Un histórico mutis por el foro

Desde que la vida puso en el camino de Manuel Alexandre a Fernando Fernán-Gómez se convirtieron en hermanos, no de sangre, pero casi, lo que, a veces, une más. El uno era el contrapunto del otro y se complementaban bien. Quizá por eso ayer Emma Cohen le dedicó una carta a don Manuel de esas que se escriben sólo una vez

El féretro del intérprete estaba en el centro del escenario del coliseo

No la leyó, sin embargo, y le cedió el testigo a Mario Gas, director del Teatro Español. Ella, que le describía como un hombre «con huesos de nácar y alma de cristal» sabe de muchos días y de bastantes más noches, de conversaciones interminables. «Feliz naciste y feliz te hiciste tú solo», le decía en la misiva que sirvió para cerrar, a las cinco de la tarde, la capilla ardiente instalada sobre el escenario del coliseo, por la que pasaron a despedirse un rosario interminable de compañeros de la pantalla, la televisión y el teatro, amigos, gente anónima y autoridades con los nombres de Álex de la Iglesia, Concha Velasco, Asunción Balaguer, Marisa Paredes, Juan Diego, Santiago Ramos, Manuel Zarzo, Iñaki Miramón, Alberto Closas jr., José Luis García Sánchez, la ministra de Cultura Ángeles González-Sinde, la presidenta de la Comunidad de Madrid y el alcalde de la capital. Entre todos ellos destacaba, completamente abatido, Álvaro de Luna: «Era un maestro, un amigo, yo qué sé...», apenas acertó a decir entre lágrimas.

Lejos, pero no tanto, en el Café Gijón, se dejaba sentir su ausencia. Desde allí, su primera casa, como decíamos el martes, enviaron una corona de flores. No fue la única que acompañó al féretro. También se podían ver una enviada por el realizador Antonio Mercero, la que firmaban Sacristán y una de la Academia de Cine. A su presidente se le notaba emocionado: «Si no hubiera visto sus películas mi carrera no habría sido lo mismo. Es como si se muere un familiar. Alexandre ha sido un maestro absoluto para saber vivir; él supo ser un genio», aseguró.

El billete para el último viaje
Daban las cinco, hora torera, y seguro que Manuel Alexandre, desde lo más alto, estaría mirando el reloj. El féretro abandonaba entonces el escenario del Teatro Español rumbo al cementerio de La Almudena y lo hacía acompañado de una salva de aplausos de todos aquellos que habían decidido arroparle para que no sintiera el relente en el viaje. Hacía fresco en Madrid y no se echaba de más una chaqueta con que cubrirse. Daba la sensación de que íbamos a ver a don Manuel en cualquier momento aparecer por una esquina y preguntar con ese aire despistado de pícara mirada: «¿De quién es el entierro?», sin abandonar su peculiarísima entonación.