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La división no es rentable; por Ben Harris-Quinney

Tiempo de lectura 4 min.

18 de noviembre de 2012. 02:35h

Comentada
3/12/2012

En toda crisis hay una oportunidad, una oportunidad para aquellos que desean construir de nuevo, y una oportunidad para aquellos que desean explotar la incertidumbre que se genera. No es algo casual que en el cenit de la crisis económica, el nacionalismo regional haya tomado fuerza y las voces a favor del separatismo y la división hayan crecido en algunos sectores. Para los populistas políticos separatistas, su capacidad para presentar una alternativa al status quo y jugar de manera arriesgada con el Estado central, debilitado políticamente y económicamente por la crisis, nunca ha sido mayor.

La crisis es un catalizador que cuestiona cada elemento de la vida e inevitablemente los pueblos, comunidades y naciones deben tratar de salvar con urgencia sus intereses a corto plazo. Sin embargo, una entidad en crisis muchas veces se desmorona por la desesperación, que hace un daño mayor y más irreparable que la propia crisis. El ejemplo de los californianos en la Gran Depresión de los años 30 es instructivo. Muchos californianos abogaron por una restricción a la oleada de la inmigración y pidieron la secesión, mientras los agricultores en quiebra de Oklahoma y otros estados centrales emigraban a los estados más ricos. Pero sus denuncias se toparon con la proclamación de Franklin D. Roosevelt de «avanzamos o fracasamos como una sola nación», una cita utilizada por Barack Obama en su discurso tras ganar las elecciones de este año. El separatismo californiano parecía una solución realista y evidente en ese momento, pero en la crisis actual –con el beneficio de la retrospectiva– se plantea como una solución temeraria y desmedida a los problemas de EE UU. Ante las demandas de división en la historia estadounidense, que estuvieron a punto de generar una guerra civil, Abraham Lincoln dijo: «Una casa dividida no puede sostenerse. No espero que la Unión se disuelva, no espero que la casa se derrumbe, lo que espero es que no esté dividida. Un Estado dividido no puede perdurar». Aunque una crisis separa a las personas a muchos niveles, la única manera de salir de ella es unirse por encima de los intereses a corto plazo. La opción más atractiva para conseguir los intereses a corto plazo puede ser la división, pero nunca es una solución a largo plazo.

Una Europa de regiones es un nombre poco apropiado. Sugiere que hay y debe haber unidad y homogeneidad a nivel europeo, pero que el regionalismo nacional y el separatismo deben ser alentados. Esto podría servir para fomentar una mayor dependencia federal con Bruselas, pero destruye la esencia principal, la que dice que en un mundo de grandes cambios y contrastes, los pueblos de origen similar y aspiraciones comunes deben unirse para un bien mayor. No puede haber debate sobre si existe o no ese terreno común entre las naciones integrantes, sino que se debe potenciar más que nunca la unión que Europa debe tener.

Hasta ahora yo podría haber estado hablando de Reino Unido y de España, pero creo que estos antecedentes reflejan muy bien los problemas que surgen cuando una nación atraviesa por momentos difíciles. En Reino Unido, las voces a favor de la independencia de Escocia han tomado fuerza desde 2007, cuando el Partido Nacional Escocés (SNP) se posicionó como el más votado y se nombró a Alex Salmond como el primer ministro de Escocia. No es una coincidencia que la crisis financiera mundial haya contribuido a este apogeo del SNP.  Igualmente la idea creciente de que la Unión Europea ofrece el paraguas fiscal y de seguridad nacional ha alentado a los separatistas regionales para encontrar una alternativa para la protección y seguridad que históricamente había sido ofrecida por Reino Unido. La economía escocesa es significativamente más débil que la de Inglaterra, pero ambas están entrelazadas como parte de Reino Unido, como lo está la cuestión geográfica y cultural. Por tanto, es muy poco probable que una Escocia independiente fuera a ofrecer a sus ciudadanos una mayor prosperidad de la que actualmente disfrutan. Y los sondeos reflejan que los escoceses se muestran más escépticos sobre una independencia total. Sin embargo, sobre la base de que todos los ciudadanos deben tener el derecho a la autodeterminación, David Cameron ha acordado con Salmond la celebración de un referéndum sobre la independencia para finales de 2014.

El tipo de políticas populistas que hemos visto en Escocia, que han distraído mucho de los problemas reales presentes en Reino Unido, no debe tomarse como ejemplo para Cataluña y España. A diferencia de la economía de Escocia, la de Cataluña es muy fuerte, de hecho una de las más fuertes de España. Pero esta fuerza se debe precisamente a la interdependencia con España y se ha construido a partir de la situación actual de ser una parte integral de la economía española sin barreras. Moverse a un territorio desconocido sin grandes recursos naturales como el mineral o petrolero, especialmente en un momento de crisis e incertidumbre, sería un grave error. Además, aunque Cataluña lograse separase de  España, no tiene ninguna garantía de pertenencia a la UE. Conseguir ser un Estado miembro es poco probable si tenemos en cuenta que la UE tiene un vínculo más fuerte con España, con o sin Cataluña, y que España podría vetar la solicitud de Cataluña a la UE. La secesión dejaría a España más débil, pero también dejaría a Cataluña varada y completamente aislada.
La historia nos ha enseñado que las grandes naciones e imperios rara vez se fortalecen mediante la división. Además, tal curso generalmente anuncia el declive de ambas partes. Si hay alguna razón para que una gran nación como España firmara su propia muerte por una división, ésta no sería la crisis a corto plazo, sino el capricho de los políticos populistas que desean explotar la crisis para sus propios intereses egoístas. España también debe permanecer y caer como una sola nación.
 

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