El Prado

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Visitar el Museo del Prado ha sido siempre darse un paseo por la Galería central. Y pasear por la Galería central era, hasta hace poco tiempo, recorrer en pocos momentos una síntesis de la pintura española. Después de la evocación de las pinturas políticas del antiguo Salón de Reinos, venían las visiones introvertidas de Zurbarán y de Ribalta, las alegorías atormentadas de Pereda, los santos y los sabios antiguos de Ribera, las dulces ensoñaciones de Murillo. Todo eso ha desaparecido de la Galería. Sólo quedan las evocaciones de un poder personal y católico, al principio, y, en el centro, frente a las «Meninas», el majestuoso «Carlos V en Mühlberg». El resto es un despliegue fastuoso de pintura italiana y flamenca, de Tiziano a Rubens. La suntuosidad de lo que se nos ofrece a la vista es tal que la mirada y la inteligencia acaban casi anestesiadas. Como gancho para hacer del Prado un museo más atractivo aún de lo que era antes, la nueva Galería no tiene precio. También es una excelente síntesis de lo que el Museo del Prado es en su origen, una colección de pinturas reunida por unos reyes y unas elites que durante casi cuatro siglos no tuvieron rival ni en el buen gusto ni en la capacidad de compra. Queda, sin embargo, para quien lo haya conocido y para quien sepa lo que el Prado significó en la historia de España, el recuerdo melancólico de la antigua Galería. En el centro de la colección real, y dándole sentido, estaba la tensión espiritual y religiosa que allí se plasmaba con tanta belleza. Era una España más seria, más ambiciosa y más importante que el poder y los sentidos, y de hecho los sentidos y el poder, y la misma Pintura, reconocían su preeminencia. Ya no es así, para nuestra desgracia.