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Lisboa tan cerca y desconocida

La capital portuguesa es una ciudad poco presuntuosa cuya belleza se va desvelando en cada adoquín… Está en su aroma, en su luz, en el omnipresente Tajo, en el vigilante castillo que nos guarda a todas horas. Historia, tradición y modernidad. Hay muchas razones para visitarla.
 

  • Lisboa tan cerca 	 y desconocida
  • Lisboa tan cerca 	 y desconocida

Tiempo de lectura 8 min.

03 de marzo de 2012. 11:18h

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4/3/2012

Lisboa tiene un sabor nostálgico, una impronta del pasado donde el tiempo se detiene. Se encuentra dividida en cinco barrios: La Alfama, La Baixa, El Chiado, El Barrio Alto y Belém; y dos zonas más modernas: la Plaza del Marqués de Pombal y sus alrededores, y la zona del Parque de las Naciones. Los barrios tradicionales, salvo el de Belem, empiezan donde acaba el otro; son tan pequeños que a veces ya hemos cruzado al siguiente sin darnos cuenta, pero aunque parezca un puzzle de barrios o una telaraña de calles, es una ciudad cómoda y fácil de entender una vez nos atrevamos a recorrerla a pie. Porque Lisboa es una capital para caminar, para dejarse llevar observando cada uno de sus edificios y el entramado de cables que parecen pelearse sobre nuestras cabezas: la savia del tranvía, ese símbolo de la capital lusa.
Los tranvías más turísticos paran en la Plaza del Comercio, construida donde un día se erigió el palacio real, destruido como casi todo, por el gran terremoto que azotó la ciudad en 1755. Esta inmensa explanada mira de frente al Tajo, allí donde su inmensidad lo puede confundir con el mar, quizás por eso se respira sosiego a pesar del incesante ir y venir de la gente. La preside un arco que da paso a la ciudad por la Rúa Augusta, la más comercial e importante de la Baixa, la zona más céntrica, donde se encuentran la mayor parte de los comercios y el elevador de Santa Justa, una gran torre de 45 metros de hierro que nos asalta entre las callejuelas y que une La Baixa con el Barrio Alto y el Chiado. Desde él tenemos unas impresionantes vistas panorámicas. Si retomamos la peatonal Rúa Augusta desembocamos en la Plaza de Don Pedro VI, donde se encuentra el Teatro Nacional; y junto a ella, una de las plazas con más encanto de la ciudad, la de Figueira: de noche el castillo ilumina el horizonte, guarda la ciudad y los tranvías hacen su parada frente a una de las más típicas pastelerías del centro, mientras los jóvenes hacen virguerías con el «skate» alrededor de la estatua ecuestre de Juan I.

El puente más largo
Detrás del teatro se encuentra la plaza de los Restauradores. En sus calles aledañas encontramos todo tipo de restaurantes, y más adelante, la Avenida de la Libertad  que hasta la plaza del Marqués de Pombal, la zona más exclusiva, la de las tiendas de lujo y las sedes de los principales bancos; es la Lisboa moderna, ajetreada, ejecutiva, laboral. Otro de los núcleos financieros modernos es el Parque de las Naciones, un poco más alejado, aunque bien comunicado. Es la zona que surgió de la Expo del 98. Allí se encuentra el famoso Puente de Vasco de Gama. Vale la pena verlo al atardecer, cuando se ilumina y apenas se intuyen los 17 kilómetros de hormigón que le hacen ser el más largo de Europa. Todo se vuelve contraste, resplandor, reflejos en el río.
Siempre se habla de la Lisboa de día, pero la nocturna es igual de atractiva: los monumentos y las calles iluminadas con una luz cálida, el canto triste y profundo, como cicatrices en el alma de los fados; las discotecas del Parque de las Naciones o los pubs del Barrio Alto. Es una urbe tranquila, pero con mucho ambiente.
El contraste a la modernidad lo pone el barrio de Alfama, el más antiguo, donde se encuentra la catedral, del siglo XII, y el castillo de San Jorge, vestigio de la invasion árabe de la Península, en la cima de la más alta colina, vigilando la ciudad. Los edificios señoriales y coloridos, con azulejos típicos en las fachadas, se encuentran en el barrio más elegante, el del Chiado. Aquí nació el famoso escritor lisboeta Fernando Pessoa, cuya estatua nos espera en el Café Brasileira, al lado de la Plaza de Camoes. En esta zona se solían reunir los intelectuales a finales del XIX y principios del XX.
Desde aquí podemos ir al Barrio Alto con el elevador de la Bica, nada que ver con el de Santa Justa, es más bien una especie de tranvía que nos sube casi en vertical hasta la zona más alta, aunque una vez arriba no se acaban las cuestas, pero eso no debe desanimarnos a callejear y descubrir los caminos menos turísticos: estrechísimas calles solitarias, donde el sol da de frente en la mañana y las flores y las sábanas cuelgan de los balcones. Merece la pena abandonarse por ahí cámara en mano y luego preguntar por el Mirador de San Pedro de Alcántara, donde hay una de las mejores vistas de la ciudad.
 

