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FESTIVAL DE VENECIA

Assayas otra forma de hacer la revolución

«Después de mayo» es una firme candidata al León de Oro

  • Carole Combes, protagonista de «Después de mayo», de Olivier Assayas
    Carole Combes, protagonista de «Después de mayo», de Olivier Assayas

Tiempo de lectura 4 min.

03 de septiembre de 2012. 21:56h

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4/9/2012

El día en que una organización ultracatólica interpuso una demanda por blasfemia contra el austríaco Ulrich Seidl y la Mostra de Venecia, Olivier Assayas demostraba que todo acto es político, incluso cuando nos limitamos a observar cómo el ejercicio de la política transforma la existencia de los demás. ¿Feliz casualidad? Lo cierto es que la grandeza de «Después de mayo» –junto a «The Master», la única firme candidata hasta ahora al León de Oro– está en demostrar que la política es menos que la vida; que lo importante de una ideología es dejarse atravesar por ella y convertirla en arte.

No es la primera vez que Assayas hace una película de corte autobiográfico. Hace casi veinte años «L'eau froide» contaba la historia de amor desesperado entre Gilles y Christine, personajes que, bajo los mismos nombres, reaparecen en «Después de mayo», ambiciosa recreación de la Francia revolucionaria de principios de los setenta vista a través de los ojos, lúcidos e impasibles, de un aspirante a pintor y cineasta que contempla cómo el fervor contestatario de la extrema izquierda juvenil se enfrenta a las ideas de compromiso, responsabilidad y realización personal de modos completamente dispares. Nos vienen a la memoria al menos dos cintas –«Soñadores» y «Los amantes regulares»– que podrían servir como precedentes al filme coral de Assayas. Sin embargo, ni la añoranza por tiempos más atrevidos de Bertolucci ni el bello desencanto resacoso de Garrel tienen mucho que ver con la feroz energía del director de «Carlos».

Jóvenes no idealizados
Cualquier asomo de nostalgia es desterrado por Assayas. Y aunque es una película sobre la adolescencia, «Después de mayo» no comete el error de sublimarla. «En el cine actual se tiende a representar la adolescencia desde la caricatura, poniendo el acento en la alegría, en su parte más festiva», explicó. «Pero yo no la recuerdo así. Fue una etapa muy seria, teñida de melancolía. Existía la obsesión por la política, llevábamos todo el peso de la revolución sobre nuestros hombros. Y los jóvenes se contagiaron de la tristeza, de la violencia de la izquierda de la época». Si el filme de Assayas fuera un espejo –y lo es, en la medida en que su urgencia y su atención por el detalle parecen proyectar la Francia de 1971 al presente–, reflejaría el rostro de una juventud que tenía fe en la transformación de la sociedad, pero que Assayas rechaza idealizar.

Crítico de cabecera de «Cahiers du Cinema» en los ochenta, Assayas termina su magnífico fresco histórico con un homenaje al cine. Durante todo el metraje, «Después de mayo» se pregunta por la validez del didactismo innato al cine militante. Lejos de la dictadura del mensaje, ¿no debería buscar una forma nueva de expresarse? ¿O eso sería sucumbir a las voluntades narcisistas del arte pequeñoburgués?  Dziga Vertov, y de forma más radical en sus experimentos en vídeo, Godard alentó ese debate, creando una singular pedagogía de la imagen cuya relevancia política y estética llega hasta nuestros días. Assayas no alude al maestro francés, pero inventa un alter ego que piensa en los mismos términos. «Nunca me he planteado el cine como vehículo para transmitir una información sino como un arte. Y como arte tiene un valor dialéctico, debe reflejar las contradicciones del mundo», explicó Assayas. «Es el espectador quien ha de interpretarlas. Y por eso mi trabajo no quiere dirigir su mirada». A lo largo de la película, el protagonista descubre su propia mirada, y, lo más hermoso, descubre que mirar y crear imágenes también es una forma de hacer la revolución. Al menos, es la forma en que Assayas lleva un cuarto de siglo haciendo la suya. 

Monótono Kitano
Después de un largo intermedio de películas suicidas en el que parecía dispuesto a asesinar su imagen de autor consagrado, Takeshi Kitano se dio cuenta de que estaba jugando con fuego y corría el riesgo de perder tanto el favor de la crítica como el aplauso de sus fans. Con «Outrage» regresó al cine de yakuzas que contribuyó a reinventar desde «Violent Cop», y con su secuela, «Outrage Beyond», que concursaba ayer en la Mostra, repite arquetipos y esquemas narrativos rebajando las dosis de violencia de la primera parte. Aunque cuenta con algún asesinato de lo más creativo –el de las pelotas de béisbol es memorable–, el filme es una sucesión de monótonas conspiraciones que cristalizan en una batalla entre clanes. Para un espectador occidental, parece un galimatías escrito en sánscrito, un intrincado laberinto de nombres y estrategias animado por la lacónica e intermitente presencia del propio Kitano, que interpreta a un yakuza recién salido de la cárcel que pone orden, taladro en mano, en el embrollo. Para un espectador japonés, parece la película más simple y accesible de su autor. «Me gustaría hacer cine más artístico, pero tengo que entretener a cuanto más público, mejor», declaró Kitano. Amén, pues.

El «Crash» de la era Facebook
Qué mejor tema para una película de vidas cruzadas que las maldades de la sociedad de la hiperinformación. «Disconnect», primer largo de ficción de Henry Alex Rubin, tiene el dudoso honor de ser el «Crash» de la era Facebook. Su título dice todo lo que necesitamos saber: ahora que estamos más conectados que nunca, vivimos con el enchufe colgando. Tres casos ejemplares sobre los peligros de Internet ilustran este monumental lugar común. Suplantación de identidad, robo de datos, acoso escolar, explotación de menores... «Disconnect» toca todas las teclas de la forma más obvia y tosca posible. La moraleja es tan antigua como el hambre: no aceptes caramelos de desconocidos.

 

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