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Viva el estupor

Cualquiera escribe más que «el Tostado» por Francisco Nieva

Tiempo de lectura 2 min.

06 de abril de 2011. 23:15h

Comentada
7/4/2011

Es mucho más accesible para el hombre escribir un libro – y publicarlo–  que tener un hijo y plantar un árbol. Al sabio polígrafo del siglo XV Alonso de Madrigal se le llamó «el Tostado». –«Ése ha escrito más que el Tostado». Desde siempre han existido escritores que han escrito de más –folletinistas populares, prolíficos incubadores de novela rosa o policiaca–, material convertido en forraje de un determinado público que pide siempre más de lo mismo. Pero también gentes más complejas que, publiquen o no, escriben sin tino, no se sabe muy bien si con la esperanza de que termine por descubrirse su aguja en el pajar de la posteridad. A nadie tienen a su lado que los retenga en su designio de vaciar todo cuanto pasa por su cabeza.

Ahora, con internet, no hay obstáculo alguno para darse a conocer «en bruto y en directo». ¿Quién puede contener esa avalancha de confidencias que, al final, terminan siendo género literario, por si estos eran pocos? En todo caso, el mundo actual está lleno de  grafómanos que pueden aventajar al Tostado.

La idea de que todo está escrito y que todo se escribirá quita las ganas de leer lo que sea, como no sea por necesidad o por la rareza excepcional del producto. Lo mucho que hemos leído es tan poco  y nos ha ocupado tanto tiempo que ya no nos interesa buscar para encontrarnos más de lo mismo. Y advierto que ni yo ni una infinidad de amigos míos hemos leído ni un solo párrafo de «el  Tostado». Pero ahora se escribe sin tino y como único modo de sentirse vivir se escribe como se respira.

Pero aquí viene mi problema mayor: mi vista flaquea, sólo puedo escribir y leer con letra grande en el ordenador, y sólo con acceso a libros fundamentales, a disposición de la cultura cibernética. Tanta información y expansión me ha conducido a un límite. A Alonso de Madrigal ya no se le puede considerar admirable porque parece que todo el mundo compite con él. Esa negra nube de letras recubre al mundo, de la misma forma que el CO2.

 

Francisco Nieva, de la Real Academia Española

 

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