Bildu en Munich

La Razón
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En 1995, establecieron contacto conmigo unos periodistas alemanes, que deseaban elaborar un reportaje histórico sobre el nazismo. Conocían mis libros sobre el Holocausto y también les había llegado la noticia de cómo varios grupos de neo-nazis se dedicaban a romperlos en librerías y a amenazar a los que los tenían expuestos en el escaparate. El resultado fue un reportaje de cierto interés, aunque lo más importante para mi fue el conocimiento de la experiencia familiar de aquellos dos profesionales. Sobre una de ellas, no escribiré hoy, pero en la otra me resulta obligado detenerme. Cuando los nazis llegaron al poder en Baviera –el primer land que se les sometió con una facilidad pasmosa– comenzaron una purga a fondo que dejó de manifiesto lo que iba a suceder en el futuro si su dominio se extendía sobre toda Alemania. Es verdad que Baviera era una tierra tradicionalmente católica, pero semejante circunstancia no impidió que la mayoría de sus habitantes se identificaran entusiasmados con el nacional-socialismo. Hitler había sido bautizado en la iglesia católica; había estudiado en un colegio religioso; se llenaba la boca hablando de un «cristianismo positivo»; estaba resuelto a frenar la amenaza comunista y, sobre todo, insistía en liberar a Alemania de las injusticias impuestas por sus opresores. Es verdad que también era antisemita, pero, en primer lugar, en aquella época sólo Hitler tenía en mente el gas para exterminar en masa a los judíos y, en segundo lugar, no se había promulgado aún la Declaración Nostra Aetate. Que un sacerdote –no digamos ya un fiel de a pie– apoyara el nacional-socialismo no era extraño aunque tampoco fue la regla general. El abuelo del periodista era un bávaro que pertenecía a un pequeño partido católico con cierta inquietud social. Los nazis –que no estaban dispuestos a tolerar aquella disidencia por muy piadosa que pudiera ser– llevaron a cabo una purga de dimensiones descomunales al apoderarse del ayuntamiento de Munich. O se estaba con el mito de la sangre y el suelo o se entraba en el bando de los amedrentados silenciosos o se emigraba. El abuelo del futuro periodista optó por esto último. Decidió, de hecho, marcharse a España, una nación tranquila y católica, en el sur de Europa donde, en apariencia, no iba a suceder nada. Con creciente inquietud, fue comprobando cómo los nazis, a los que se había dado rienda suelta desde las más altas instancias del estado, saltaron del poder municipal al federal y de éste a tomar Alemania entera. No dudó entonces de que la República de Weimar estaba muerta y de que, más pronto que tarde, estallaría una nueva guerra. No se equivocó. Tampoco encontró el sosiego. El cónsul alemán de Málaga, donde se había asentado aquel católico exiliado, era un nazi convencido. Desde 1933 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, hizo todo lo que estuvo en su mano para amargarle la existencia, algo que se vio limitado sólo porque el refugiado se había casado con una española, era una persona decente y además católico. Dios sabe qué hubiera podido sucederle de no darse alguna de esas circunstancias. Porque lo cierto es que los nacional-socialistas nunca se integraron en el sistema. Sólo lo fueron tomando para proceder después a su aniquilación. La realidad es que así actúan siempre. Lo mismo si gobiernan Munich que San Sebastián.