MENÚ
domingo 13 octubre 2019
21:43
Actualizado

Peronismo, la política de los sentimientos

Por un puñado de consignas

Algunos dicen que el peronismo es sólo un sentimiento. El que lo sabe administrar más obscenamente, gobierna.

  • Por un puñado de consignas

Tiempo de lectura 5 min.

21 de abril de 2012. 21:03h

Comentada
22/4/2012

 Quizás no sea cierta, pero la anécdota, como todas las anécdotas que lo tienen como protagonista, pudo haber ocurrido. Se dice que Borges estaba a punto de cruzar la 9 de Julio (la avenida más ancha del mundo, como afirman con orgullo nacional los argentinos) cuando un hombre se le acercó y le ofreció ayuda. Su fantasía era dejar al escritor en medio del intenso tráfico y del cambio rápido de las luces del semáforo. Así que, a mitad de camino, le susurró al oído lo siguiente: «Borges, yo soy peronista.» El autor de «El Aleph», señala la anécdota, no se inmutó. Siguió caminando cogido del brazo del hombre, pero al llegar a la acera de enfrente le respondió: «No se preocupe; yo también soy ciego».


La anécdota borgeana, más allá de su posible carácter apócrifo (hay versiones en las que la avenida, por ejemplo, es otra) ilustra claramente cómo es la relación que los argentinos han mantenido, y mantienen, con respecto al peronismo. Mientras que para unos representa la expresión más genuina del ser nacional, para otros es nada más y nada menos que un sinónimo de ceguera, una pasión irracional (como suelen serlo casi todas las pasiones) de la cual es imposible desprenderse. No en vano Borges dijo en su momento que los peronistas no eran buenos ni malos, sino «incorregibles».


Ya fuera por tradición familiar o por convicciones propias, Borges fue uno los más tenaces opositores al peronismo. Su madre y su hermana fueron encarceladas por protestar en la calle Florida durante el primer gobierno de Perón y él, en esa época, fue nombrado inspector de gallinas y de aves de corral después de que lo obligaran a dejar su cargo en una biblioteca municipal, un cargo denigrante para cualquier escritor pero mucho más para un escritor de su talla. Su antiperonismo, desde entonces, no hizo más que acrecentarse. Consideraba que Perón había sido un tirano, un déspota, y que su gobierno, entre 1946 y 1955, no había sido más que una dictadura que, como tal, había fomentado la opresión, el servilismo, la crueldad y la idiotez.


Dictadura o no, lo cierto es que cuando Perón inició su carrera política en 1945 no pensó en un partido si no en un movimiento: el Movimiento Nacional Justicialista, capaz de englobar en sus filas a sectores cercanos al sindicalismo y de representar, básicamente, a los «trabajadores», un eufemismo que a Perón le sirvió para marcar una diferencia sustancial respecto del término «proletariado», más afín a los ideales marxistas, y que a su vez le permitió recibir el apoyo de un amplio sector de la sociedad de entonces.


Ser un movimiento tan grande, sin embargo, también tuvo sus contradicciones. Las diversas tendencias ideológicas que abrevaron en el peronismo acabaron por enfrentarse unas a otras tras el derrocamiento de Perón en 1955 y durante los dieciocho años que éste pasó exiliado en Madrid. Su ausencia (y la proscripción de su nombre y de todo lo que tuviera que ver con el peronismo) hizo que el movimiento se diversificara en función de la fidelidad y la lealtad a su líder, un hombre inteligente y carismático cuya doctrina podría resumirse en sus famosas veinte verdades, un conjunto de máximas que dicen, por ejemplo, que «para un peronista de bien, no puede haber nada mejor que otro peronista». O: «En la nueva Argentina, los únicos privilegiados son los niños». O: «El peronismo anhela la unidad nacional y no la lucha. Desea héroes pero no mártires.»


El peronismo, en cualquier caso, es un organismo vivo, cuya capacidad para regenerarse y adaptarse a los tiempos políticos es, a veces, asombrosa. Así, el primer peronismo, el que coincidió con el primer y el segundo gobierno de Perón, se caracterizó llevar adelante una política centrada en la clase trabajadora, mientras que el discurso peronista de los años setenta tuvo una impronta netamente revolucionaria. En los años ochenta, después de la derrota a manos del radicalismo de Raúl Alfonsín, el peronismo inició una etapa de renovación que culminó con la política neoliberal que impulsó, en la década de 1990, el gobierno de Carlos Menem, tan diferente al proyecto nacional y popular que comanda Cristina Fernández de Kirchner.


Así, el peronismo es lo más difícil de entender de la política argentina. Aunque, según señala el filósofo Mario Bunge, que vive en Montreal desde hace más de cuarenta años, no se puede entender la Argentina si no se entiende el peronismo, pues, como afirma el escritor Horacio Vázquez-Rial, autor de una biografía de Perón, «la mitad de los argentinos son peronistas». Y agrega: «Tal vez lo sea la mitad de los zoólogos, de los ingenieros, de los dentistas, de los químicos, de los abogados.» Con una salvedad, dice: los escritores.


Puede ser. En 1946, cuando Perón asumió como presidente, sólo Leopoldo Marechal lo apoyó sin fisuras, lo cual lo condenó a un ostracismo que prácticamente duró hasta su muerte en 1970. Los demás, con Victoria Ocampo a la cabeza, se opusieron sin más: desde Borges hasta Adolfo Bioy Casares y desde Julio Cortázar y Ezequiel Martínez Estrada hasta Raúl González Tuñon. Autores que en el campo literario eran oponentes (unos, populares, pertenecientes al grupo de Boedo, y otros, los de Florida, que eran vanguardistas) mostraron su rechazo al peronismo desde el principio, quizás porque, como dice Borges, «los peronistas son personas que se hacen pasar por peronistas para sacar provecho». O tal vez se trate de otra cosa: tal vez, como afirma el politólogo francés Alain Rouquié, «el peronismo es un sentimiento». Lo que no es poco.

 

 

 

 

 

 

 

Últimas noticias