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Más acción menos palabras por Bruno Sánchez-Andrade Nuño

Tiempo de lectura 8 min.

29 de enero de 2012. 22:23h

Comentada
30/1/2012

La actual solución al cambio climático, un acuerdo global para reducir nuestra emisión de gases contaminantes, no está funcionando. La última reunión de la Convención de Cambio Climático de las  Naciones Unidas, en Durban (Suráfrica) termina de nuevo sin llegar a él. Esta semana, en Davos (Suiza), representantes del sector privado se reúnen para tratar, entre otros temas, el cambio climático. El resultado de sus acuerdos puede tener mucho más impacto que lo discutido en Durban.

La tradicional propuesta contra el  cambio climático, llamada mitigación, es contaminar menos. El famoso Protocolo de Kioto intenta incentivar esta mitigación a la vez que hacer justicia entre emisores y sufridores. La idea básica es acordar la reducción paulatina de las emisiones permitidas. Si se exceden en el «presupuesto de emisiones», tienen que pagar por los «derechos de emisiones» a otro país que no llegue a su cupo. Cuantos más países quieran comprar, más caras serán esas ventas. En esencia, se crea un mercado de derechos de emisiones en el que todos tienen el incentivo de reducirlas y en el que los que más contaminan pagan a los más vulnerables.

Kioto es un fracaso. Desde que este plan de mitigación y el mercado de emisiones se puso en práctica, no sólo emitimos un 45 por ciento más que en 1990, sino que, además, las emisiones crecen cada vez más rápido. Los países más vulnerables y menos desarrollados exigen más compromiso y ayuda. Su razonamiento parte de la oportunidad perdida de crecer a costa de contaminar, como otros países han hecho antes. Por otro lado, los desarrollados no quieren comprometerse a pagar; una decisión que, especialmente en esta situación de crisis, costaría muy cara política y económicamente. Las consecuencias para la próxima generación se ven supeditadas a la siguiente elección por aquellos que toman las decisiones y temen afrontar las medidas necesarias.

El pasado diciembre asistí a la última conferencia sobre cambio climático de las Naciones Unidas en Durban. Representantes de todos los países se sientan para coordinar y decidir, por consenso, qué hacer. En realidad es una negociación entre exigencias, compromisos e intereses de los países presentes. La presidenta de este organismo exclusivamente dedicado al cambio climático, Christiana Figueres, declaraba en su discurso inaugural: «Los países están avanzando, pero no van tan rápido como la Ciencia ».

La dura realidad es que, después de diecisiete conferencias sobre el tema, seguimos con más intenciones que acciones. El necesario consenso para actuar de forma contundente sigue perdido entre agendas. Se han convertido en encuentros de negociadores donde no se coordinan soluciones. La adaptación es la vía paralela, y complementaria, para afrontar el cambio climático. La mitigación es necesaria, pero no podemos esperar. De hecho, adaptación no se refiere solo a cambio climático. Es afrontar que cada vez somos más seres humanos, que los países se desarrollan y quieren mejores estándares de vida, que las economías crecen, que se consumen más productos y servicios. Todos estos factores presionan nuestra capacidad para ofrecer sistemas de salud y bienestar. Adaptación es reconocer los factores que afectan a la realidad y cómo van a ir cambiando. Es adaptar nuestras actividades para afrontar estos retos adecuadamente.

Esta urgencia de acción es la que creó el Instituto de Adaptación Global. Es una ONG dedicada en exclusiva a la adaptación, reconociendo la importancia de incluir al sector privado a la hora de afrontar este reto. Entre sus integrantes se incluye el ex presidente del gobierno José María Aznar como presidente del Consejo Asesor. El director del Instituto es el ex director Gerente del Banco Mundial y  ex ministro de Finanzas de El Salvador, Juan José Daboub. Su jefe científico es Ian Noble, ex especialista jefe de cambio climático del Banco Mundial y miembro del Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas para el Cambio Climático. El Instituto tiene además un Consejo Internacional de Científicos. Uno de los recientes esfuerzos del Instituto ha sido diseñar y publicar el Índice de Adaptación Global en colaboración con científicos, representantes de gobiernos y del sector privado. Ambos, metodología y resultados, son de libre acceso. Es más, los comentarios y la respuesta al uso real de esta herramienta son los que guían su evolución con vistas a la nueva revisión del Índice a finales de 2012.

En Durban coexistían dos mensajes respecto al cambio climático; por un lado la urgencia de la mitigación, las apocalípticas y reales consecuencias si no cambian las cosas drásticamente. El otro mensaje es el de adaptación. Es una visión positiva respecto a la misma realidad de los importantes retos que afrontamos, es además un plan de acción que hace partícipes a todos, desde los gobiernos y las grandes corporaciones a los consumidores y pequeños emprendedores. No es sorprendente por tanto que el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon,  haya enfatizado la urgencia de «dedicarse seriamente a la adaptación, y sin demora. No hay tiempo que perder». Esta fue la postura del Instituto en los paneles donde fuimos invitados a unirnos.

Uno de los puntos más importantes es el coste de la adaptación. Según las últimas estimaciones del Banco Mundial y otras fuentes, se requieren miles millones de dólares al año. Los fondos públicos de gobiernos y organizaciones internacionales proporcionan del orden del 1% de esta cantidad. El resto, la inmensa mayoría, ha de venir del sector privado.

La reunión del Foro Económico Mundial en Davos esta semana reúne a más de mil líderes que representan buena parte de la economía actual y son parte consciente de su evolución. No es sorprendente pues que uno de los temas a los que dan mayor importancia esté el cambio climático, y en buena parte la adaptación global a este fenómeno. De hecho, el Índice creado en el Instituto de Adaptación Global a este respecto será uno de los materiales a su disposición para entender las necesidades globales. Las decisiones aquí tomadas son planes de acción con objetivos concretos y tangibles.

Soluciones prácticas
Lo que la adaptación propone no es decidir quién paga la factura, pretende abrir una vía para implementar soluciones prácticas avaladas por datos transparentes, relevantes para todos (científicos, gobiernos y sector privado). Es una responsabilidad social corporativa, pero también es expansión de nuevos mercados de productos y servicios vitales donde se necesiten. Es ayudar a los gobiernos a descubrir cómo incentivar estos cambios; por ejemplo, denunciando y reduciendo la corrupción o facilitando la transparencia y disponibilidad de datos.

Afrontar adecuadamente los retos de cambio climático no es una opción. Por primera vez estamos uniendo esfuerzos midiendo lo que importa de manera transparente.
No podemos esperar a un escurridizo acuerdo global. El sector privado, desde las multinacionales al emprendedor individual, desempeña un papel fundamental en este proceso. Es imperativo que las acciones muestren el progreso de las intenciones. Reuniones como la de Davos de esta semana ponen de manifiesto esta tendencia de acción, elevando la necesidad de adaptación a donde corresponde. Más acción, menos palabras.

 

Bruno Sánchez-Andrade Nuño
Director de Ciencia & Tecnología
Instituto por la Adaptación Global

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