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España pide perdón

Tiempo de lectura 4 min.

16 de octubre de 2010. 22:08h

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17/10/2010

El presidente del Parlamento de Cataluña, Ernest Benach, ha reclamado que España pida perdón por el fusilamiento de Luis Companys. «Espero que España demuestre que es una gran nación», ha dicho el peculiar exigente. Que toda una nación pida perdón por la muerte de un político setenta y cinco años después de los hechos, se me antoja exagerado. Ya no viven ni los que decretaron su muerte, ni los que lo apresaron ni los que apretaron el gatillo en el castillo de Montjuic. Tampoco viven los centenares de barceloneses asesinados con el conocimiento y pasividad de Luis Companys durante su terrorífica etapa presidencial. Y a ninguno de los hijos, nietos o biznietos de los inocentes asesinados se les ha ocurrido exigir que Cataluña pida perdón por los desmanes de las sangrientas turbas de Companys.

Según Benach, Inglaterra está obligada a pedir perdón por la muerte de María Estuardo y los Estados Unidos de América por la de Marilyn Monroe, que falleció en sospechosas circunstancias a causa del desánimo que le producía la vida americana. Si toda una nación tiene que pedir perdón por las ejecuciones realizadas a lo largo de su Historia, guárdese el turno cronológico correspondiente. El perdón por Padilla, Bravo, Maldonado y Mariana Pineda merecen anteceder al de Companys. Y para mí, muy especialmente, el del conde de Villamediana, gran poeta de nuestro Siglo de Oro, muerto de una puñalada por un embozado que servía a nuestro Rey y Señor Don Felipe IV, al que el conde le ponía los cuernos con asiduidad primaveral. Pero mi respeto y devoción literaria por el señor conde, no me concede el derecho de exigir al Rey que pida perdón por lo que supuestamente hizo su antepasado, y menos aún, a España entera. Y aquella muerte tremenda y escandalosa del Caballero de Olmedo, cantada en un epigrama que es prodigio de sensibilidad y tristeza: «Que anoche le mataron/ al Caballero./ La gracia de Medina,/ la flor de Olmedo». Para que ahora nos salgan los alcaldes de Medina del Campo y de Olmedo exigiendo a España que les pida perdón. Además, el Caballero de Olmedo, alzado por Lope de Vega, era un hombre de bien, generoso y justo, que no se dedicaba a permitir a los suyos que asesinaran a quienes como él no pensaban.

Pero Benach me ha dado una idea, y debo agradecérsela. En el tramo final del siglo XIX, vivía en Llodio, Álava, Lorenza Ussía y Menchaca, una joven tan bella como honesta. Lo que se dice en lenguaje sencillo, una «joven de acrisoladas virtudes». Se enamoró locamente de un vendedor de paños catalán, Sebastiá Papiolas Monturull, hábil seductor. Lorenza cayó en las redes de Papiolas Monturull a las primeras de cambio, y quedó preñada de la semillita depositada en su flor por el malandrín representante de productos textiles. Al saberlo, Sebastiá Pipiolas huyó hacia las Américas y dejó a la pobre Lorenza en situación más que comprometida. Débil de carácter, y acosada por la sociedad de su tiempo, Lorenza se suicidó. Mi pregunta es sencilla. ¿Está obligada Cataluña a pedirme perdón? ¿Es la Confederación de Industrias Textiles de Cataluña la responsable de la muerte de mi tía Lorenza? Espero que Benach me oriente y consuele.

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