Lourdes Artola: «Te hace sentir que no eres uno más de la lista»

«Santidad, en su mensaje para la JMJ nos ha dicho que sin Cristo muerto y resucitado no hay salvación...». No le tembló la voz, tampoco titubeó. Lourdes, la joven que dio la bienvenida al Papa en Cuatro Vientos en la intempestiva vigilia del sábado en nombre de todos los peregrinos, comenzó su mensaje «más tranquila que nunca.

 
 

Y eso que pocos segundos antes el corazón se me salía, pero me encomendé al Espíritu Santo y me ayudó». Para llegar hasta el escenario, la responsable de prensa nacional de la JMJ tuvo que pasar por un particular cásting. «Un día me dijeron que leyera el texto sin más y lo hice, pero me olvidé de aquello porque a mí nunca me escogen para estas cosas». Pero esta vez fue distinto, y sin quererlo, no sólo lanzó su mensaje ante los dos millones de personas –sin contar a los que llegó a través de la televisión–, sino que pudo estrechar su mano en dos ocasiones al Santo Padre.

«A las siete de la tarde, cuando estábamos repasando cómo se llevaría a cabo el acto, me dijeron que me saludaría. En ese instante, se te cruzan por la cabeza un montón de cosas para decirle, pero, al final te quedas en blanco. Y es él que toma la iniciativa y te pregunta», recuerda todavía emocionada Lourdes, que valora «cómo te hace sentir que no eres uno más de la lista de gente que se acerca a diario para saludarle. Se preocupa por ti, se detiene contigo de forma pausada y serena transmitiéndote que tú eres lo más importante para él en ese momento. Y yo le pedí por mi grupo, el Movimiento del Sagrado Corazón». Pero de su encuentro lleva consigo además dos gestos del Papa: «Te mira fijamente y es una pasada cómo te agarra las manos. Uno piensa que a una persona de 84 años le flaquearán las fuerzas. Sin embargo, con Benedicto XVI es todo lo contrario. Te agarra fuerte y te hace partícipe de su seguridad». Satisfecha por esta «cita privada» con él en medio de una marea humana, esta licenciada en Humanidades y Comunicación continuó participando de la vigilia hasta que, al finalizar, de nuevo una voz le invitó a acercarse a él. «Venid, venid, arropad al Papa», escuchó y Lourdes reaccionó poniéndose a su lado y estrechándole de nuevo su mano. «Le vi algo despistadillo y le sentí como si fuera mi abuelo. Sólo salió de mi boca una palabra: ‘‘Gracias''».