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Enrique Morente el palo más grande

Todos confiaban en su recuperación. Sobre todo, la familia. Pero ayer las esperanzas se truncaron. El maestro, el último gran renovador del flamenco, Enrique Morente, moría en Madrid. Entró por un problema leve. Hoy todo el mundo llora la marcha del cantaor.

  • Enrique Morente
    Enrique Morente
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Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

13 de diciembre de 2010. 22:51h

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Madrid. 14/12/2010

El flamenco viudo, el flamenco sin maestro. Enrique Morente se ha marchado. Nadie lo esperaba. Duelo, indignación, rabia y luto. En una esquina, un corrillo. Dos señores, una mujer y tres jóvenes parten verbos. Con admiración: «Como los grandes... ¡Se va pronto pá dejá leyenda!». Se fue a las 16:40. A esa hora, su corazón dejó de latir, los tablaos se quedaron mudos y, las guitarras, en silencio. «Esto no puede ser, esto no puede ser, esto no es posible». La familia, en su casa, todavía no lo cree. «Todos están  dolidos. Hay que dejarlos, tienen que dejarlos solos, con su dolor». Diego El Cigala lo dice en la Clínica La Luz. No hay seguidores ni  parientes. El cantaor está sin nadie a esta hora. Dos señoras juntas, y la más chiquita llorando: «Ya nada se puede hacer».

Nació el 25 de diciembre  en el barrio granadino del Albaicín. Era 1942 y vino al mundo con una indisimulable pasión por el canto. Con 15 años viajó a Madrid. Quería probar fortuna en el flamenco y enseguida encontró  gentes con quien compartir inquietudes. Pepe de la Matrona, cantaor octogenario, le acogió en su grupo, porque le cautivó esa pasión con la que Morente acometía cualquier proyecto. Y ayer  acudieron a despedirle los mismos que le querían: Pepe Habichuela, Ketama, Arcángel, Carmen Linares,  Poveda, el Negri, que le hizo coros, Balbino Gutiérrez, su biógrafo. José Sacristán, herido: «Hace muy poco se ha ido Aleixandre, luego Berlanga, pero lo que no esperábamos era que se muriera ahora el más grande del flamenco, y a su edad. Entra por un problema de esófago que acarreaba desde hace tiempo y... nadie sabe qué ha pasado».

Dio el salto en 1964. El Ballet de Marienna lo contrató para actuar en Nueva York y Washington. A partir de entonces comenzó a entrar en carteles flamencos y giras por toda Europa. En 1967 recibió el primer Premio del Certamen de Málaga Cantaora. Todo eran buenos augurios.  Había crecido, afinado la voz, encontrado el tono, y sabía cómo presentarse al público, pero, sobre todo, cómo llegar a su alma.

Cuatro veces indignación

Un amigo de la familia lo dijo ayer con claridad: «La familia está indignada y destrozada». Repite la palabra indignación cuatro veces. «No entienden que una persona que entra simplemente con un problema de esófago y... por eso todos ellos están indignados». Con 25 años publicó «Cante flamenco» con Féliz de Utrera. Era 1967. Sale «Cantes antiguos». El cantaor pensaba que la voz debía servir para sublimar un gran texto. Voz y poesía daban como resultado doble emoción. Esa fue una de las máximas de su carrera, un sello de distinción.

Poco después, encontró al guitarrista Manolo Sanlúcar. Una alianza decisiva. Como los espectaculares «mano a mano» con Camarón. De esa forma acercaban al flamenco a muchos neófitos y curiosos, cosa que siempre agradó a Morente, que nunca contempló como intrusos a espectadores ocasionales y casi veía como un reto emocionar a los menos entendidos. Los tipos de las primeras filas ya estaban conquistados. El mérito, pensaba, estaba en seducir a la parte de atrás.

Juan Carmona, en el mismo hospital: «Se ha ido don Enrique Morente. Un gran artista y una de las mejores personas. Esto es una gran catástrofe». Poco antes, Pitingo pasa por allí. Quiere hablar, pero un mánager o lo que sea se lo impide. Alrededor todo es silencio. De vez en cuando, una noticia, como callada: mañana (por hoy), a las 15:00 horas, se abrirá la capilla ardiente en la SGAE.

Los ochenta, el éxito. «El loco romántico», basado en «El Quijote». También graba material basado en textos de Lorca. En los 90, con Camarón extinguiéndose, era el más admirado y recibe el Premio Nacional de Música en 1994. Los galardones se hacinan en la mesilla. Él siempre desconfió de los reconocimientos con estatuilla. A partir de ahí, éxitos: «Omega», sorprendente; «El pequeño reloj», inclasificable, y «Pablo de Málaga»,  faceta lírica del pintor y cara pictórica del cantaor.

 Una mujer, con el pelo recogido, pura imagen jonda, se abraza a otra. Todos pasan, nadie se detiene. Los familiares están reunidos en la casa de la abuela. El rumor corre: «Estrella (la hija) está destrozada». Y junto a ella, todos los que aman el flamenco.

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