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Selena Gómez un despelotado fin de la inocencia

La desmelenada «Springbreakers», de Harmony Korine, revoluciona la Sección Oficial, mientras Bellocchio aborda la eutanasia desde diferentes puntos de vista

  • Selena Gómez,  un despelotado fin de la inocencia
    Selena Gómez, un despelotado fin de la inocencia

Tiempo de lectura 5 min.

05 de septiembre de 2012. 22:50h

Comentada
6/9/2012

Pechos. Shorts. Camisetas mojadas. Cocaína. Alcohol por un tubo (y un embudo). Pistolas y sexo oral. Pasamontañas rosas. Dientes de oro. Numeritos lésbicos. Ruido y furia del color de un bikini que brilla como una luciérnaga. Elementos suficientes para espantar a todos aquellos padres que han tenido la mala ocurrencia de enviar a sus hijos a cursar primero de bachillerato al Estado de Florida. En «Springbreakers», Harmony Korine hace un retrato bastante aproximado de esas vacaciones de primavera inventadas como rito de iniciación para que los estudiantes revienten su producción hormonal, y, de paso, aprovecha para que las jovencitas Selena Gómez (Disney Channel) y Vanessa Hudgens («High School Musical») redefinan sus carreras haciéndose el harakiri ante sus virginales fans. Puede parecer que tamaño delirio difícilmente podía ubicarse en la acostumbrada seriedad de la Sección Oficial de la Mostra veneciana, pero la Prensa agradeció con aplausos la frescura y el descaro de su propuesta estética.

El vandalismo como arte

«Es una película muy sensorial, con una narrativa muy líquida, siempre en movimiento. Es un ataque de imágenes y sonidos, un poema pop». Así definía el guionista de «Kids», el único cineasta que conozco que ha convertido el vandalismo en una de las bellas (¿o feas?) artes (en «Trash Humpers»), su singular intento de estrenar en multisalas. «Springbreakers» es un cuento de hadas que testa sus límites, que reinventa sus estereotipos. Están las tres Caperucitas, más listas que el hambre; su amiga Cenicienta, más monjil; y el Lobo (irresistible James Franco), un traficante menos peligroso que nunca. La amoralidad de las Caperucitas, que atracan un restaurante para financiarse su «springbreak», tiene como objetivo una buena causa: construir una identidad, salir crecidas de su viaje al lado oscuro. El tono de la película, entre naïf y cínico, no aclara hasta qué punto Harmony Korine juzga o aprueba la ética de ese viaje.

Lo que está bastante claro es la fascinación que le produce la estética de esa lisérgica ceremonia tribal, los colores ácidos de una subcultura juvenil que experimenta el placer del presente. Las digresiones musicales –con dos temas de Britney Spears como reclamo «trash»–, la adopción del estilo de la MTV más descerebrada y la celebración del «flash-forward» como impaciente figura retórica se alían para montar una auténtica «rave» digital, que tanto sirve para elevar los niveles de serotonina del extasiado público como para maquillar la delgadez dramática de un argumento casi inexistente. Para unos, Marco Bellocchio habrá perdido su acuchillada mordiente. Para otros, habrá ofrecido un abanico de preguntas sin respuesta. «Para mí, sería absolutamente antinatural utilizar esta película como bandera de una tesis u opinión, pese a que, por descontado, yo tengo las mías», afirmó ayer en la Mostra. «La bella durmiente» trata sobre la eutanasia, probablemente el único tema polémico que a Bellocchio le quedaba por quemar. La lista es larga: el parricidio en «Las manos en los bolsillos», el terrorismo en «Buenos días, noche», la brutalidad del Ejército en «Marcha triunfal», la corrupción de la clase política en «Noticia de una violación en primera página», las siniestras estrategias de la Iglesia en «La sonrisa de mi madre», los manicomios en «Locos de desatar»... Siempre fue un perro rabioso que muerde antes de preguntar, y por eso puede sorprender que «La bella durmiente» sea tan pudorosa o, por decirlo de un modo más gráfico, sufra tanto para mojarse.

La virtud de la película es que no plantea una sola tesis, sino muchas, y es el espectador quien debe escoger la que conecte más con su sistema de valores. «La bella durmiente» es un sistema de valores en sí mismo, un castillo de ejemplos ejemplares. Todos gravitan alrededor del caso real de Eluana Englaro, una joven que llevaba 17 años en estado vegetativo cuando su familia decidió desconectarla de los aparatos que la mantenían viva.

¿Qué hacer con la libertad?

El filme de Bellocchio transcurre durante sus últimos seis días de vida, mientras en el Parlamento italiano se prepara la votación urgente de una ley que limite el derecho a una muerte digna. Englaro es el hilo conductor de cuatro historias protagonizadas por sonámbulos en contacto con la muerte. En cierto modo, Bellocchio demuestra que los vivos están tan muertos como los enfermos en coma por los que lloran o han llorado. De la fe fanática al laicismo militante, del socialismo progresista al berlusconismo ridículo, el cineasta italiano disecciona con clínico escalpelo el poder y la debilidad de cada opción, de cada psicología, sin caer en vanos sentimentalismos.

«La fuerza de la película es que ningún personaje es dogmático, ninguno de ellos es reducible a su convicción. Todos son vacilantes y ahí reside su honestidad intelectual», explicó Isabelle Huppert, una de las protagonistas del filme. «"La bella durmiente" se hace una pregunta esencial. Todos queremos ser libres para elegir, pero ¿qué hacemos con esa libertad cuando la tenemos? ¿Alguien sabe la respuesta a esa cuestión?».

Venerable y perezoso Oliveira
Es admirable que, a los 104 años, Manoel de Oliveira (a la izda.) siga en activo. Vio nacer el cine, trabajó en el mudo y ha hecho la transición al digital. Un portento. Eso sí, no siempre está a la altura de su genio: en «Gebo y la sombra», fuera de concurso en la Mostra, da la impresión de que la rigidez de su método –plano fijo, encuadre idéntico para un determinado emplazamiento de cámara– tiene más de pereza que de decisión de puesta en escena. Su adaptación de la obra homónima de Raul Brandao es puro teatro filmado. Si no fuera por la excepcionalidad de los actores (Michel Lonsdale, Claudia Cardinale, Leonor Silveira) y la pertinencia del texto, que lidia con la honestidad de la pobreza y el valor moral de la mentira para preservar la precaria unidad de la familia, dudaríamos de si «Gebo y la sombra» no la ha filmado Garci.   
 

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