La Herradura el gran desastre naval

Cervantes se hizo eco de la desgracia de la flota en El Quijote

Decir que tradicionalmente las tempestades han sido uno de los más enconados martillos de los marinos podría parecer de Perogrullo si no fuera porque tal consideración se ha situado en no pocas ocasiones por encima de la acción del propio enemigo, y así lo hemos visto en los desastres de la Invencible en 1588 y la propia batalla de Trafalgar en 1805, donde el temporal desatado a continuación del combate no le fue a la zaga al proverbial y reconocido ingenio táctico de Nelson, derrotas ambas, en cualquier caso, que por muy del dominio público que sean no minimizan la importancia del menos conocido desastre naval de la Herradura (Costa de Granada) en 1562, probablemente la peor tragedia marinera de la historia de nuestro país, que acarreó la pérdida de una escuadra completa y cinco mil almas por el ataque despiadado de un furioso temporal de poniente en el estrecho de Gibraltar, efeméride que el próximo 19 de octubre cumplirá 450 años.

Para situar al lector, recordemos que dos años antes tuvo lugar cerca de Túnez la conocida como batalla de los Gelves, donde la flota otomana derrotó a una Armada cristiana que perdió la mitad de sus galeras, la mayoría de ellas españolas. Conviene aclarar también que cuando nos referimos a la Armada de entonces no contamos únicamente buques de combate españoles, pues era propio de la época que otras naciones de la cristiandad concurriesen a la batalla en calidad de mercenarios, aunque siempre a las órdenes de un capitán general nombrado y patentado por el Rey de España.

Después de Gelves, faltos de escuadra que los defendieran, los pueblos mediterráneos hubieron de retirarse tierra adentro para evitar los saqueos cada vez más habituales de los moros, por no hablar de las pocas naves cristianas que osaban aventurarse por el Mare Nostrum. Pero dejemos que sean las propias Cortes de Toledo las que nos ilustren sobre sus miedos de entonces:

"… todo esto ha cesado, porque andan tan señores de la mar los dichos turcos y moros corsarios, que no pasa navío de Levante a Poniente ni de Poniente a Levante que no caiga en sus manos; y son tan grandes las presas que han hecho de cristianos cautivos, haciendas y mercancías, que es sin comparación la riqueza que los dichos turcos y moros han habido, y grande la destrucción y desolación que han hecho en la costa de España; porque desde Perpiñán hasta la costa de Portugal, las tierras marítimas están por cultivar; porque a cuatro o cinco leguas del agua no osa la gente estar y así se han perdido las heredades que solían labrarse en las dichas tierras marítimas y las rentas reales de V.M…."

En socorro de la plaza de Orán

Y si mal estaban nuestros pueblos mediterráneos, peor quedaban los sitos en la costa berberisca, de modo que Felipe II ordenó despachar la flota de galeras en socorro de la plaza de Orán con siete mil almas a bordo, incluyendo la milicia de apoyo y sus familias.

De ese modo se concentraron en Málaga 28 galeras al mando de Juan Hurtado de Mendoza. Doce de ellas pertenecían a la escuadra española, seis a particulares de Nápoles alquiladas por la corona y otras tantas procedentes de las flotas particulares de Antonio Doria, Bendinelli Sauri y Stéfano de Mari.

A poco de zarpar el 18 de octubre, el viento comenzó a rolar y a hacerse fuerte por momentos, volviendo ingobernables a algunas de las galeras que se embistieron, produciéndose roturas de importancia, por lo que unas naves fueron tomadas a remolque por otras y como quiera que el viento las lanzaba contra la costa se recurrió al esfuerzo exclusivo de los remeros para salvar tan delicada situación. Al amanecer del 19 la escuadra estaba frente a la Herradura y Mendoza decidió tomar el fondeadero para dar descanso a los exhaustos marineros y galeotes.

Cualquiera que lo haya navegado sabe que el mar de Alborán ofrece poco refugios a los vientos del este y del oeste y que la Herradura, siendo un fondeadero apropiado para barcos de poco porte con viento de levante, ofrece escasa protección al viento de poniente. En cualquier caso la escuadra de Hurtado de Mendoza no tenía nada mejor y sobre las diez de la mañana las galeras fueron largando anclas en la ensenada, quedando las capitanas de cada flota en el centro.

Los agotados galeotes pidieron que se les retiraran los grilletes para poder descansar mejor y así se hizo. Por la tarde, como suele suceder en esas aguas, el viento arreció y la propia geografía del refugio hizo que se encañonara del suroeste, comenzando a agitar a las desvalidas galeras a las que de nada servían ni los remos ni las velas, pues el fuerte viento hacía garrear las anclas empujando unas sobre otras y todas sobre la costa de levante de la ensenada, donde lejos de la plácida arena de la playa les esperaban un millar de rocas afiladas por la erosión de los siglos.

Mendoza intentó sobreponerse a su incierto destino. La Capitana de España contaba con veintiocho bancos, pero ni siquiera un número tan elevado de remos fue suficiente y las olas no tardaron en dar la vuelta al barco y hundirlo. Sólo sobrevivieron el piloto, nueve marineros y trece remeros. El cadáver del Capitán General fue encontrado días después en la playa de Adra, a 60 kilómetros de dónde se había ahogado.

En total se perdieron 25 galeras y cinco mil vidas. Sólo dos mil hombres consiguieron salvar la vida, la mayor parte de ellos galeotes que pudieron ponerse a salvo gracias a lo ligero de su vestuario y su buen estado de forma, aunque pocas semanas después todos habían sido detenidos y volvieron a ocupar nuevos bancos amarrados a los remos. Algunos años después Cervantes se hizo eco de la desgracia de la flota en El Quijote:

"…que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero del Hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura…"

La noticia de la pérdida de la escuadra no tardó en llegar a oídos de los berberiscos que entendieron que era la ocasión de lanzarse sobre Orán, pero esa es otra interesante historia del mar. Descansen en paz aquellos cinco mil hombres de mar españoles que cayeron víctimas del peor enemigo del marino: el furioso y tempestuoso océano.