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Es un misógino en «Barney¿s Versión», opera prima del creador de «CSI»

Demonio de Giamatti

En el penúltimo día de la Mostra veneciana, Richard J. Lewis, conocido por su trabajo como director, guionista y productor ejecutivo de «CSI», definió al protagonista de su ópera prima, «Barney's Version», como «un romántico frustrado».

  • Demonio de Giamatti
Venecia.

Tiempo de lectura 4 min.

10 de septiembre de 2010. 23:17h

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Venecia. 10/9/2010

Es una manera de verlo, pero tal y como nos lo presenta la película parece un egoísta en potencia. O en acto. Paul Giamatti lo interpreta con su habitual soltura, aunque a veces se apalanca en los tics de un antihéroe misógino que trata a su tercera mujer como a un florero, y que, después del divorcio, entra en una espiral de ira contra el mundo. El filme explora la turbulenta vida de Barney Panofsky a partir de sucesivos «flashbacks» que explican sus erráticas relaciones amorosas, su tierna complicidad con su padre (Dustin Hoffman en su salsa), su pelea definitiva con su mejor amigo (Scott Speedman). Lo hace del modo más convencional posible, dando marcha atrás cuando, en el tercio final, redime los pecados de su personaje.

Trío por omisión
Adaptación de la novela de Mordecai Richler, «Barney's Version» está contada desde el punto de vista de Panofsky, pero difícilmente nos hace empatizar con él, aunque utiliza todas las armas a su alcance –principalmente la de la compasión– para que, al final, lo consideremos poco menos que un santo. En particular sorprende que el amor de su vida, Miriam (Rosamund Pike), que parece una mujer serena y madura, aguante tanto tiempo a su lado. Lewis invierte dos horas y diez en explicar por qué Barney está tan enfadado en el presente, aunque se guarda un as en la manga para tocar la fibra del espectador y poner un ojo en los Oscar. Es entonces cuando «Barney's Version» revela su verdadera naturaleza y saca el telefilme que lleva dentro.

Nada que ver con «Tres», la vuelta de Tom Tywker a Alemania tras la experiencia de «El perfume» y «The International». Se trata de una comedia ligera sobre el abismo que separa lo que pensamos de lo que hacemos, analiza lo que ocurre cuando una pareja de burgueses se enamoran, sin saberlo, del mismo hombre. «Tres» contempla la posibilidad de que un trío funcione por omisión, y lo hace con un estilo dinámico, ágil, que hace pasar por livianas cosas que no lo son: aquí se habla de la rutina de la vida en común, de la música del azar, de la enfermedad y la muerte.

La película es más bien dispersa, como si Tywker se hubiera dejado llevar por sus ganas de jugar a todo un poco, pero responde a una necesidad de retratar la confusión del hombre contemporáneo, incapaz de romper unas convenciones que le ayudan a conservar la cordura.

Se agradece que Tywker no haga proselitismo del trío, ni que convierta en trauma  la conversión de un heterosexual en gay: lo que defiende el filme es que hay que aprender de la sexualidad y liberarnos del determinismo de las etiquetas biológicas. No es extraño, pues, que el motor narrativo del cine de Tywker, que tan buenos resultados le dio en «La princesa y el guerrero» y «Corre, Lola, corre», sea la coincidencia, porque en «Tres» también ocupa un lugar central: es en la reacción en cadena que provocan las decisiones más irrelevantes donde Tywker encuentra la médula de su discurso. Puede que no sea demasiado profundo, que prefiera la velocidad de las ideas a su trascendencia, pero su película procuró más diversión a la Mostra que todas las italianas juntas.


De la Iglesia parte con ventaja

Difícil especular pronósticos con un jurado tan heterogéneo y con un concurso tan variado. Tarantino (en la imagen) tiene varios puntos débiles en el concurso –Tsui Hark, Takashi Miike y Monte Hellman– y mostró  su entusiasmo, atención, por «Balada triste de trompeta». No sería extraño que Álex de la Iglesia se fuera a casa con premio, aunque su película no parece demasiado susceptible de despertar consenso. Si fuera por el que esto firma, la batalla se libraría entre tres películas magníficas: la chilena «Post Mortem», la norteamericana «Meek's Cutoff» y la china «The Ditch». Natalie Portman se llevó la Copa Volpi el día de la inauguración, porque no ha habido nadie –quizá Deneuve en «Potiche»– que haya superado su interpretación en «Black Swan». Sería estupendo que Vincent Gallo fuera el mejor actor por su talibán de «Essential Killing».

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