Aún nos queda el barrio de Belem, un poco más alejado del centro. Es famoso por sus pasteles de nata, que aunque se venden por todas partes, los mejores se elaboran desde 1837 en Pasteis de Belem, a pocos metros del Monasterio de los Jerónimos, de donde procede la receta original. El monasterio es una auténtica joya arquitectónica, y junto a la Torre de Belem, conforman los dos grandes monumentos del barrio, aunque también es emblemático el Monumento a los Descubrimientos, en forma de carabela, como la que utilizó Vasco de Gama en su ruta hacia Las Indias. Si subimos a él podemos hacer una espléndida fotografía. A lo lejos, en la orilla de enfrente, a la que se llega cruzando el río por el Puente 25 de Abril, existe una réplica del Cristo de Brasil.
La ciudad es visita obligada, pero también su región, pues lo tiene todo. En apenas una hora estaremos tumbados al sol en una playa, rodeados de fantásticos «resorts», balnearios, campos de golf, y todo tipo de actividades náuticas, como para pasar unas vacaciones placenteras en pareja o en familia. Cada uno puede hacer su propia Lisboa. Para muchos es una gran desconocida y, sin embargo, sería uno de los destinos imprescindibles antes de mirar viajes más allá.

Sintra, villa de reyes
Una excursión muy recomendable, que se puede hacer en un día (se encuentra a 30 kilómetros de Lisboa), es la pequeña Villa de Sintra, en la que los reyes establecieron su residencia de verano y a su alrededor, los nobles; por eso hay un amplio abanico de palacios que visitar. En el centro nos recibe el Palacio Nacional, del siglo XVI, con una gran variedad de estilos arquitectónicos (medieval, gótico, renacentista y romántico) en sus patios, escaleras, corredores y galerías. Quizás históricamente es el más importante, pero no hay que dejar de ver el de Pena, o el de Regaleira, que está clasificado como Patrimonio Mundial por la Unesco: en sus cuatro hectáreas esconde lagos, grutas y jardines relacionados con la alquimia, la masonería y los templarios, llenando el ambiente de un halo de misterio y magia.
Pero para magia el de Pena, una de las siete maravillas de Portugal. Es como adentrarse en un cuento que comienza en un bosque encantado en el que troncos y ramas se cubren de musgo y parece que nos hablan, que en un descuido se moverán de un lado a otro y nos atraparán en el ascenso. Nos encontramos en plena sierra de Sintra y cada una de las plantas que nos miran fueron traídas de distintas partes del mundo en el siglo XIX, por el empeño de un príncipe romántico, amante del humanismo, sensible a la belleza y absolutamente intelectual: Fernando II. Pero su cúlmen fue el palacio que levantó sobre la peña más alta y escarpada de la sierra. Una fantasía de colores con foso, torres vigías, gárgolas y monstruos, como si de un castillo medieval se tratase. Es la historia de caballeros y princesas donde sólo falta el dragón, aunque inmersos en la visita no es difícil imaginarlo sobrevolando el palacio intentando capturar a una bella dama. Alegorías aparte, es todo un tributo al Romanticismo. Hay mucho más que ver, pero el tiempo es limitado y el papel, también.
 

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