Europa

Bruselas

La reinvención de Europa

El fracaso del rescate a Grecia, la crisis de la deuda y el auge de los radicalismos obligan a la Unión a repensar sus bases

La reinvención de Europa
La reinvención de Europalarazon

BRUSELAS- Cuando el 9 de mayo de hace 62 años, Robert Schuman pronunció su famoso discurso sobre la unidad de Europa y puso en marcha la gigantesca maquinaria de la Unión, nunca podría haber imaginado que su invento llegaría a las cotas de sofisticación que alcanzaría. Hoy día ningún Estado miembro de los Veintisiete puede imaginarse fuera del engranaje que decide cada milímetro de la vida cotidiana de sus ciudadanos pero, en cambio, desde hace unos meses se ha abierto una fuga de agua entre los países de la eurozona. La eventual salida del euro, que hasta hace poco era vista como un precipicio, ahora comienza a calar en las capitales y se han roto todos los tabúes a la hora de hablar de Grecia y sus dificultades para mantenerse en el club de la moneda única.

«Europa se encuentra en una fase crucial que determinará su destino», asegura el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Guido Westerwelle, ideólogo del que se ha venido en llamar Grupo de Reflexión sobre el futuro de Europa. En él un pequeño grupo de representantes de Alemania, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Austria, España, Portugal, Italia y Polonia, bajo la Presidencia de Felipe González, viene intentando desbrozar un camino que cada mes se descubre más incierto.

El fracaso de los dos planes de rescate de Grecia, la crisis de la deuda que no cesa para países como España e Italia, el constante descabezamiento de Gobiernos debido a la situación de la economía real y el ascenso de las posiciones radicales y antieuropeas, crea una maraña que sitúa a la Unión Europea en un verdadero cruce de caminos. Las conclusiones del «grupo de sabios» presentadas en 2010 hablaban de la necesidad de la energía nuclear, de dar entrada a Turquía, renunciar a las jubilaciones anticipadas, cambiar la política migratoria para potenciar la inmigración cualificada, impulsar de forma decisiva la investigación científica y tecnológica... Cuestiones todas ellas que aún siguen en la agenda, pero que han quedado fagocitadas por la premura de dar respuesta a otras preguntas que dañan las raíces del proyecto europeo. Ahora que la UE ha dejado de ser la loba que amamanta a los Estados y que se ha convertido en la feroz institutriz de la austeridad y las cuentas públicas, existe una verdadera crisis de identidad que encuentra camino abonado en la falta de legitimidad democrática de un sistema en el que sólo se elige directamente a los miembros del Parlamento Europeo. La burocracia comunitaria, aunque sea la Administración Pública más eficaz que exista en términos coste-legislación, es vista por muchos de los ciudadanos de Grecia, Francia, Países Bajos, Irlanda o Reino Unido como una carga. «Europa está todavía en una situación difícil, en parte porque sus dirigentes no han tomado las medidas decisivas que nosotros hemos adoptado al comienzo de la recesión», ha dicho incluso el presidente estadounidense, Barack Obama.

Sin embargo, esas medidas se están aplicando desde hace dos años de manera apremiante para muchos de los ciudadanos y han socavado las cifras macroeconómicas hasta el punto de que ahora los Veintisiete intentan redireccionar sus políticas hacia el crecimiento. La elección de François Hollande en Francia sólo hace dar un impulso a un deseo que la mayoría de los países ya había expresado y que, sin embargo, se encuentra ante la evidencia de que las arcas de los Estados están vacías. La prima de riesgo española está en niveles récord, la Bolsa de Atenas en sus niveles más bajos desde hace 20 años y, mientras, los tipos a diez años de los bonos alemanes son ridículamente bajos. «¿Por qué la crisis actual, como una fuerza centrífuga, nos conduce a estar más separados en lugar de estar más unidos?», se preguntaba esta semana el presidente de la Eurocámara, Martin Schulz. El euro está en peligro de convertirse en «un símbolo del egoísmo nacional o incluso de la división», pero «sólo juntos podemos actuar para prevenir el declive económico de Europa y la alta tasa de desempleo», concluía.

De las decisiones que tomen los jefes de Estado y de Gobierno, llamados este mismo mes dos veces a encontrarse en Bruselas, dependerá el éxito o el fracaso de un sueño que en 1950 parecía imposible.