Para que sobreviva el misterio por Carlos Marzal

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Me imagino que cada espectador taurino cuenta con un repertorio propio de razones públicas y privadas para que sobreviva la fiesta de los toros. Me imagino también que, entre ese cúmulo de razones, algunas serán primordiales; y otras, secundarias.

En mi repertorio personal, la primera y última de las razones (es decir, aquella sin la cual todas las demás me importan menos, aquella sin la cual los toros se convertirían tan sólo en un espectáculo: fascinante, colorido, complejo, pero sólo un espectáculo) es la aparición en el ruedo de la emoción estética. O dicho con otras palabras: la presencia de ese fenómeno que de manera muy genérica denominamos arte. Entiendo por arte, también de una manera muy genérica, la ejecución en grado de excelencia de una actividad sometida a unas reglas impuestas por una larga tradición, y que resulta capaz de conmovernos enseñándonos a la vez una verdad superior sobre la vida. La gran faena, por su gracilidad, por su forma de sortear el peligro como si no existiese, por su habilidad y sabiduría técnicas, por su extraña lentitud (que parece detener la duración), nos entretienen, nos conmueven y nos aleccionan. ¿Sobre qué nos enseñan? Sobre el hecho de que hemos nacido para morir, pero no esa tarde: la tarde de la gran faena. Sobre el hecho de que nos cercan el peligro y el dolor, pero además sobre la realidad de que esa tarde los conjuraremos. Sobre el hecho de que hay fuerzas oscuras, incontenibles con las que hay que medirse y luchar: en esa tarde de la gran faena. El torero es el emblema de todo ello. El que obra en el nombre de todos los demás.

La fiesta de los toros representa un prodigio de «magias parciales» (como denominaba Borges a los muchos encantos del Quijote). De ahí que el camino para que los toros sobrevivan sea que mantengan hasta las últimas consecuencias su carácter excéntrico, su singularidad que parece de otro mundo: un mundo hecho de verdades duras, de alegría trágica, de vitalismo trascendente.

Yo defiendo el cultivo del «toreo ilustrado», aquel que bebe de su tradición, porque la conoce y la exalta. Como defiendo la existencia del «torero ilustrado», del matador sabio –como lo fue Esplá, por ejemplo–, no sólo en necesidades de la lidia, sino también en las enormes minucias de un ritual plagado de gestos significantes.

El toreo necesita alimentar su leyenda, sus gestas, el relato de su mismo ser: la literatura del toreo. Porque sin relato, sin hipérbole, sin narración, los toros no sólo no serían lo que son, sino que no serían. No se trata de que los toros deban servir como excusa para la creación lírica o épica, sino que el gran toreo de todos los tiempos ha sido en sí mismo una síntesis perfecta de lo épico y lo lírico. El toreo debe estar ebrio de literatura. Así sobrevive el misterio.

Carlos Marzal