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Crítica de cine / «Toy story 3»: Obra maestra sin más

Director: Lee Unkrich.  Guión: Michael Arndt. Música: Randy Newman. Voces originales:Tom Hanks, Tim Allen, Joan Allen, Ned Beatty, Michael Keaton. EE UU, 2010. Duración: 103 minutos. Animación.

  • Crítica de cine / «Toy story 3»: Obra maestra sin más

Tiempo de lectura 2 min.

22 de julio de 2010. 22:57h

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22/7/2010

Lo sabíamos: la saga «Toy Story» trata sobre el paso del tiempo. Era inevitable que llegáramos a la universidad, y que Andy ya no jugara con su tropa de juguetes, y que los juguetes, rotos o no, acabaran en el desván o en el cubo de la basura. Woody, Buzz Lightyear y sus colegas son una metáfora de la esencia del digital: deben enfrentarse a la mutación de su entorno mientras quieren mantenerse incólumes, invulnerables a la erosión del tiempo. De ahí viene su conflicto: confían en que todo siga igual, confían en permanecer en un mundo que cambia a su pesar. Es una bella metáfora para una película que sigue la racha de genio que anima el espíritu de Pixar año tras año. Con esta tercera entrega de «Toy Story» lo tenían fácil y difícil a la vez: por un lado, contaban con una iconografía bien asentada en el imaginario infantil, por lo que la apuesta era menos arriesgada que la de «Wall-E» o «Up»; por otro, estaban obligados a igualar el talento sin igual de las dos anteriores entregas. Pueden estar tranquilos: otra obra maestra que sumar a su currículum (dos: el corto, «Noche y día», es magnífico).

Uno de los grandes hallazgos de «Toy Story 3» es utilizar el espacio de una guardería como encarnación del infierno juguetero. Es allí donde se desarrolla el singular viaje hacia las llamas de la muerte que inician estos juguetes que han ingresado en un universo siniestro, controlado por un oso amoroso que huele a fresas pero es incapaz de perdonar. Lee Unkrich oscurece la luminosidad inherente a la saga, pero no puede evitar cerrarla con un gesto melancólico. El momento en que Andy aprende a desprenderse de sus juguetes nos informa de hasta qué punto el cine de animación no sólo nos recuerda la inocencia que aún conservamos sino, sobre todo, la que hemos perdido.

 

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