Estreno

CRÍTICA / «El gran Vázquez»: Y el gran Segura

Dirección y guión: Óscar Áibar. Fotografía: Mario Montero. Intérpretes: Santiago Segura, Álex Angulo, Mercè Llorens, Enrique Villén, Manolo Solo. España, 10. Duración: 100 min. Comedia.

«El gran Vázquez»: Y el gran Segura
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Ningún arte es pequeño. Las hermanas Gilda pueden dialogar con la Gioconda, Manuel Vázquez con Monet, Manet y sus declinaciones impresionistas. El tebeo es un arte, nos viene a decir Óscar Áibar, que hay que respetar. Como hay que respetar las formas populares de la comedia, que tan buenos resultados dieron en el cine italiano y español de los cincuenta y sesenta, y que «El gran Vázquez» homenajea a cada cambio de plano.

Áibar, que también ha sido guionista de cómics, cuenta con la complicidad de Santiago Segura para convertir la biografía del dibujante de Anacleto y la familia Cebolleta, pícaro en las galeras de la editorial Bruguera, en la colección de viñetas de una España franquista de colores saturados y libertades bidimensionales. Se trata, pues, de utilizar a un personaje icónico –el canalla español– que, siendo un genio en su disciplina, sufre el látigo de la represión sobre sus lomos antisistema: casi un mártir moderno. Si lo dejamos en la carne y los huesos, Manuel Vázquez es un verdadero monstruo: de un egoísmo capaz de pisar cabezas sin calibrar las víctimas que deja a su paso, su ombligo dicta sus actos. Áibar se ocupa de empatizar con él y de transmitir esa empatía al espectador, seducido por el carisma de un Segura que lo encarna con la mezcla perfecta de cinismo y cariño. Al director de «Atolladero» le importa más lo que Manuel Vázquez tiene de antihéroe cotidiano y un poco fuera del mundo, como le ocurría con los ufólogos amateurs de «Platillos volantes», la anterior incursión de Áibar en los pantanos del franquismo.

«El gran Vázquez» prefiere a la persona que al artista, al que hace un flaco favor con unos segmentos animados que no captan lo iconoclasta de su espíritu. Y Áibar es más artesano que artista: no hay mucho donde rascar en su puesta en escena, un punto rígida para una película que habría necesitado la locura que Vázquez aplicó a su propia vida.