El arte global nació en el Altiplano

Una exposición muestra por primera vez la identidad común y el crisol de influencias de la pintura realizada en América durante la colonización española

«Trinidad en la tierra» (S. XVI)
«Trinidad en la tierra» (S. XVI)

Los libros de arte enseñan por capítulos. Pero la historia de los movimientos pictóricos se parece más a un desfiladero en el que las palabras rebotan en el vacío, se deforman, entran y salen de los recovecos y vuelven. Los ecos regresan, o puede que sea la voz que está al otro lado y contesta. La muestra «Pintura de los reinos. Identidades compartidas en el mundo hispánico» propone una nueva visión sobre la pintura española del siglo XVI al XVIII, el «primer período del arte global», según el comisario de la muestra, Jonathan Brown, que tiene el ambicioso afán de revisar algunos modelos de los libros de arte.

Los manuales estrechan la creación con epígrafes. Hacen capítulos marcados por las fronteras que delimitan territorios, países, como si el arte abierto a influencias mundiales fuera sólo cosa del siglo XX. Pero el territorio español de esos siglos abarcaba los Países Bajos, Italia, la Península, Filipinas, América. Y la pintura española es un conglomerado de influencias, desde Rubens y los flamencos a Caravaggio y los tenebristas. Valencia absorbió el estilo italiano, Castilla, el holandés. En Sevilla, la rivalidad entre escuelas era tan cerrada como entre Góngora y Quevedo. Felipe II confiará a la escuela genovesa la decoración del Escorial. Con este alfabeto europeo empezó a surgir un lenguaje de acento español, el de Ribera y Zurbarán, Valdés Leal o Juan de Juanes.

La colonización de América hacía preciso desmantelar las culturas nativas y reemplazarlas por la religión católica. Enormes cantidades de obras, desde la pintura aficionada a la de calidad, partieron en los barcos hacia las Indias llevando ejemplos morales y estéticos. «Para mirar al pasado hay que recorrer un camino que empieza en Amberes y termina en Potosí», dijo Brown. Es el comienzo, en sentido literal, de la globalización.


Mirar sin prejuicios
La avalancha de vírgenes, crucifixiones, adoraciones, arcángeles y retratos militares germinarán en América, y recogerán las influencias de Oriente (con Manila como nexo español en el Pacífico) para dar lugar al primer testimonio del arte globalizado. «Se estableció una red de conexiones de artistas, frailes y nobles que viajaban constantemente. Se transplanta toda una sensibilidad», dijo el comisario sobre la primera muestra que «toma al arte ‘‘novohispánico'' sin prejuicios, sin considerarlo menor, sin estudiarlo bajo los parámetros europeos». «Tenemos que cambiar muchos conceptos sobre el centro y la periferia que se han escrito en la Historia del arte», señaló el hispanista estadounidense.

Para el director del Museo del Prado, Miguel Zugaza «llegamos con mucho retraso a los estudios que ya han empezado en Latinoamérica para construir nuevas narraciones y una visión actualizada de la identidad. Tenemos que reconocer que este arte no ha merecido atención, pero lo hacemos ahora con una cantidad de obras sin precedentes».


Nuevos códigos
Las piezas, más de un centenar –68 expuestas en el Palacio Real y 36 en el Museo del Prado–, son el espejo de un lenguaje propio, mestizo. Por eso, Moctezuma puede aparecer retratado como si se tratase del mismo Felipe II, y los arcángeles pueden salir representados como los conquistadores españoles: arcabuceros alados. Y las vírgenes, que toman como punto de partida a las españolas pero despliegan sus propios códigos, en el mismo proceso que se había dado en la Península con las distintas escuelas europeas. Son las derivaciones del Altiplano, la trastocación de códigos que es seña de la vanguardia.

Las obras transmiten también un discurso político, como la «Unión de la descendencia imperial incaica con la casa de los Loyola y Borgia», que presenta el matrimonio con la princesa incaica Beatriz como una boda pacífica y no el resultado de una dominación, o a la Virgen protegiendo a las tropas de Pizarro en el sitio de Cuzco y el bautismo de los caciques locales mexicanos para la causa universal de la salvación. También son algo más que obras de arte: el tiempo las ha convertido en objetos de culto religioso que ha dificultado su préstamo para la muestra, que se ha conseguido llevar a cabo gracias al esfuerzo colectivo del Museo del Prado, La Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Patrimonio Nacional y Banamex. La directora de fomento cultural de Banamex, Cándida Fernández, explicó que las obras proceden de nueve países distintos (principalmente de México, Perú, España e Italia) y de 50 prestadores, en muchos casos, pequeñas parroquias, conventos o diócesis que se resistían a dejar salir los cuadros porque son más que eso: «Son los que hacen los milagros».


El detalle
POTOSÍ, Y VAN DOS

En el siglo XVII, Potosí era más grande que Londres o París, y la plata de sus minas dio lugar a la primera acumulación de riqueza que permitió un dominio global y un nuevo arte que, de olvidado por la historia, ha pasado a merecer exposiciones como telón de fondo en los dos museos principales de España. El Reina Sofía ya programó este año «Principio Potosí» una exposición con el mismo punto de partida que la exposición del Prado y el Palacio Real aunque distinto desarrollo, porque aquella buscaba en el arte colonial la primera vanguardia. Su tesis, similar: el nacimiento de un nuevo lenguaje que surge de retorcer los principios del barroco español.


Cuatro claves
- «Arcángel San Miguel» (S. XVIII)
Los arcángeles arcabuceros son un modelo frecuente en América, especialmente en el virreinato de Perú, que enlaza a los héroes o dioses indígenas con la nueva fe cristiana y las vestimentas de los militares llegados de España.
- «Incredulidad de Sto. Tomás» (S. de Arteaga, 1643)
La composición, las sombras y el estilo recuerdan a Caravaggio y al naturalismo. Este discípulo de Zurbarán se estableció en México y difundió el estilo por toda Iberoamérica, con una vasta producción para instituciones religiosas que evoca el estilo tenebrista de la escuela sevillana.
- «Transverberación de Sta. Teresa» (S. XVIII)
Santa Teresa merece toda una serie en la exposición, por la fascinante mezcla del misticismo y de la experiencia de la divinidad que permitía mezclar la temática con las formas de religión originarias, además de adaptar las vestimentas.
- «Trinidad en la tierra» (S. XVI)
Otra de las series pictóricas más repetidas es el de la Trinidad, con una finalidad pedagógica para difundir el misterio, y muchas formas de ser representada, desde las más primitivas en los primeros ejemplos a las más tradicionales.


DÓNDE: Museo del Prado y Palacio Real.
CUÁNDO: hasta el 30 de enero.
CUÁNTO: a partir de 4 euros.