Una vida de la mano del dolor

Cuatro millones de españoles sufren una enfermedad «invisible» a los ojos de las pruebas médicas. Muchos temen perder su empleo en tiempos de inestabilidad laboral y fingen estar bien 

Más de cuatro millones de españoles padecen dolor crónico. Pese a su importante impacto, ya que llega a cambiar la vida de quienes lo padecen, continúa siendo un problema sanitario sin resolver. Dositeo Méndez, electricista prejubilado por dolor crónico –lleva 30 años padeciéndolo– y presidente de la asociación de dolor neuropático, declara que «cuando las pruebas médicas no demuestran nada terminan dudando de ti, incluso la familia. El humor se agría y las consecuencias llegan a casa o al trabajo».
Actualmente Dositeo se encuentra en tratamiento, pero reconoce haber estado 14 o 15 años sin diagnosticar correctamente. «Los tratamientos se reducían a la toma de analgésicos. Hasta que no me vio un neurocirujano pensaban que tenía cuento», sostiene Dositeo.
El déficit en atención sanitaria –en este ámbito– es una realidad. Según la campaña PainSTORY sólo el dos por ciento de los pacientes acudió a un especialista en el último año.
Para el doctor Alberto Camba, presidente de la Sociedad Española del Dolor (SED), se trata de una «epidemia silenciosa que no ha recibido la atención que debería», y declara que el objetivo sería «una mayor formación de los profesionales sanitarios en el reconocimiento, valoración y tratamiento del dolor, así como en favorecer el acceso de los afectados a los tratamientos en las Unidades del Dolor».
Dositeo, a quien han llegado a coser sin anestesia –ya que no es muy sensible al dolor provocado por intervenciones– afirma que «lo más importante es quitar el dolor, y después, eliminar las causas».
María Jesús Becerril tiene 34 años y lleva padeciendo el problema desde los diez, cuando le operaron de escoliosis. «He visitado numerosos especialistas a lo largo de mi vida, pero no se atreven a tocarme por haber sido operada. No me imagino una vida sin dolor», revela Mª Jesús.
La mitad de los pacientes, en determinadas ocasiones, desearía morirse a sufrir la dolencia. «No me sorprende. A veces intento estar alegre pero el dolor me supera y lo terminan pagando los familiares más íntimos», confiesa Mª Jesús.
Analgésicos –como el paracetamol o la aspirina–, opiodes menores –como la codeína– o mayores –como la morfina o el fentanilo– integran el arsenal terapéutico para hacer frente al sufrimiento. Estas sustancias, a pesar de poder provocar efectos secundarios –como sequedad en la boca o estreñimiento– deberían percibirse como «eficaces y seguras», según la doctora Mª Dolores Rodrigo, coordinadora del Grupo de Opioides de la SED, quien define los opioides como «la piedra angular en el tratamiento del dolor crónico intenso».
«Nos tenemos que apoyar y buscar ayuda», subraya Mª Jesús. Dositeo siente angustia por los pacientes de hoy en día, ya que «con la reforma laboral, se ven obligados a disimular para que no les echen del trabajo».
Desde la asociación de dolor neuropático buscan «informar a la gente y ayudarla. Hay muchas personas pasándolo verdaderamente mal, a ellas me debo», finaliza Dositeo.
 

De interés
para los afectados:
Asociación de pacientes de dolor neuropático (Adone)
Teléfono.: 656 91 14 69
Web: info@adoneweb.org

Sociedad española del dolor (SED)
C./ Orense, 85 Madrid
Teléfono: 91 788 26 10
Web: www.sedolor.es