Conciertos

«Sonrisas y lágrimas»: Subidón de azúcar

Autor: R. Rodgers y O. Hammerstein II. Adaptación: M. Antelo. Dir.: J. Azpilicueta. Dir. musical: J. Awad. Escenografía: R. Sánchez Cuerda. Vestuario: G. Salaverri. Iluminación: C. Torrijos. Coreografías: F. Barrios. Reparto: S. Luchetti, C. Hipólito, N. Mazoy, T. Iglesias, L. Valverde, J. Lucas, Y. García, J. Galaz, M. Ibáñez, M. Osuna, R. Ventura García, C. Báez, J. M. Roselló Pérez... Teatro Coliseum. Madrid, 27-IX-2012.

María (Silvia Luchetti), con sus pupilos, en uno de los números
María (Silvia Luchetti), con sus pupilos, en uno de los númeroslarazon

Me comentaba un ilustre compañero en esto de la crítica que iría provisto de insulina a ver «Sonrisas y lágrimas». Le atendían razones: una historia con letras como «Tartas y ponies de muchos colores / timbres, trineos y ramos de flores / gansos volando y las lunas de abril / son cosas simples que me hacen feliz» sobrepasa con creces la barrera del sonrojo y fácilmente sitúa al musical de Rodgers y Hammerstein entre los títulos más empalagosos de la historia.
Estamos ante un musical «vieja escuela», estrenado en Broadway en 1959, cuando EE UU se esforzaba en olvidar una guerra devastadora, aunque el momento actual parece propicio para recuperar una historia de evasión y sonrisas como ésta, protagonizada por una feliz novicia que cuelga los hábitos tras conocer a un millonario y meterse en el bolsillo con dos guitarrazos y cuatro canciones a su prole, un septeto de diablillos a los que el barón, un viudo depresivo, sometía a disciplina castrense hasta que el amor vuelve a iluminar su vida. Nunca los Alpes austriacos fueron tan idílicos, por más que las lágrimas de esta historia –dosificadas con cuentagotas– resbalen entre esvásticas con la Anschluss entrando por las montañas brazo en alto.

Dicho todo lo anterior, invito a los «diabéticos teatrales» a sobreponerse a sus prejuicios y probar este merengue sabroso, un esmerado musical y un trabajo sobresaliente de Jaime Azpilicueta, director que domina el género como pocos y que saca oro de una producción sin gran maquinaria en la que las escenografías se resuelven con telones y la adaptación retoca lo mínimo: la sombra de la película de Robert Wise es alargada. ¿Y por qué no?

Con oficio y talento, el director de títulos como «My Fair Lady» domina los ritmos y los cuadros corales, soluciona con recursos lumínicos problemas escenográficos –como recrear la abadía– y dirige a un reparto de precisión suiza que desmiente aquella máxima de Hitchcok: aquí no hay perros ni está Charles Laughton, pero sí niños, y todos rebosan frescura y cohesión, haciendo de sus números en grupo momentos destacables. Sobre todo, en dos o tres temazos. Imposible no salir tarareando del teatro el «Do, Re, Mi» o el gutural «Pastor de cabras».

Hay papeles llenos de color, como el de la hermana mayor, Liesl, a la que Yolanda García encarna con soltura, la divertida ama de llaves de Trinidad Iglesias, la baronesa de Loreto Valverde y la madre superiora, un chorro de voz, de Noemí Mazoy. Es raro que Carlos Hipólito falle: denle cualquier papel y lo hará bien. Su capitán Von Trapp es rígido y marcial al comienzo, pero enamoradizo y tierno al final. Bien por él. Otra cosa es que su voz, correcta, quede sepultada al lado del caudal de calor y emoción que sale de Silvia Luchetti. La argentina parece nacida para ser María: se mimetiza con el estereotipo que esculpió con su imagen Julie Andrews; canta, baila y actúa bien, y, sobre todo, aporta candidez y emoción a un personaje que lleva el peso de la función.