Moratalaz

Crónica negra: Envenenadoras de ocasión

En la evolución fulminante de los delitos, las envenenadoras han dejado de matar con los venenos clásicos como el arsénico, la estricnina o el cianuro. Estas asesinas frías y cautelosas utilizan los medicamentos.

Una potente combinación de somníferos en la bebida duermen al incauto hombre que va a ser robado
Una potente combinación de somníferos en la bebida duermen al incauto hombre que va a ser robadolarazon

En España hace mucho que en los diversos tratamientos de los pacientes sobran pastillas y jarabes, hay restos de inyecciones y, por supuesto, el fallecimiento de un enfermo puede dejar a la viuda con un botiquín rebosante de toda clase de fármacos. A priori todas las medicinas son peligrosas. Ya saben: no hay veneno, solo dosis. Algunas «brujas de la muerte» descubrieron hace tiempo el efecto letal de ciertas inyecciones. Proporciona una sustancia que no deja rastro y el fallecimiento tienen una apariencia absoluta de normalidad.

Pero también hay compuestos mucho más desconocidos e incluso difíciles de detectar –¿no les extraña que hace ya mucho que no aparezca una nueva envenenadora?–. Así que el gran avance de los venenos es que ya no se compran en las droguerías, sino en las farmacias. En el armario de una de estas señoras encontraréis restos de la batalla contra la enfermedad perdida. Y además de estas envenenadoras evolucionadas, llegan otras, a veces importadas de países lejanos, que viajan con un equipo de envenenar «in situ» como podría ser el caso de Verónica, de 35 años, procedente de Ecuador, condenada hace sólo unos días por la Audiencia de Madrid a 29 años y medio de prisión por haber provocado la muerte de Juan, de 58 años, mediante el procedimiento llamado «el beso del sueño».

Hace unas tres décadas que se descubrió el «beso del sueño», que en teoría era una droga que transmitía la fulana en el acto de besar, produciendo la pérdida de conciencia. Tal y como los enamorados se pasan el chicle en un piquito. En realidad esto no fue nunca así, ni sería posible que la chica transmitiera el sueño sin caer en él. La verdad es que estas «envenenadoras de ocasión» lo que hacían era disolver una papelina con un somnífero en un vaso de licor y hacer que el ingenuo «caballo blanco», como denominan al que será el pagano de toda la juerga, lo consumiera mientras lo acariciaban o besaban.

El incauto caía en un profundo sueño, y al despertar al día siguiente, encontraba que le habían despojado de todas las cosas que tenía de valor. Lo de Juan fue peor, porque según la sentencia, Verónica le puso una mezcla de medicamentos en su copa, desconociendo los verdaderos efectos del compuesto, aunque sabedora de su enorme poder, que le privaron para siempre de la consciencia y aun de la vida, pues jamás volvió a despertar.

Verónica, con su laboratorio portátil y su «kit de matar» bajo el brazo hizo otro intento al menos con un «primo» que se salvó de morir, dado que ella no pone nunca la misma cantidad; su método se basa en prueba y error. Verónica es una envenenadora de nuevo cuño que trae un método de allende las fronteras, donde el robo se produce mediante métodos peligrosos. De hecho, ella consiguió un botín a cambio de una acusación de asesinato con alevosía, consumado, y otro, de homicidio en grado de tentativa.

El método de Vero y sus colegas es acudir a lugares de alterne en busca de tipos maduros, con posibles, ligeros de cascos, que a la primera te inviten al picadero. Verónica conoce el clonazepán y la doxilamina, aunque no, claro, de forma académica, y sabe que quienes van a salas de estilo retro buscan compañía femenina sin demasiado cuidado.


El objetivo, la cartera
Se trasladan al domicilio del cliente sin empacho, aunque esté en Moratalaz o más lejos, y en cuanto se quedan solas, llenan la copa con sus fármacos, restos de antiguas batallas de salud perdida. Para ellas no es problema que la ingesta pueda desencadenar la muerte, su objetivo es más cercano: hacerse con el contenido de la cartera. No sé cómo a nadie se le puede ocurrir que un beso de alguien de esta calaña le resulte lujurioso. Encima trasportan el veneno en el triángulo del pecho.

El caso es que en su historia criminal, Vero ha dejado varones intoxicados, envenenados, besados con culo de botella, tendidos en el salón o en el dormitorio, inconscientes, agonizantes, a punto del paro cardiorrespiratorio, en total estado de indefensión, sin que le importe una gaita el desenlace de la intriga. La Policía la puso a disposición judicial cuando la «trincó» en 2009 y el tribunal que la ha juzgado la encuentra merecedora de casi tres décadas de celda, más indemnizaciones millonarias para los beneficiarios de sus víctimas. Esperemos que en prisión no la dejen nunca sola en la enfermería.