cannes con melenas de Jesucristo Superstar y aprovechó para pedir que las ruedas de prensa se celebraran a las cuatro de la tarde, parece haberse erigido en acerado crítico del capitalismo cuando su sola presencia en la Croisette está asociada con una catarata de publicistas y limusinas que vale una millonada.

La eclosión del cine negro clásico coincidió con el crack del 29. Hollywood encontró una manera, entre realista y estilizada, de hablar del clima de ansiedad y violencia en la sociedad americana de los años treinta. Las luces y sombras de películas como «Scarface» y «Hampa dorada» eran un reflejo deforme de las consecuencias del capitalismo salvaje. El «neonoir» olvidó por completo la dimensión social del género, dedicándose únicamente a reformular sus códigos. El principal atractivo de «Killing Them Softly» es haber recuperado la conciencia política del cine negro sin renunciar a la reflexión estética sobre su identidad.

La novela de George W. Higgins en que se basa fue publicada en 1971. La película está situada durante la campaña para las presidenciales de 2008, cuando Obama estaba a punto de llegar al poder. La radio y la televisión escupen furiosas consignas republicanas y demócratas. «Cuando empecé a adaptar la novela me di cuenta de que trataba de la crisis económica del mundo del juego en el momento en que es regulado», contó Dominik. «No podía ignorar los paralelismos con la actual situación de la economía mundial. En realidad, toda novela criminal lidia con el capitalismo, porque los personajes se mueven sólo por dinero». Es imposible sustraerse del contexto político del filme: aunque las conexiones entre el microcosmos de los bajos fondos y el macrocosmos del derrumbe económico son reveladoras, Dominik insiste demasiado en hacerlas visibles, como si no acabara de confiar en la capacidad del espectador para sacar conclusiones.
Matar limpiamente es un acto de respeto por la víctima. Así lo cree Jackie Cogan (Brad Pitt), asesino a sueldo que tiene que eliminar a dos atracadores de pacotilla que han paralizado el negocio del juego en una ciudad sin nombre. La película tiene una estructura bipolar, en la que el estudio de personajes, abordado en largas escenas de diálogo (magníficas las dos de Pitt y James Gandolfini), se combina con los estallidos de violencia, filmados con particular brillantez (especialmente memorable es la coreografía, en cámara lenta, de la muerte de un gángster por impacto de bala y accidente de coche) por un Dominik que la considera la máxima expresión del drama. «Me gusta la violencia en el cine», confesó. «En esta película mis personajes se enfrentan a la violencia de una forma más madura que en las anteriores: son conscientes de lo que significa, y por eso matan a sus víctimas desde la distancia, sin mirarles a los ojos».

Más de lo que promete
«Me resultaría más perturbador interpretar a un racista que a un asesino». Cuando Pitt soltó esta perla supuestamente progresista en medio de la rueda de prensa, nadie pidió explicaciones. Matar en el cine está bien visto, sobre todo si se hace en el contexto de un género que ha edificado sus códigos expresivos sobre millones de cadáveres. Sin Pitt, sin su subtexto ideológico y sin su ampuloso acabado formal, «Killing Them Softly» podría ser una película de Don Siegel. Pero las pretensiones de Dominik son otras: no había más que oírle en la rueda de prensa, mientras hablaba del papel de la violencia en los cuentos de hadas, citando a Bruno Bettelheim, o mezclando los conceptos freudianos del Id y el Superego para explicar las relaciones a dúo entre los personajes de su película, para darse cuenta de que «Killing Them Softly» quiere ser mucho más de lo que promete su superficie.

 

Contra la crisis, un  trago de whisky
A vueltas con el capitalismo, Ken Loach (en la imagen) vota, por supuesto, por la rebelión de la clase obrera. Indignado por las dificultades de los jóvenes para encontrar trabajo, el director de «The Angels' Share» se ha descolgado con una de sus acostumbradas fábulas populistas que inventa un final feliz para una generación castigada por la crisis. A nadie le amarga un dulce, y la Prensa le rió las gracias, aunque la película es tan falsa y maniquea como «Buscando a Eric». El protagonista es un veinteañero violento que, gracias a la paternidad, busca redimirse, y lo hace convirtiéndose, de la noche a la mañana, en experto sommelier de whiskys y ladrón de barricas a precio de pintura de Cézanne. La trama tiene más agujeros que un queso gruyere, pero lo peor es la condescendencia con que Loach trata a algunos de sus personajes, especialmente al de un compañero de fatigas de nuestro héroe, cuya supina ignorancia es la fuente principal del humor de saldo de «The Angels' Share».

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